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martes, 15 de marzo de 2016

El milagro de tu Cara



Hace un año ya, Señora
que no te escribía nada,
que es como mejor te hablo
sin que se enteren ni nada
quiénes leen nuestro diálogo
que es soliloquio que pacta
entre ambos el coloquio
que me dictas y despachas
con las destrezas y ciencias
con las que fuiste gubiada.

Fueron décimas y décimas
con las que yo te contaba
(como profecía incierta)
que a los oros te negaras,
porque tenías el oro
de todo el Darro en tu casa
y haciendo bueno el refrán
Tú vales lo que pesaras
en el oro y los quilates
de la minería áurea”.

Yo no pretendí, lo sabes,
que mis versos auspiciaran
lo que causas pastorales
impidan lo que te ganas
desde hace casi tres siglos
con tu irresistible Cara,
pero como entre ambos no caben
mentiras ni cosas falsas,
sabes bien que me alegré
que algunos argumentaran
motivos ciertos o inciertos
(sólo sé, que no se nada)
para negar lo que ampara
la incontestable belleza
del milagro de tu Cara.

Fue al resguardo del atril
de los atriles y tablas.
Acabó “mi voz en grito”,
desnudé de enjundia el alma
y fui a verte tan sólo
para poder darte gracias
por esas velas que un día
te lloraron en tus andas
y que le diste a los GOE
(tus priostes de Santa Ana)
para que un pregonero
junto al alfiler que clava
tu pecho de encajes finos
al milagro de tu Cara,
custodiara aquel tesoro
justo donde nace cada
verso que yo te dedico
y la estrofa que me acabas.

Tras la pelea de reliquias,
fue, como siempre, en tu Plaza.
Claro que sabes quién es.
Y claro que sabes que guarda
el montoncito imprimido
de recuerdos y de estampas
para que lleguen a mí
y no me falte en mi casa
la fotografía tersa
del milagro de tu Cara.

Pasó contenido el tiempo
de las quejas que asolaban
los verdosos corazones
que tampoco se explicaban
las complejas mediciones
con que se miden en varas
los criterios que facultan
los méritos que Tú ganas
sólo con dejarnos ver
el milagro de tu Cara.

Fuimos al mayo bendito
de la Abadesa Sagrada
(Divina Comendadora
que Mora nos regalara);
llegó el mes de entre los meses
que es cuando todo se para
si en la Carrera suspira
nuestra MEJOR CIUDADANA,
pasa el cangilón del tiempo
de la noria machadiana
y me veo a tus dictados
hablándote de tus gracias
mientras contemplo arrebatos
que la mano de tu hermana
me da cada Martes Santo
cuando te espero en tu Plaza
y por más que te desgasto
de verdad, no entiendo nada,
como nunca entenderé
el milagro de tu Cara.

Pero es que yo no te escribo
para contar lo que cada
granadino que se precie
sabe sin más que una estampa
donde se retrate limpio
el milagro de tu Cara.

Ni hace falta que se enteren
el color que me resguarda
en cada costal que empleó
(morcilla oculta y tapada,
de Juncales y Delgados,
regalos de los que marcan)
ni que sume verso a verso
para ti, mis alabanzas
que bastante te alabaron
a pincel, gubia y en talla
hace ya casi tres siglos
cuando Risueño pariese
el milagro de tu Cara.

Yo quería hoy escribirte
para que un favor me hagas.
Porque le vayas contando
cuánto lo echamos en falta.
Para que yo, que no pude
despedirme, me lo abrazas.
Le dices cuánto aprendimos
en las tertulias radiadas
que desde la Calle Pan
sostuvimos. ¡Me lo amparas!
Y dile que esté orgulloso
de su siembra buena y glauca
porque sus sobrinos son
(no voy a desvelarte nada)
herederos de su amor
y entre los tres ya se encargan
de pregonar ante el Mundo
el milagro de tu Cara.

Me lo imagino a tu vera
con sus posturas visadas
aplaudiendo los motivos
pastorales que te plasman
como la Reina de un Reino
en donde sólo hace falta
en vez de corona, espejo
y en ese te reflejaras
porque es escudo de Reino,
el Milagro de tu Cara.

Lo que estará sonriendo
en el pecho de tu talla.
¿Verdad que te está diciendo
a qué orfebre se le encarga
corona que rivalice
en tronío y en prestancia
con la corona de oro
y de las piedras preciadas
que es la auténtica corona
del granado de Granada
y que es, lo dice el poema,
el milagro de tu Cara?

¡Cómo si estuviera viendo
sus ademanes y gracias!

Ya sabes, cuánto le debo.
Cuídamelo en cuerpo y alma
que fue tu hijo Miguel
Rubio, de tu casa.

No se me olvida tampoco
tus proezas no contadas
y el oncológico asombro
que provocaste sin pausa
en nuestro fecundo Luis
León, Pérez y Gonzaga.
A lo mejor, fue, repito,
el milagro de tu cara.

Y ya está, ya todo dicho.
Toca entoldar la persiana
de mi romance y mi copla
porque la gente se cansa
de que nunca nos cansemos
de admirar cómo de guapa
te concibió hace tres siglos
el mismo arte en volandas.

De que aplaudamos que seas
Reina sin que te haga falta
que lo diga un documento
porque a Reina no te gana
más que el espejo en reflejo
de tu belleza tallada
y me despido hasta pronto
porque pronto, por tu Plaza
esperaré que de bruces
me traigas la taquicardia
y me dejes la pregunta
que nunca, nadie, ni nada
han podido resolverme
por más que yo preguntara,
la sucesión de acertijos
y una media adivinanza:

Qué pena negra del ciego
que no puede contemplarla.
No es lo último que se pierde,
lo primero que se gana.
No necesita apellidos
que le digan coronada.
En efecto, va de verde;
siempre fue nuestra Esperanza
y no hay quién alcance a entender

EL MILAGRO DE SU CARA

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