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lunes, 11 de agosto de 2014

El triunfo, 204 años antes

También los franceses escogieron el Campo del Triunfo para llevar a cabo las sentencias a muerte. España invadida, dominada por las tropas napoleónicas y el patíbulo frontero a la Puerta de Elvira, viendo desfilar a patriotas empeñados en defender a los suyos. La mañana del 11 de agosto de 1810, los granadinos, atemorizados y a sabiendas que los soldados franceses los vigilaban y podían tomar represalias, desfilaron en torno al garrote vil que todavía llevaba el olor a muerte de uno de los más grandes héroes de la Guerra de la Independencia. Se cumplen hoy 204 años del asesinato del Capitán Vicente Moreno, defensor de España y los españoles.

Todos nuestros héroes, todos nuestros valientes fueron sencillos hombres del campo, curas que nunca antes habían empuñado un arma, mujeres aguerridas capaces de demostrar que el sexo no entiende de honor y de valor. Vicente Moreno no iba a quedarse de brazos cruzados observando a los corsos de Napoleón expoliando el país, asesinando con impunidad y destruyendo la soberanía, legitimidad y tradición de España. Así que decidió irse a la complicada y dificultosa Sierra Morena y en medio año, sus hazañas le habían valido el grado de Capitán. Gobernó el regimiento de su tierra, el Málaga nº 35. Peleó en Ocaña, en Jaén, dirige una guerrilla y comanda la resistencia contra los franceses cuando se proponen conquistar Málaga. Ya había caído Granada, Loja y todo el camino hacia la capital costera quedaba expedito. Peor Vicente Moreno no estaba dispuesto a que el francés asesinara sin esfuerzos a sus vecinos.

Resistieron. Nuestro capitán sólo tenía ya una cosa: honor. Pero la superioridad numérica y táctica de los franceses fue contundente. En cuanto entran en la ciudad, demuestran la verdadera cara y sus intereses reales: aquello era una sucesión sangrienta de rapiñas, una voracidad más propia de bárbaros de la Antigüedad que de soldados del Imperio francés. Las mujeres son violadas incluso muertas, por las calles, los niños caen abatidos por disparos y los fusilamientos de los pocos soldados que quedan, se repiten junto a las murallas de la Alcazaba. Pero el ladrón de Horace Sebastiani, gobernador del territorio del Reino de Granada, busca un escarmiento ejemplar. Todavía recuerda cuando en julio, apenas un mes antes, sus hombres acabaron todos muertos por la tropa de Vicente Moreno en Riogordo; así que se le ocurren dos cosas: o lo convence para que luche del lado napoleónico, o lo asesina.

Antiguo Convento de la Merced de Granada, ya convertido en Cuartel. 
En segundo plano, a la izquierda, el Campanario de San Ildefonso

Sebastiani lo tienta con una oferta que cualquiera en la circunstancia de Vicente Moreno Baptista hubiera aceptado: su libertad y el grado de coronel. Sólo tenía que jurar lealtad al rey José I y prometer fidelidad a Francia. Y ante los asesinos galos, en las dependencias del Gobierno Militar de Málaga, dice: “el honor de un patriota español no se vende”. Sebastiani arde en cólera y lo conduce a la capital del reino, a Granada. Allí, en prisión, torturado y forzado a que en público, reconozca su lealtad a Francia y rechace cualquier españolidad que mantenga los ánimos de granadinos y malagueños, vuelven a requerir un juramento y a prometerle prebendas y títulos. Vicente Moreno prefiere la muerte al deshonor. Desde la Real Chancillería los franceses lo conducen a él y a los seis compañeros que quedaron vivos hasta el Convento de la Merced, que han convertido en cuartel de infantería y que usan además de prisión para sublevados, guerrilleros y soldados. En el patio, ahorcan ante Vicente Moreno a sus seis compañeros y vuelven a intentar que renuncie a su inquebrantable españolidad. ¡Sin éxito!

El último intento fue exponerlo ante su mujer e hijos. No varió un ápice su convicción patriota y su honor. La sentencia llegaba aquel sábado 10 de agosto de 1810. El patíbulo, en la placeta frontera a la Puerta de Elvira, lucía el garrote vil. Vicente había pleiteado para ser fusilado, la sentencia a muerte que le correspondía a un soldado, no agarrotado como un criminal o delincuente. Los franceses no se amilanaron y le quitaron el honor que le correspondía. Subía al patíbulo mientras el verdugo escoltaba el instrumento de tortura. Sentado en el escaño, el Capitán Vicente Moreno Baptista gritó sus últimas palabras: ¡Por España! Segundos más tarde, su garganta estaba estrangulada.  

Obra del granadino Pablo Loyzaga. 

En la jornada siguiente, la Hermandad de la Caridad de GRANADA lo enterraba en el Cementerio de San Ildefonso. El Párroco tuvo valor para rellenar los libros parroquiales sin olvidarse que el cadáver, era de un capitán español. Un patriota natural de Antequera que era honrado por esta ciudad el 29 de junio de 1908, cuando en la fachada del cuartel de Infantería, que hoy sirve a la Universidad de Granada, se colocaba una lápida conmemorativa del escultor granadino Pablo Loyzaga, en la que había esculpido la alegoría femenina de la Victoria colocando sobre el pecho del Capitán, una corona de laurel... En “homenaje a su heroísmo”.


