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viernes, 31 de octubre de 2014

Vale su peso en oro

Alhambra Alta, también llamada Conglomerado Alhambra.
Epicentro del oro granadino

Del oro de Granada se han contado tantas cosas y muchas de ellas con una carga legendaria tan abrupta, que hemos terminado por no creernos que un día, esta tierra dio oro. Y bastante. Los primeros en percatarse de ello fueron los romanos que explotaron las estribaciones de Sierra Nevada en dirección hacia la Colina de la Sabika. O lo que es lo mismo, el Conglomerado Alhambra, por encima de la Silla del Moro. De esta joroba de piedra, sacó el Imperio Romano nada menos que cinco toneladas de oro.


No tuvieron tanta suerte los pueblos siguientes, pero la fantasía poética de la Reconquista sirvió para que se construyera la leyenda del oro musulmán escondido. Han pasado más de cinco siglos y aún hoy, la ciudadanía apuesta por las galerías secretas y subterráneas que conducen a los tesoros de los emires granadinos, aún por descubrir. No faltará quién atestigüe que el oro y las gemas nazaríes fueron expoliadas por los franceses, o secuestradas durante la II República o simplemente hurtadas por los poderosos que desde finales del siglo XV, hicieron su particular agosto en los subsuelos de la Alhambra.


Sin visos de credibilidad, lo cierto es que uno de los tres ríos de Granada recibió por los romanos el título de Dauro, a partir del término latino aurum, luego oro. Y es que el Darro se filtra a través de aquel yacimiento de oro explotado desde el siglo I antes de Cristo y que dio más de cinco mil kilos de oro a los romanos, por lo que no es extraño que los buscadores aventureros se lanzaran a su cauce con la intención de filtrar trozos de oro de sus aguas. Así fue durante siglos, pero no tanto como esa fiebre a la manera del viejo oeste americano que se despertó en Granada durante el siglo XX, en especial, en la década de los 30 y los 40 de aquella centuria. Fueron centenares de valientes los que se apostaron en las orillas, bien en la misma ciudad, bien en las gargantas de Valparaíso, por donde el Darro entra a Granada.

Escultura en barro "El buscador de oro". 
Francisco Morales, 1885. 

Entre Jesús del Valle y Plaza Nueva, la concentración de buscadores era más que numerosa. A veces, hasta 16 buscavidas se pegaron a los cauces del Darro y se atrevieron a saltar al Genil, por si de alguna manera el oro había desembocado junto al río entero, en el hermano mayor. La jornada comenzaba a las ocho de la mañana, la hora en la que se hacían los hoyos en la cuenca del río. Progresivamente, se limpiaba la arena y aunque la mayoría de las veces el botín era escaso, se deparaban gratas alegrías y sorpresas, en forma de joyas perdidas por vecinos, bañistas y accidentados. A principios del siglo XX, un negocio de la Calle Reyes Católicos compraba el gramo de oro siete pesetas y media. Los buscadores de oro de Granada tenían lo que a día de hoy conoceríamos como trabajo temporal, pues los únicos meses que las gélidas aguas de los ríos granadinos permitían este trabajo eran entre junio a septiembre, meses en los que además el caudal era más escueto y menos impetuoso que en los meses de lluvia.

El mapa del tesoro. 

La toponimia de Granada evidencia que nuestra tierra fue una mina de oro. Literal y poéticamente hablando. El Cerro del Oro en la vecina localidad de Cenes de la Vega, el barrio granadino de Bola de Oro, la Carretera de los Filtros, o los restos de la antigua mina de oro de la Lancha del Genil de la que se dio cita el NODO en 1952, sin olvidarnos por supuesto de la Calle Albaicinera que va a morir en el mismo Darro, en la Carrera del Darro, de “Horno de Oro”. En tiempos musulmanes, los polígrafos, geógrafos y científicos de la talla de al-Razi (889-995) y Ibn Hazm (994-1063) o Ibn al-Jatib (1375) nos mencionan la existencia de extracciones de oro en la vertiente del río Genil. Y las crónicas regias nos dejaron el testimonio de que los cautivos cristianos que estaban recluidos en las mazmorras del actual Campo de los Mártires, eran empleados en la extracción del oro de la mina de Lancha.

