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martes, 24 de noviembre de 2015

Darwin en Granada


Sobre la masonería se ha escrito mucho y de forma novelada al punto que nos llega a nuestros días envueltos en un secretismo sin igual. Los masones se definen a sí mismos como “una organización de carácter secreto que reúne a individuos agrupados en entidades conocidas como logias bajo un precepto de fraternidad. La institución se auto define como filantrópica, filosófica, simbólica y no religiosa, de propiedad iniciática y con la finalidad de impulsar el progreso”.


Ante esta definición cualquiera puede aprobar sus fines y respetar sus propósitos a menos que la historia desenmascare algo de lo que significó en la España del siglo XIX y más concretamente, en la Granada de esa época. Entre 1870 y 1900 un total de 10 logias masónicas vieron la luz en nuestra ciudad, conformadas por un total de 500 granadinos que bajo el amparo de su propia definición, nos resulta embriagador. Que nuestros paisanos de hace siglo y medio quisieran agruparse con espíritu filantrópico para impulsar el progreso, es arrebatador. El problema viene cuando los investigadores históricos han rascado en ese poético pasado y descubierto que en realidad las pretensiones de los masones no eran otras que “librar a cuantas personas podamos por medio de la propaganda más activa de la religión”.

Represión de los Jesuitas
José Martí y Monsó, 1864. 

La regeneración social bajo el escudo de filantropía de estos masones del tiempo de nuestros bisabuelos no fue otra propuesta que luchar contra los jesuitas y extirpar la educación religiosa de España. El diccionario de nuestra lengua es claro, rotundo y contundente: la filantropía es “amor al género humano”, y no nos resulta muy amoroso ni respetuoso el odio contumaz al sacerdocio y a la institución de la Iglesia que a finales del siglo XIX van a desarrollar los masones granadinos, incluso al punto de lo ocurrido en Loja en 1887, donde un masón irrumpe en la Iglesia y ataca verbalmente al sacerdote (jesuita en concreto) mientras este se encontraba en medio de su homilía.

Rafael García y Álvarez (de pie)

Todo esto nos sirve para situarnos sobre lo ocurrido con uno de los mayores darwinistas de España, el catedrático del Instituto Padre Suárez al que dicho sea de paso, mucho le debe esta ciudad. Hablamos de Rafael García Álvarez (1828-1894), doctor en Ciencias Naturales sin haber cumplido los 29 años y profesor y luego catedrático de esta materia en el Padre Suárez desde 1851. Creó un importante gabinete, una excelente biblioteca y es el padre de uno de los museos más interesantes de esta ciudad del que hablaremos en adelante. Colaboró con el diario El Progreso y fue concejal de Granada en 1885 así como miembro de la logia Lux in Excelsis.



El Arzobispo Bienvenido Monzón Martín y Puente, que lo fue de 1866 a 1885. 

Pero nuestro protagonista pasará a la historia de Granada en octubre de 1872, durante la apertura del curso académico 1872-73 en donde es el encargado de pronunciar el discurso que en su caso, pretendía  defender la doctrina darwinista. El origen de las especies fue publicado un 24 de noviembre de 1859 (TAL DÍA COMO HOY, HACE 156 AÑOS) y sus teorías, que no por menos ciertas siguen a día de hoy sorprendiendo, levantaron un revuelo sin igual en esa ciudad de provincias de hace 143 años. No esperó la Iglesia y mediante su Arzobispo, entonces Bienvenido Monzón, se reúne un sínodo extraordinario que califica el discurso como “herético, injurioso a Dios y a su providencia y sabiduría infinitas, depresivo de la dignidad humana, y escandaloso para las conciencias” y a renglón seguido,  incluye La teoría de las especies como uno de los libros prohibidos por la Iglesia Católica.

Darwin, retrato de John Collier en 1881.

El otoño de 1872 fue el de Darwin. ¿Quién le iba a decir al naturalista inglés que su libro iba a tener en vilo a una Granada convertida en la primera ciudad española que se apuntó a la teoría de la evolución de la mano de un genio descomunal como Rafael García y Álvarez, que a pesar de todo, ha pasado a la historia como la víctima de una de las mayores venganzas de la Iglesia española?

Piezas de la colección del Museo de Ciencias Naturales del Instituto Padre Suárez de Granada. 