El asesino y ladrón, Horace Sebastiani

Sebastiani salía con el resto de franceses año y medio después, esquilmando el patrimonio histórico granadino. Un suculento botín que hemos contado muchas veces en esta Alacena. A día de hoy, hay acciones que no se pueden dejar de recordar. A día de hoy, hay valores inmutables que forman parte del pasado... 

domingo, 10 de agosto de 2014

Cuando Granada puso paz en Castilla

Se han escrito ríos de tinta acerca de la guerra intestina que precipitó la pérdida del Reino de Granada y cómo el odio y la codicia de padre, hijo y tío sumieron al último hálito de al-Andalus en la ruina y desaparición. Pero quizás esto ha ocultado que estaba sucediendo lo mismo en uno de los reinos cristianos más importantes de la Europa de finales del siglo XV, en Castilla. No terminaremos nunca de ponderar los éxitos y logros de Isabel la Católica, ya que durante el reinado de su hermanastro Enrique IV, la situación incontrolada  e incontrolable pudo ser trágica. Como muestra, lo que ocurriría tal día como hoy, hace 544 años, en nuestra Granada. Aquel día, nos convertimos en los PRIMEROS MEDIADORES Y OBSERVADORES INTERNACIONALES DE LA HISTORIA.

Sepulcro de los Fernández de Córdova de la Iglesia de San Hipólito de Córdoba. 
Como curiosidad, la imagen de San Ignacio de Loyola es del granadino Domingo Sánchez Mesa.  

En aquel momento era rey de Castilla Enrique IV, un monarca de gobierno débil, polémica sexualidad y falto de capacidad para ejercer la autoridad regia, por lo que la nobleza creó bandos y partidos capaces de cuestionar la ley y poner en jaque el reino. De los muchos problemas intestinos, uno de los que le granjearon mayores quebraderos de cabeza fue el enfrentamiento que protagonizaron dos de los más egregios nobles del sur, ambos de Córdoba. De un lado, Alonso de Aguilar (señor de Priego y Aguilar) y Diego Fernández de Córdoba, Conde Cabra y el mariscal de Castilla, que tuvo la suprema inteligencia de apostar decididamente por el Rey, que lo fue colmando de privilegios a costa de los que ya tenían otros nobles del sur. Y como era de esperar, esto incendió el ánimo de Alonso de Aguilar, que veía cómo el que era primo del Gran Capitán, se convertía en Vizconde de Iznájar, propiedades antiquísimas en la casa de Aguilar, que pusieron más fuego a la histórica disputa familiar por Bujalance. El problema estaba servido.

Enrique IV, incapaz hasta para preñar a sus esposas... 
Miniatura del  alemán Jörg von Ehingen, ca.1455

Cuando el Rey se entera que sus más destacados vasallos, que deben velar por la protección de Castilla en las fronteras con Granada, andan inmersos en algo más que una trifulca verbal, pone paz. Como quiera que le era imposible negar su devoción por Diego, enaltece más la riqueza y el poder del de Cabra otorgándole el dominio sobre la frontera por Alcalá la Real y el señorío del Castillo de Locubín; el de Aguilar no puede contenerse y con independencia de un favoritismo inusitado que estaba llevando erróneamente Enrique IV, se ve muy agraviado.  Así que aprovechando que Diego se traslada a Córdoba para dar cuentas de lo ocurrido en la última escaramuza de aquella guerra civil de frontera en la que incluso se ha atrevido a apresar a su primo (en efecto, EL GRAN CAPITÁN, EL INVENTOR DEL EJÉRCITO MODERNO), Alonso de Aguilar inventa el pretexto de una conversación para poner paz entre ellos y citándole en una posada, lo hace prisionero.

En la fortaleza de Cañete, el de Aguilar le obliga a renunciar  los últimos derechos, privilegios y mercedes que Enrique IV le ha concedido. Diego le cede los señoríos de Alcalá la Real y de Iznájar y cuando el rey se entera de lo ocurrido, monta en cólera. No sólo se ha ofendido, forzado y coaccionado a su protegido, sino que se ha puesto en entredicho su autoridad. Expide una Carta Real declarando nulo aquel acuerdo tan sui generis, reprueba la actitud de Alonso de Aguilar y lo amenaza con medidas coercitivas. Así que estalla el reprendido y reta a un duelo a Diego de Córdoba. Cuando Enrique IV se vuelve a enterar de la situación, es aconsejado que impida a toda costa aquella habitual práctica entre caballeros. Uno de ellos puede morir en aquella justa caballeresca tan propia del Medievo y no puede permitirse Castilla una pérdida, fuere cual fuere, de tal importancia.