"Vista del Darro". Juan de Sabis, 1775. 

O bien los cristianos no se enteraron, o estuvieron muy ocupados los reyes españoles haciéndose dueños del Mundo, porque desde los Reyes Católicos las extracciones de oro cesaron. Es más, quedó prohibida tal actividad que controlaron de mala gana los alcaides de la Alhambra en la figura de la familia Mondéjar. Fue tras la victoria sobre los franceses, cuando de nuevo se vivió una fiebre del oro que devolvió a Granada al ámbito de lo mítico y lo real, ambas a la vez. Y llegó 1850:


Desde el Cerro del Sol y hasta Dílar, la prensa internacional se atrevió a bautizar la zona bajo el apelativo de California granadina. Hace casi 160 años, los vecinos de la tranquila localidad de Huétor Vega vieron cómo  su Barranco de Doña Juana, recibía buscadores de todos los lugares de España. El ingeniero de minas Tomás Sabau dejó un artículo interesante: “¿Y cómo dejar de agitarse la codicia de algunos, la afición a los agios de otros, y la curiosidad de todos, al oir o leer la hiperbólica expresión de Californias de Granada?” [...] En las calles, en los paseos, en los cafés, en las casas particulares, en todas partes se oye hablar del oro”. Tal fue la cosa que en 1858 se creó la Sociedad Aurífera Granadina y desde Francia, llegó una maquinaria que ya había sido utilizada por California en 1860. Pero si alguien hubo decidido a explotar la riqueza aurífera granadina, ese fue Juan Adolfo Goupil, que entre 1875 y 1877 levantó en Lancha una ciudad del oro. Era un visionario, marchante de arte, representante de personalidades pictóricas como Mariano Fortuny o Vincent van Gogh.


En aquellos tiempos, Granada llegó a estar en la boca de los franceses más importantes. Nos atreveríamos a decir que en Francia, gobernó Granada, si tenemos en cuenta que era granadina Eugenia de Montijo, la Emperatriz consorte, o que su esposo Napoleón III, concedió a Goupil nada menos que el grado de Oficial de la Legión de Honor Francesa, y que con el emperador departía de sus negocios de oro en Granada. En cierta ocasión, Goupil le regaló a la emperatriz unos pendientes de oro, nada menos que confeccionados con el noble material extraído de las minas granadinas. Años antes, la ciudad de Granada habñia regalado un 21 de octubre de 1862 a la Reina Isabel II una corona de oro con lo extraído de las orillas del Darro y el 22 de junio de 1889, los granadinos coronaban como poeta nacional a don José Zorrilla, con una corona también de metal granadino.

El Canal de los Franceses. 

Pero esta última encierra una historia curiosa. Zorrilla murió tres años y medio después, pero absoluta y contundentemente pobre. Al parecer, en los últimos meses de vida, intentó vender en alguna joyería madrileña el preciado regalo, para hacer frente a una costosa operación que fue la causante de su muerte. Tenía un tumor cerebral, muchas estrecheces económicas y la necesidad de afrontar los elevados costes de una operación. Al intentar la venta de aquella corona, el tasador le advirtió que la presea era de plata dorada, no de oro, por lo que la cantidad que esperaba el poeta fue mucho menor. Pero unos años antes de aquello, el mismísimo Napoleón III envió a la tierra de su señora esposa al ingeniero personal de la Regia Francia, a Guillemin Tarayre, dotado nada menos que con 10 millones de francos de la época, lo que hoy superaría los 10 millones de euros. Con esa cantidad se construyó el conocido como Canal de los Franceses, dieciséis kilómetros de acueducto que traían el agua desde Sierra Nevada.


Restos de la mina de oro en Lancha. 

El caso es que hoy seguimos mirando a la Alhambra; una joya. Una joya sobre un río que ha llevado a lo largo de los últimos veinte siglos, joyas en forma de pepitas... Y no podemos dejar de pensar que en efecto, Granada vale su peso en oro... 

La ciudad del oro de Lancha del Genil. 


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