Vayamos por partes. El eminente García y Álvarez fue un intelectual sin parangón, eso no lo puede poner nadie en duda. Fue uno de los primeros darwinistas españoles y colocó a Granada en un lugar preferencial en la carrera por el amor y estudio a las ciencias. Influyó en centenares de paisanos y formó de manera impensable hace 140 años a los estudiantes que tuvieron la suerte de contar con su magisterio. Además, fue el padre del Museo de Ciencias que conserva el Padre Suárez, una joya desconocida para los granadinos y que a día de hoy está formado por 6.300 piezas divididas en cinco salas (4 + 1) que contemplan casi 5.700 elementos científicos y 600 aparatos de física y química. Pero es que además la colección deja boquiabiertos a los visitantes, con piezas tan sorprendentes como un lince de Sierra Nevada disecado, una especie extinguida que era mayor al ibérico,  una hembra de orangután con su bebé que fue adquirida en el siglo XIX por 1.400 pesetas de la época, fósiles de especies ya extinguidas, reproducciones de diferentes cráneos de animales... Todo un portento de la ciencia y de la curiosidad científica de verdaderos profesores llamados a cambiar el curso de la historia hace 140 años.


Pero volvamos a lo ocurrido en 1872. Una España sin Borbones, un Gobierno nacional y municipal resuelto en extirpar a la fuerza el catolicismo, una irrespetuosa senda de destrucción del patrimonio y Darwin. ¡Demasiado para una Granada decimonónica! Las teorías del inglés cayeron como un jarro de agua fría y el Arzobispo Bienvenido Monzón excomulga a nuestro hombre y mediante decreto, exhorta a los fieles a que quemen sus libros darwinistas en la gran pira que se había preparado a tal efecto en la Plaza de las Pasiegas. Imaginemos por un momento la imagen, la misma que ocurrió casi 4 siglos antes en idéntico escenario, quemando los libros musulmanes por mandato del Cardenal Cisneros. Aunque conviene que el lector juzgue sin la mentalidad de nuestra época lo que sucedió entonces.

En primer término la Iglesia de San Gil, derruida un 4 de octubre de 1868, víctima del anticlericalismo del sexenio revolucionario.

Porque, ¿qué sucede en ese sexenio democrático también conocido como revolucionario en Granada? Pues le cuesta a la ciudad el derribo de la Iglesia de San Gil, del claustro del Palacio Arzobispal, de la torre de la Iglesia de San Antón, el dramático derribo del Convento de la Victoria, se retiran las cruces y tribunas religiosas populares y se culminan las oleadas de desamortizaciones patrimoniales de décadas anteriores, todo ello bajo la premisa de no salvar el patrimonio sacro so pena de no restaurar en el colectivo ciudadano, la tradición devocional que había mantenido desde el instante de la Reconquista. O dicho de otra manera, a Granada y a los granadinos se les impone casi a la fuerza un nuevo concepto de vida y de pensamiento. No es de extrañar por tanto que las autoridades eclesiásticas condenen con una dureza desmedida para nuestro entendimiento la teoría de la evolución y quién la represente.

El Claustro de profesores del Padre Suárez, De pie, con barba, el protagonista de esta historia. 

Así, a nuestro siglo XXI ha llegado la idea sesgada y partidista de un Arzobispo medieval represivo y persecutor, cuando realmente, durante el mal llamado Sexenio “democrático”, los represaliados y perseguidos serán los católicos y muy especialmente su patrimonio histórico. Es esta entrada de hoy, muy compleja: por un lado, alaba el celo investigador y científico de Rafael García y Álvarez, que hizo de Granada una pionera en España de la tesis evolucionista y que creó un Museo de Ciencias Naturales sin igual que a día de hoy sigue siendo orgullo de la ciudad. El Padre Suárez, fundado en 1845, está cumpliendo por tanto 160 años. Pero por otro lado tenemos que ser todo lo benevolentes que nos quepa, si de un periodo tan convulso hablamos, para entender que el eminente Rafael García y Álvarez, le tocó vivir en una época en la que ciencia  e Iglesia, progreso-respeto, no se dieron la mano.  Sin ir más lejos, meses después de la excomunión dictada contra él, el Arzobispo fue apresado por los milicianos republicanos y la Catedral, secuestrada. 

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