Los dos caballeros están dispuestos a luchar, a mantener su derecho medieval a pelear por el honor y la hombría, de modo que buscan una alternativa a la prohibición del Rey de Castilla, y a ambos se les ocurre que si no pueden retarse a duelo en suelo castellano para no contrariar y desobedecer a su Rey, lo harán en otro Reino. Y el más cercano, es el Emirato de Granada, cuyo trono estaba en ese 1470 ocupado por Abū al-Hasan 'Ali ben Saad, que los cristianos llamarían MULEY HACÉN. El emir de los granadinos se frota las manos. Dos de los más importantes caballeros de Castilla, protagonistas de los enfrentamientos fronterizos y responsables de la protección de esas tierras linderas con Granada, se quieren retar a muerte. Así que no duda en desplegar todo el fasto posible para que el duelo sea lo más vistoso. Acoge la partida caballeresca y autoriza la instalación de un palenque en la explanada de la Xarea, es decir, en la Puerta de la Justicia, regia entrada a los Palacios de la Dinastía Nazarí. A la Alhambra.

Hagamos un esfuerzo. EL bosque de la Alhambra se crea en 1729, a raíz de la visita de Felipe V. Esa vasta lengua verde que se yergue sobre Granada, con miles de árboles formando un pequeño bosque cargado de sabor, a los pies de los recintos alhambreños, era en 1470 un secano así pensado para garantizar la seguridad de la residencia real granadina y su máxima protección. Había sido usado desde tiempos de Alhamar, primer rey nazarí, para las paradas y demostraciones y exhibiciones del Ejército Granadino y era el lugar perfecto para que se retaran Alonso y Diego. La fecha, corría prisa. Ambos nobles ardían en ganas por ponerse a prueba y además, se cumplían seis años del inicio del reinado de Muley Hacen. Sin duda, debía celebrarse el 10 de Agosto de aquel 1470.

Diego llega a Granada antes que su contrincante y la corona nazarí le procura como residencia el Palacio de la familia de los Ansares. A primeros de agosto, el emir lo recibe en el Salón del Trono y el intercambio de regalos y de recuerdos es alabado por los presentes. Se nota que Muley Hacen está disfrutando con todo esto. Granada está viviendo días de fiesta. Dos pueblos con una enemistad irreconciliable, juntos. Por las calles de la Medina andurrean caballeros castellanos con una normalidad pasmosa, recorriendo los zocos y alcaicerías de Granada y extasiándose con algo tan distinto a lo que ofrece cualquier ciudad cristiana. Los granadinos ralentizan el día a día de sus jornadas para ser testigos de aquella comitiva tan particular que viene en son de paz y que va a “MATARSE” entre sí.


Al amanecer del 10 de agosto, los más importantes caballeros cristianos van a medirse hasta la muerte. Los cortesanos de la Alhambra han preparado dos tiendas lujosamente revestidas. Los jardineros de los palacios nazaríes han delimitado con azadas y garabatos el espacio de la contienda. Suben hacia la Alhambra miles de granadinos que van a ser testigos de un hecho único. Antes, pasan por la Rawda Real para rendirle tributo a la sepultura de Abu-l-Nu‘aym Ridwan, general, el visir, el gran chambelán del Reino. Al sultán lo han situado en un lugar de privilegio sobre los sistemas defensivos de la Puerta de la Justicia, para contemplar en altura y lejos del contacto y las miradas del pueblo, aquella justa particular.

Llegado el día estaba todo preparado en el campo de combate, al cual llegaría el mariscal de Castilla, acomodado en una tienda montada con los mejores paños franceses. El lugar del duelo sería marcado claramente con un azadón, y toda la explanada estaba llena de miles de personas que buscaban un hueco para presenciar el acontecimiento. El rey Muley Hacén, por su parte, tendría un lugar privilegiado para contemplar todo, pues estaba ubicado en el ajimez lateral de la Puerta de la Justicia, lugar que había sido convenientemente acondicionado para él y sus mujeres pudieran ocupar la parte superior de la torre.

Pasan las horas y no hay pista alguna de la comitiva de Alonso de Aguilar. Nadie sabe de él. La paciencia se agota y a Diego no se le ocurre más que lanzar bravuconerías e insultos contra su oponente, que ha demostrado una extrema cobardía al no presentarse siquiera. Hace cinco siglos y medio, el honor lo era todo. Y el de Aguilar no había demostrado ni acaso hombría. Profiere Fernández de Córdova mil insultos hasta que un granadino, musulmán y cortesano en la Alhambra, se para delante de su caballo para retar a Diego, ya que es amigo personal de Alonso de Aguilar y ha agotado su paciencia escuchando improperios contra su amigo. Muley Hacen manda a su guardia personal que arresten a uno de los suyos. No da crédito. Aquella no es una lucha entre cristianos y musulmanes ni hay que tomar partido en ella. Así que la sentencia es justa: la muerte de aquel inapropiado e inoportuno granadino. Días después, en el Mexuar, imparte justicia el Emir de los Granadinos y perdona la vida de aquel estúpido funcionario.

Patio del Mexuar, donde el emir o sultán de Granada impartía justicia. 

Don Diego saca un retrato de Alonso de Aguilar y hace que su caballo lo pise reiteradamente. Muley Hacen disuelve aquella frustrada justa y manda a los cadíes y juristas regios que discutan y diriman sobre lo ocurrido, pero los altos funcionarios judiciales de la Alhambra se sienten sorprendidos y extrañados. Aquel no es un caso que les competa, entre cristianos que no aceptan la ley coránica y que además no son súbditos de Granada. Pero el emir lo deja claro: Granada es el único reino que ha procurado zanjar un asunto tan trascendente (rapto, secuestro, coacción, lo que hoy día llamaríamos falsedad en documento público...) aplicando la justicia no de Granada, sino de Castilla. De modo que en este caso, GRANADA ES UN OBSERVADOR INTERNACIONAL, un mediador, un tribunal independiente y autorizado.

