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jueves, 30 de octubre de 2014

Reloj, no marques las horas

31 de diciembre de 2012... Amanece sobre Granada. 

Hace cuatro días los españoles, que nos hemos debido volver los humanos más débiles y frágiles del Planeta, andamos profundamente alicaídos a cuenta del cambio horario que, por otro lado, no es ninguna novedad. Las tertulias de nuestra radio dan extensa cuenta de los detractores y de los que como el que escribe, estamos encantados que al levantarnos, haya luz. Se ve que los que les gustaría ver anochecer a las 9 de la noche, tienen que madrugar poco. Sea como fuere, no es una novedad que en esta Alacena expliquemos el origen del cambio de hora, y como muestra este ejemplo que sirve a su vez de recordatorio: CAMBIO DE HORARIO

El elegantísimo reloj dieciochesco de la Real Chancillería de Granada,  hoy Tribunal Superior de Justicia. 

Lo que sin lugar a dudas es una sorpresa mayúscula, es la que se organizó en la España de 1901, que el primer día del recién estrenado año, decidió cambiar sin más aviso las horas y ajustarlas a unas nuevas normas. El cambio, drástico como pocos, fue muy mal recibido por la ciudadanía pero especialmente levantaría los desaires de la prensa granadina que no ahorró una coma en describir al Gobierno presidido por Marcelo de Azcárraga Palmero (un efímero presidente que explica la inestabilidad española tras el desastre del 98. Lo fue del 23 de octubre de 1900 al 6 de marzo de 1901) y que había ya apuntillado Francisco Silvela Le Vielleuze. Pero antes de explicar la “indignación de los granadinos”, expliquemos cómo daban las horas los relojes españoles hasta el inaugurado siglo XX:

El meridiano de Madrid. Sobre éste, giraban las horas españolas. 

Antes de que el meridiano de Greenwich fuera tomado como epicentro de los horarios mundiales, tras las distintas conferencias internacionales llevadas a cabo desde 1884, la hora en España estaba establecida de acuerdo al meridiano de Madrid. Resumimos algo que puede ser engorroso de entender: cada provincia tenía una hora dependiendo de su situación geográfica, es decir, que dependía del meridiano local. En el siglo XIX, los ciudadanos baleares tenían una hora de diferencia con los gallegos, por ejemplo. Así las cosas, el día 1 de enero de 1901 la hora oficial española se adelantó 14 minutos y 41 segundos; poniéndonos en la misma hora que Inglaterra. Y esto, fue entendido como una invasión extranjera.

Columna de opinión "Las horas antiguas". 
Edición del 31 de diciembre de 1900 de el diario El Defensor de Granada. 

Estamos en el último día del año 1900. O lo que es lo mismo, en el fin del siglo XIX que tanta ruina dejó en la sociedad española. Nautilus, el pseudónimo de nuestro periodista local, nos cuenta lo que en unas pocas horas, va a pasar. Granada aguarda con impaciencia la medida gubernamental para que el horario de toda España se adapte a los acuerdos internacionales debatidos 16 años antes. No tuvo mejor apoyo histórico el articulista de El Defensor de Granada, que los Evangelios. Y tras dejar claro que los judíos tuvieron que trasegar con las nuevas normas horarias impuestas por Roma, nos cita para otra ocasión en la que proseguirá explicando “cómo empezó el día a dividirse en partes iguales”... La metáfora es contundente: extranjeros que imponen sus costumbres. Por cierto, a renglón seguido otro titular denuncia el derribo de una histórica casa morisca. El poco respeto por el patrimonio como vemos, es una tónica de este pueblo.

Artículo de opinión "La invasión de España".
2 de enero de 1901. 

Día dos de enero de 1901. La prensa granadina recuerda que la ciudad vivirá su histórica fiesta de la Toma, pero la atención realmente, se centra en la influencia extranjera en nuestro país. Los articulistas se ceban con el pobre reloj de la Plaza del Carmen, el que coronaba el frontispicio de nuestro remozado Ayuntamiento. Granada tenía la misma hora que Madrid, pero desde el día anterior, el desajuste horario al aceptar el huso internacional del meridiano de Greenwich, colmó la paciencia de un buen número de granadinos, como pueden leer en la imagen de arriba, extraída del Diario El defensor de Granada. Comienza con un titular rotundo: La invasión de España. Nos alerta del peligro, recuerda que los ferrocarriles españoles serán comprados por empresas internacionales, que Rusia quiere los territorios del Protectorado en torno a Ceuta, que Inglaterra ambiciona las Canarias y que, por tanto, no cabe otra cosa que hablar de “la extranjerización de España”.

No se podía pelar la pava... 
Poema publicado el 20 de enero de 1901. 

La columna de opinión, redactada casi 114 años atrás, es desde luego un valiosísimo documento histórico. Con frases como “la invasión extranjera no se ha hecho con violencia diplomática sino con dinero y que España se pliega a la influencia capitalista internacional”, termina advirtiéndonos que, desde ayer, España ha caído en las garras de la hora de los ingleses. El 20 de enero de ese mismo año (1901), la crítica a la nueva adopción horaria se hizo con una copla, 20 versos irónicos, que caricaturizaban a los pobres granadinos que tenían que lidiar con los días de 24 horas (valga recordar que hasta entonces, las trece, las catorce o las quince horas no existían en nuestro vocabulario. Simplemente se decía, las cinco de la mañana o las cinco de la tarde) y con el lío tremebundo que aquello supuso. Arriba, el poema insertado en el diario granadino.


Este reloj fue ajeno a la polémica. 
Se instaló en 1932. 

Pero pasaron las semanas, los meses, y Granada siguió viviendo su día a día. Volvió a amanecer por encima del Mulhacén y del Veleta, se volvieron a teñir de rojo las piedras de nuestra arquitectura y la vida siguió su curso. Luego, perdimos nuestro verdadero horario real y nos adaptamos al centroeuropeo. Amaneció más tarde, pusimos el horario de verano, discutimos sobre la productividad o no de nuestros trabajos en relación con la hora que disponemos... y así, un 19 de marzo de 1901, después de una decena de artículos con más o menos sorna, la prensa diaria granadina, se dio por vencida. Y las agujas del reloj catedralicio, o las de la esfera del Palacio de Bibataubín, dieron las horas, las extranjeras o las granadinas, quién sabe... 

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