Documentos originales de la Cancillería de la Alhambra conservados en el Museo de la Alhambra.

Mientras la justicia regia de Granada dicta su sentencia, la comitiva de Diego Fernández de Córdova es atendida en la ciudad con todo tipo de lujos. Se suceden las fiestas en la Alhambra, los caballeros tienen permiso para recorrer Granada y los granadinos, están obligados a actuar de perfectos, amables y fraternales anfitriones. Diego está muy contento, y lo estará más cuando en la mañana del 15 de agosto, el alto tribunal de justicia le deje en las manos del Emir Muley Hacen el resultado de sus diatribas, no con la ley de Granada, sino con la que Castilla debería y habría podido dictar. La sentencia dice que don Alonso de Aguilar, ha resultado vencido en el derecho de armas al faltar al honor y respeto no compareciendo a un duelo que él mismo había promovido y que Diego Fernández, Mariscal de Castilla, puede hacer valer los derechos que exigía si resultaba vencedor. Que se anulaba de facto la validez del documento, que coaccionado y retenido, le obligó a firmar Alonso de Aguilar y ya que los tribunales de justicia castellanos, por la inoperancia de su Rey Enrique IV, no se habían pronunciado al respecto, los de Granada daban por buena la situación y fallaban a favor de Fernández de Córdova.

En la mañana del 16 de agosto, Granada despedía a cientos de cristianos, entre pajes, servicio y guarnición militar, que ponían rumbo a Alcalá la Real. En el equipaje, iban 1.000 copias de la sentencia granadina y varias reproducciones de un cuadro que había sido pintado en Granada, en el que se veía a don Alonso, pisado por el caballo de Diego, con un letrero que expresaba su derrota y que humillaba el valor y la hombría como hombre de armas y servidor de Castilla.


Y así fue como hace 544 años, Granada se convirtió en el primer mediador, el primer observador y el primer tribunal internacional, al menos, de la Historia de la Península Ibérica. 

sábado, 9 de agosto de 2014

La Reina de los Mares

El último gran héroe español, don Luis de Córdova y de Córdova.

Tener 73 en 1780, era algo inusual. Tener esa edad después de llevar 62 años combatiendo a los piratas argelinos, los piratas ingleses y no haber estado más de un mes seguido en tierra firme, era toda una proeza. Los franceses decían de este sevillano que era demasiado viejo y demasiado loco para ser todavía, nada menos, que Director General de la Armada Española. Había sido un héroe en aguas del Mediterráneo, un estratega descomunal en el Cabo de San Vicente y un patriota desmedido en Cartagena de Indias. Se llamaba Luis de Córdova y de Córdova y fue el último gran héroe del Imperio Español, capaz de destrozar el orgullo inglés y poner en jaque a los enemigos de Su Majestad Católica.

Con 72 años, participó en la operación más arriesgada que nunca antes había hecho España, cuando intentado lo mismo, la Armada Invencible fue víctima de la humillación. En 1779, al mando del barco que era orgullo de la Armada Española, el Santísima Trinidad, persiguió al inglés, cruzó el Canal de la Macha, se internó por la costa británica y puso en gravísimos y serios aprietos a los barcos ingleses, que se tuvieron que refugiar en los puertos y rezar anglicanamente para que los españoles no desembarcaran y quién sabe lo que hubiesen sido capaces. Incluso los habitantes de los pueblos costeros, abandonaron sus casas y se mudaron al interior, atemorizados por la eficacia naval y militar española, cuando, como ya ocurriera en 1380, Inglaterra estuvo a punto de hablar español. 

Hemos leído una y mil veces que desde el siglo XVIII, Inglaterra fue la primera potencia marítima, y sin embargo la historia desmiente todo esto. La Guerra de la Oreja, que ya contamos en esta Alacena, o las hazañas de Blas de Lezo y la que ahora vamos a narrar, saldan los enfrentamientos hispano-británicos a favor de España. Y ocurrió tal día como hoy, hace 243 años, en la madrugada de un 9 de agosto, con un marinero de 73 años como protagonista y con menos de 30 barcos capaces de infringir la mayor vergüenza y deshonor a la Royal Navy de toda su historia.

"Los ingleses han sido siempre, los piratas de la Reina". 

La Corona española había agotado su paciencia. Dos siglos y medio soportando el pirateo constante de los ingleses, sufriendo las consecuencias dolorosas y onerosas de su actividad ruin y despreciable. Así que desde el mes de abril de 1780, un grupo de espías españoles en Londres daba norte de cualquier cosa interesante para España y revela que una gran escuadra va a salir desde puertos ingleses con rumbo a Norteamérica, para ayudar y reforzar a los que en tierras del actual Estados Unidos siguen intentando que la corona británica no pierda sus más extensas y fructíferas colonias. Se decide golpear, o mejor dicho, devolverles un poco de lo mucho que se ha sufrido. Francia y España se han aliado para ayudar a los futuros ciudadanos de los Estados Unidos de América (a lo mejor, se han unido para destrozar a su enemigo común) y las dos escuadras navales deciden que es hora de hacerle pagar caro sus tropelías a Inglaterra.

El Escorial del Mar, el Santísima Trinidad. 

Luis de Córdova, tiene 73 años y lo ponen al frente de los 27 barcos españoles. Los franceses se quejan de que un hombre tan mayor, mande la expedición. en España no quieren ni discutir, porque al fin y al cabo nuestros vecinos sólo aportan una decena de embarcaciones menores. Los ministros españoles escriben a París diciendo que “El viejo ha resultado más alentado y sufrido que los señoritos...”. Las fragatas españolas eran mucho más veloces y servían de enlace para comunicarse con el buque insignia, el gran orgullo de nuestra Armada, que había sido apodado como EL ESCORIAL DEL MAR. Era el que capitaneaba don Luis de Córdova, el Santísima Trinidad.

A las 4:15 de la madrugada Luis de Córdova comienza a disparar a aquella caravana marítima inglesa que acaba de zarpar rumbo a América. Parte de sus barcos sueltan velas y se lanzan decididamente a una caza indiscriminada. en 45 minutos, los españoles se han hecho con 36 barcos ingleses, alcanzados, abordados y derrotados. Antes de que anochezca, España ha capturado 51 de las 55 embarcaciones; toca recuento del botín y nadie da crédito. Nadie puede de veras creerse lo que sus ojos ven: armas, material militar, intendencia y varios miles de lingotes de oro. España había vencido un convoy marítimo de 55 barcos dotados con 2.851 hombres de armas y 244 pasajeros y con un total de casi 300 cañones que no pudieron hacer nada contra la Armada Española.

El 20 de agosto, el mayor botín que nunca antes había conseguido España y que nunca antes había perdido Inglaterra, llegaba a Cádiz. A Madrid llegan otras noticias: la bolsa de Londres sufre las peores pérdidas de su historia, la moral de los ingleses está por los suelos, los norteamericanos cada vez son más capaces y la independencia es una realidad y por cuarta vez consecutiva, cuando se han enfrentado ingleses y españoles, los de la “pérfida Albión” han perdido contra los hispanos. Durante los próximos 24 años, los marinos británicos tendrán pavor a España, hasta que en 1804, la Batalla de Trafalgar los reconozca como dueños del mar. Pero hasta entonces, fueron 300 años de supremacía española y de victorias de la Corona Hispana. Así que lo ocurrido aquel 9 de agosto de 1780 bajo el mando del anciano Luis de Córdova, fue una justicia natural y la recuperación de lo mucho que durante siglos nos habían pirateado. Y es que hasta el siglo XIX, este país siguió siendo faro del Mundo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo, 400 años atrás

En un buen puñado de anteriores entradas conté el pasado casi fundacional, el título paternal del Barrio del Realejo sobre la ciudad de Granada y cómo fue su nombre el que se impuso y lo prestó para designar a todo el territorio, que abandonó su carismático título de Elvira (en sus variantes ibera, romana, árabe y por supuesto hispana) para abrazar el de aquel barrio judío que fue cuna de Granada. Pero lo cierto es que el Realejo ya reconquistado, ya cristiano, vive una transformación fabulosa que lo convierte en uno de los espacios predilectos por la aristocracia castellana y pasará a ser uno de los enclaves urbanos más interesantes de la ciudad. Todo ello, gracias a Santo Domingo. A su Iglesia, Convento y las propiedades dominicas que ocupará. Por eso, en la fiesta del fundador de la Orden de Predicadores, dedicamos un capítulo especial a los 400 años que nos separan de una nueva Granada, o lo que es lo mismo, la “dominicanización” de la ciudad.

Para ello tenemos que marcharnos a 1614, hace ahora 400 años. La Orden dominica posee las huertas y campos de labranza que desde su Convento hasta la ribera del Genil a un lado, y a la que todavía se conoce como la Ermita de las Santas Úrsula y Susana (la actual Basílica de las Angustias) a otro, fueran propiedad de la Corona Nazarí y de las familias nobles de la Granada musulmana. O lo que es lo mismo, los actuales “Realejo bajo”, “Barrio de la Virgen” y “zona del Salón”. El Convento granadino es una de las cabezas espirituales y rectoras de la Orden en el sur de España, una de las fundaciones monásticas mejor dotadas y su influencia supera a cualquier otro, a pesar de la fortaleza que había cogido el de San Francisco Casa Grande. Aquel Convento descomunal, tiene una de las extensiones de terreno mayores de todo el sureste hispano. ¡Y Granada, la necesidad de acoger a su creciente población! Los ingredientes, estaban dispuestos.

Santo Domingo, Titular de la Iglesia homónima de Granada 
Imagen del taller de José de Mora y Retablo de Blas Moreno. 

Ese año de 1614, los dominicos consiguen que Felipe III les permita superar los límites de sus tapias y muros y parcelar y construir un total de 140 solares de los que pueden sacar centenares de viviendas. La Orden Real llega a Granada y se pone en marcha de forma inmediata, de manera que toda la margen derecha de la llamada “Carrera Vieja”, comienza a edificarse a un ritmo asombroso. Las casas, inscritas formalmente, se incluyen en una zona nueva de Granada que desde el Cabildo de la Ciudad se le da el nombre de “Barrio Nuevo de los frailes de Santa Cruz”. Incluso se fraguó un poemilla doméstico que se empezaba a cantar, no sin cierta malicia, por las calles: “el barrio de Santa Cruz, cuando ayer sólo eran huertas, se los dieron por solares, para que aumenten sus rentas”. Está claro que “a quién les dieron esos solares” con los que “aumentarían sus rentas”, eran los dominicos... Acabamos de asistir a dos hitos en la historia local: el nacimiento, urbanización y desarrollo barroco de Granada, pero todo ello resumido en el segundo hito: una operación urbanística con buenas dosis de especulación. Como ven los amantes del caso Malaya, NIHIL NOVUM SUB SOLEM.

La extensión de aquella “zona nueva” que vieron nacer los granadinos hace 400 años tenía por límites la Acequia Gorda lamiendo los bordes del trazado de la muralla última que se levantó en tiempos nazaríes, es decir, la Calle San Antón como arranque de todo ese entramado urbano nuevo. Desde allí, los otros focos delimitados fueron la puerta de Bibataubín y del Pescado y el proyecto tuvo un ambicioso trazado que se basaba en la más antigua y funcional de las distribuciones espaciales que conocemos: cuadrículas trazadas a cordel, como los campamentos romanos, como se mandó erigir la ciudad de Santa Fe o como los urbanismos de la Roma Antigua.

"MIlagro de Santo Domingo en Soriano", del granadino Alonso Cano (ca 1652)

Faltaban los nombres de las calles. Como éstas se habían establecido en las huertas dominicas y los impulsores de aquel inmenso proyecto era la Orden de Predicadores, los nomenclátores callejeros recibieron por títulos las advocaciones del santoral dominico, sin olvidar a San Jacinto, a San Pedro Mártir o a su primera devoción, la Virgen del Rosario. Pero el gran proyecto de los frailes era que aquella ermita que cuatro años había sido elevada a Parroquia por el Arzobispo Pedro de Castro en 1610, pasara a ser propiedad dominica y regida por la Orden. Puso el grito en el cielo el clero secular, manifestaron su contrariedad los religiosos de otras órdenes y después de no pocos pleitos verbales y reuniones inviables, el Arzobispo creyó que la Casa de aquella Virgen sin rival alguno, debía seguir siendo del único dueño legítimo: el pueblo de Granada.

Se había frustrado un proyecto que a la larga, le habría dado a la Orden de Predicadores pingües beneficios, y no sólo económicos. Esto explica cómo años después, la Virgen del Rosario es atendida con un celo hasta entonces desconocido y comienza su rutilante estela de milagros que la elevaría a la segunda devoción de la ciudad, pero superada por aquella otra que estuvo en las miras de los dominicos. Fuere como fuere, una más que extensa parte de la Granada del barroco nació por la inteligencia y el ánimo especulativo de la Orden que durante siglos, mantuvo el control eclesiástico y jurídico de España. Fue su mejor legado, un orden impoluto y un urbanismo inteligente que todavía hoy perdura. Pero en lugar de las viviendas que en este 2014 estarían cumpliendo 400 años, nos encontramos con edificaciones historicistas del siglo XIX que sustituyeron a las primitivas (mucho más austeras) y a cuya cabeza, siempre estará la del número 27 de la Calle Ancha de la Virgen.


Y una vez más el dinero, fue haciendo a Granada... 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Hiroshima

Han pasado 69 años desde que “Little boy” soltara sus 15 kilotones de potencia sobre aquella ciudad del oeste de Japón que se convirtió en Historia y no me apetece bajo ningún concepto hablar de los 120.000 muertos, los 360.000 heridos, las mutaciones genéticas de generaciones de ciudadanos, los percances biológicos y anatómicos que siete décadas después todavía sufren sus hijos o los descendientes de éstos y todo el horror que supone la explosión de la bomba atómica que sigue a día de hoy, asustando a la Humanidad por la virulencia mortal que de su poder.

Después de que Hiroshima quedara reducida a un despojo radiactivo, una adelfa fue el primer guiño de vida que nació de aquel suelo contaminado que tardaría años y años en volver a ser tierra habitable. Hoy día la adelfa es la flor nacional de Japón, pero junto a ella hubo otra vida más que se salvó del ingenio para matar y destruir del que siempre ha hecho gala el ser humano.

Fue una mente maravillosa que escogió la vida de emociones que el siglo XX le deparó a un bilbaíno nacido en 1907. Fue compañero de Severo Ochoa, que lo recordaba pro su superioridad en clase; el famoso Premio Nobel español, contaba con cariño que nuestro protagonista le ganó el premio extraordinario académico, dejando bien claro que el futuro jesuita, había nacido con una inteligencia soberbia y otros dones aún mayores que le procuró la famosa Compañía de Jesús y el espíritu de Loyola. Pedro Arrupe no es sólo el titánico intelectual que dirigió una de las órdenes católicas con más prestigio y controversia de la Historia, sino que fue testigo de excepción de los cambios que experimentó el Mundo, mientras él se enfangaba en llevar mensajes positivos al rincón más alejado de su tierra.

Fue enviado a Japón para evangelizar aquellas tierras y después de tres años en el país del “sol naciente”, justo al día siguiente de que el totalitarista Imperio japonés entrara en la II Guerra Mundial, fue acusado de espía y encarcelado. Durante más de un mes, malvive en una celda de cuatro metros cuadrados pero logra salir de ella por la inmensa admiración que su comportamiento y actitud despierta en los propios carceleros. Cuando el juez lo interroga, queda sorprendido por la humanidad y la bonhomía de ese español de Bilbao que tiene por única carta de presentación una sotana negra de su “Sociedad Jesuítica”. Acababa de comenzar la estela imparable de un hombre que removería los cimientos de la Iglesia actual.

Insistía en postulados que reconfortan a los ciudadanos con la fe. Una de sus insistencias fue decir e insistir en que “Nuestra Compañía no puede responder a [...] nuestro tiempo si no modifica su práctica de la pobreza. No podremos Los oír “el clamor de los pobres, si no adquirimos una experiencia directa de las miserias y estrecheces de los pobres”. Este era el primer paso, que lo llevaría a decir que [...] “para que la Compañía pueda promover en todas partes la justicia y la dignidad humana, no se puede identificar con los ricos y poderosos”.  A día de hoy, los mensajes y escritos del Padre Arrupe siguen pidiendo que alguien los ponga en práctica. Este comprometido ciudadano del Mundo, decía a gritos cosas como estas: “En este mundo en que tantos mueren de hambre, no podemos apropiarnos con ligereza el título de pobres. Debemos hacer un serio esfuerzo por reducir el consumismo; sentir efectos reales de la pobreza, tener una vida como el de las familias de condición modesta… examinar capítulos de comidas, bebidas, vestuario, habitación, viajes, vacaciones…

Murió hace 13 años dejando una orfandad no en los Jesuitas, en los católicos o en los creyentes del Mundo. La dejó en la sociedad, en la humanidad, en la verdad de la vida. Lo hizo después de 10 años de una parálisis que lo dejó con secuelas horrendas de las que supo sobreponerse trabajando, hablando con el corazón y dando testimonio real de lo que es un “hombre de Dios”. Después de contar todo esto, no me extraña que un 6 de agosto de hace 69 años, justo cuando “Little Boy” por mandato expreso del Presidente estadounidense Truman desatara su mortífera maldad sobre Hiroshima, el Padre Pedro Arrupe y Gondra, se salvara de aquello. Eran las ocho de la mañana de aquel 6 de agosto de 1945.

Desde 9.855 metros, un avión soltaba a las 08:15 su carga. Quince minutos antes había salido por orden del mismísimo Presidente Truman desde Iwo Jima. Horas antes, otras aeronaves sobrevolaban  Japón para asegurarse que el cielo reunía las condiciones suficientes como para permitir el éxito de aquella misión. Little Boy caía desde 600 metros sobre la ciudad; debía precipitarse sobre un puente pero el viento la hizo caer encima de una Clínica. En cuatro segundos, la temperatura alcanzó el millón de grados centígrados, dejando claro que el infierno en efecto existía, pero que está aquí en la Tierra. Aquel poder calórico produjo una bola de fuego de 256 metros de diámetro aproximadamente, que en menos de un segundo se expandió a 274 metros; en ese mismo instante, uno de los protagonistas de aquel genocidio, el Capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero decía: “Dios mío ¿Qué hemos hecho?”.

Los bombarderos estadounidenses se retiran rápidamente, pero ven con exactitud que la columna de humo asciende rápidamente. Es de un intenso color rojo, en un tono mortal nunca antes visto. Poco a poco, aquella columna toma forma de hongo, y ya tiene unos cuatro quilómetros de anchura y se eleva hacia el cielo al menos, el doble de alto que de ancho. A 16 kilómetros del blanco, las ventanas se rompen. La onda expansiva llega a casi 60 kilómetros de distancia. Hay un redondel de decenas y decenas de kilómetros de humo mezclado con fuego. Treinta minutos después de aquel impacto, del cielo cae una lluvia negra, formada por polvo, metal y lo que no puede identificarse pero quedará durante décadas en el pueblo de Hiroshima: partículas altamente radioactivas. Casi el 70% de los edificios han sido destruidos. El 30 % de los habitantes muere en el acto. Son unos 80.000 cadáveres que se consumen en el peor escenario soñado. Entre las víctimas, el 90% de los médicos con los que contaba la ciudad.

Aquello es peor que el Gehena del judaísmo, que el Tártaro griego, que el Hades romano. Nadie puede atender a los que aún continúan vivos, faltan medios para prestar un poco de ayuda a los miles de quemados, a los que quedarán marcados de por vida, a mutilados, a despojos de lo que un día fue un ser humano. Pero ahí están. Son un puñado de jesuitas que tienen un noviciado. Su trabajo es el alma, pero hoy, tienen que remangarse las sobremangas de la túnica de San Ignacio. El noviciado de la Compañía acaba de convertirse en un improvisado hospital y refugian en un edificio destartalado que había quedado medio rehundido por la virulencia de Little Boy en el único sitio donde comprar que la humanidad sigue viva. Ciento cincuenta ciudadanos de Hiroshima son atendidos por una decena de jesuitas que se dedican a quitarles los restos de ropa adheridos a la piel y calmar el dolor de un cuerpo abrasado por la bomba atómica.

Fue un día como hoy; allí, si poco le faltaba, nació por segunda vez un hombre que sin lo hubieran dejado, habría cambiado el Mundo. Se llamaba Pedro Arrupe y habló de justicia, de amor y de darse a los demás. Era un sacerdote católico de la Compañía de Jesús y la dirigió hasta llevarla a lo que es hoy (tal vez lo que siempre fue), un oasis de cultura y de humanidad. Aquel día del que hablamos 69 años después, el Padre Arrupe, sobrevivió a la bomba atómica, el único superviviente español y el que no le dejaron cambiar este Mundo.


Él mismo diría años después: "Yo viví la bomba atómica". Ojalá nos vengan  muchos más “Arrupes” a este Mundo. Y que nadie nunca más, tenga que ser superviviente, del mayor error de la Historia. 

lunes, 4 de agosto de 2014

José Val del Omar

Un “cinemista”. Mezcla de cineasta y alquimista, nació en el número 9, segundo izquierda de la Calle Navas hace 110 años. En ese mismo instante venía al Mundo un genio descomunal de la técnica, la investigación y la poética cinematográfica. Sepa el que esté leyendo ahora esto que nuestro hombre no nació para ser un cineasta convencional, que jamás propuso películas de fácil clasificación y que desde luego, su obra es tan inclasificable que no podemos decir de ella que se trate de cine de autor, vanguardia ni nada de lo conocido. Lo suyo era la poesía, el lirismo y sobre todo, basarse en cortometrajes o medio metrajes con los que experimentaba para conseguir avances técnicos que a día de hoy, siguen en funcionamiento en las cintas que cada año enseña Hollywood al mundo.

Fue un enamorado de su tierra, a la que le consagró obras rotundas. La primera de ellas, de 1928, fue “En un rincón de Andalucía”; llegaría “Vibración de Granada” (1935), “Aguaespejo granadino” (1955), “Granada siempre”, “El ojo del agua”... pero cuando tratamos la figura de Val del Omar, lo que debemos es mirar a un artista, porque consiguió fusionar las disciplinas más variopintas del arte en el cine para hacer una obra total. Un crítico de cine venía a comentar con motivo de una exposición que acogía el Reina Sofía sobre nuestro paisano, que si James Cameron descubrió la tecnología 3D para el séptimo arte, Val del Omar consiguió avances de sonido, de fotografía y de técnica en definitiva que puso en jaque la industria del cine universal.

Sus patentes son variadas, pero antes de tratarlas, conviene recordar que estamos ante el que nos dejó los más bellos fotogramas hechos en España. Era, un místico del celuloide, fotógrafo antes que cineasta pero por encima de todo, prodigioso inventor, creador incomprendido que nos dejó muchos inventos que a día de hoy, todavía no hemos llegado a comprender. Lo que sí tenemos claro es que fue el cineasta más inclasificable del Mundo. Así de rotundo y de pretencioso. Definía sus cintas como la “meca-mística”; su empeño fue llevar el cine más allá de los límites tradicionales. Desgraciadamente se adelantó muchos años a casi todo y en 1970 ya había creado y patentado el sonido envolvente que fue presentado con campanillas un cuarto de siglo después en la EXPO de Sevilla como una revolución tecnológica que ya había logrado el granadino. 

Solía acabar sus películas sustituyendo la palabra FIN o en inglés, The End, “Sin fin”, porque a fin de cuentas, creía que no tendría ocasión nunca de acabar con su proyecto de hacer un cine anímico y artístico, una mezcla entre poema y fotografía, cada vez con más avances. Con 24 años patentaba un objetivo de ángulo variable para la consecución de efectos de relieve. Sin ese invento la mayoría de efectos especiales de hoy día, no serían posibles. Registró en 1944 el sonido diafónico o binaural, o sea, el sonido envolvente de nuestros HOME CINEMA del siglo XXI.  El periodista Antonio Gascón publicaba en ABC, en 1928 que ''Un muchacho español logra dos inventos que revolucionarán el arte del cinema''.  Ya está todo dicho...

Murió el 4 de agosto de 1982, hace hoy 32 años, a consecuencia de un accidente de automóvil. No había cumplido aún los 78 años ese granadino nacido en la Calle Navas que revolucionó la tecnología del cine y fue capaz de hacer una obra tan distinta como poética y emocionante. SIN OLVIDAR NUNCA SU TIERRA. Algunos de sus inventos y patentes, fueron estos:


Óptica temporal de ángulo variable
Diafonía
Táctil-Visión
VDO Bi-Standard 35
Desbordamiento apanorámico
Palpicolor
Teco 625
Cromatacto
Intermediate 16-35
Tetraproyector para Pictolumínica
Optica biónica energética ciclo-tactil
Laserfonía