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martes, 7 de octubre de 2014

El esplendor granadino

Se cumplen en este 2014, 140 años de una revolución agrícola y alimenticia de la que casi pionera en el Mundo, y primera en España, la ciudad de Granada. Para situarnos en el contexto, hay que contar que hasta esta fecha, el azúcar que se consumía en cualquier rincón del Planeta, procedía de la caña de azúcar cuyo cultivo supieron los musulmanes mimar hasta el extremo y que para la fecha de 1870, estaba en franco retroceso en nuestro país, con costes elevados para la costa granadina y con los motrileños, capital del azúcar español de caña, en pie de guerra desde mediados del siglo XIX por la dura competencia de los mercados americanos. En este momento, Granada tiene la infinita suerte de que un farmacéutico de la Calle Reyes Católicos, propietario de la elegante Farmacia que aún sigue viva pero con el nombre de Zambrano, haga de la botica y anexos, un laboratorio de investigación pionero y que serviría para transformar la economía granadina y por qué no, la propia ciudad.

La actual Facultad de Derecho acogió desde 1850 la Facultad de Farmacia de Granada. 
Aquí, estuvieron los laboratorios de Química Orgánica, Farmacia Práctica, Análisis Químico, Química Inorgánica, Zoología y un gabinete de Física.

En 1802, los prusianos (actual Alemania) habían conseguido extraer sacarosa de la remolacha. Francia y Bélgica se hicieron eco de aquel novedoso logro pero España siguió confiando en Cuba para nutrirse de azúcar. Hasta que los costes del transporte se hicieron insostenibles y el mercado nacional se hundía precipitadamente. Así que un alumno de nuestra Universidad de Granada, un onubense que desde los 25 años se quedó a vivir en la ciudad del Darro hasta su muerte, empezó en el más que céntrico corazón granadino, la Calle Reyes, a hacer pruebas sobre la remolacha. Corría 1874 y poco después, en las vegas de Granada y de Córdoba se plantaron semillas, toda  vez que nuestro hombre, seguía pensando que desde la reforma arancelaria de 1868, España no podía continuar trayendo azúcar desde Francia. Era hora de ponerse manos a la obra, y hace 140 años, el pionero nacional, desde Granada, fue don Juan López-Rubio Pérez.
Don Juan López-Rubio Pérez (1822-1913), padre del progreso económico granadino
y padre del azúcar de remolacha español. 

Llegó a Granada para estudiar Farmacia y casó con una familiar de los Rodríguez Acosta,    que pronto lo pusieron al frente de su azucarera motrileña. Empezaba un idilio entre nuestro protagonistas y el azúcar que terminaría fructificando cuando, tal día como hoy, hace 137 años, consigue que en la sede de la Calle Duquesa de la Real Sociedad de Amigos de París, se repartieran a 152 labradores de la Vega de Granada, de forma gratuita, semillas de remolacha. El proyecto, avalado por el eminente José María Jáudenes, presidente de la Diputación Provincial (entonces, con el nombre de Gobernador Civil de la Provincia), intentaba paliar el desastroso estado de la agricultura provincial, que se encontraba en uno de sus peores momentos, basado en el cáñamo con exiguos resultados.

Ingenio remolachero de la vega.

Don Juan López-Rubio Pérez comienza junto al médico Juan Creus en 1878, a probar la eficacia sacarosa de la remolacha en los pagos de la vega de Granada. Los resultados son tan excelentes, que en 1883 nacerá la fábrica de azúcar de remolacha de toda España: el Ingenio de San Juan. Podía moler diez toneladas diarias de remolacha y sirvió para que vieran la luz otras ocho más. Cuando entra el siglo XX, Granada y sus entornos ven cómo 10 ingenios remolacheros elevan al cielo sus chimeneas y revolucionan la economía local, a la vez que salvan del desempleo a millares de familias. En la década de los 20 del pasado siglo XX, Granada vive su mayor esplendor económico. Si hoy centramos la subsistencia en el turismo y la prosperidad universitaria, la remolacha fue un maná del cielo, una mina inagotable de prosperidad que no se conocía en la ciudad desde los tiempos de los grandes proyectos imperiales del siglo XVI.

Imponente arranque de la Gran Vía.
foto de Javier del Pozo Vila

De aquella época quedó como testigo una de las más trascendentales transformaciones urbanísticas, la contestada y polémica Gran Vía que fue el espejo del desarrollo burgués, del ascenso económico y social de muchas familias granadinas y de la mentalidad de la clase pudiente que pretendió transformar y renovar Granada, siguiendo el ejemplo urbanístico y constructivo del París de Haussmann y por ende, de la Europa de los felices 20. Pero también fue el tiempo de la proliferación de teatros, de un decidido apoyo a la intelectualidad y a los artistas y de una época de bonanza, que casi un siglo después, no ha vuelto a disfrutar el granadino.

Fotografía muy explicativa: azúcar, burguesía y progreso en la Granada de principios del siglo XX.

La crisis estadounidense que desata el desplome de la Bolsa de Nueva York en 1929, estuvo detrás de la hecatombe mundial que, no cabía duda, habría de arruinar también nuestro particular “oro dulce”, que era la remolacha. Esa crisis afectó a la caída de las ventas de azúcar, a la contracción económica, a un descenso inimaginable de la economía y a la ruina de agricultores y empresarios. Al poco, estallaba la Guerra Civil y al fin, la competencia del azúcar internacional y la falta de medios para lograrlo durante la posguerra española, terminaron por hacer que la remolacha, la gran fuente de prosperidad, quizás una de las mayores en los 2.700 años de historia de Granada, desapareciera.

Hoy estoy homenajeando a don Juan López-Rubio Pérez, ese granadino de adopción, que gracias a sus estudios en Granada, logra poner en marcha la que fue la mayor fuente económica comarcal y la que auguró la mejor época local. Pionero en España y descubridor nacional, consiguió logros que tanto ansiamos hoy día. López-Rubio fue Presidente de la Cámara Comercio en 1890, ideólogo y accionista de las obras de urbanización y erección de la Gran Vía, primer presidente del Colegio de Farmacéuticos de Granada, Presidente de la Diputación en 1905 y a fin de cuentas, héroe económico. Moría a los 84 años y como era de esperar, se sintió su pérdida como la de un mecenas insustituible. Tal vez por ello, su entierro fue tan populoso y vistoso, que en vez de hacer que el féretro se condujera al Cementerio por la habitual Cuesta de los Chinos, se le permitió que el cortejo atravesara los Bosques de la Alhambra. Aquel junio de 1913, los granadinos que asistieron a tan fabuloso espectáculo, eran conscientes de estar despidiendo al que sin duda alguna, hizo que Granada fuera más y de cuyas rentas sigue viviendo un siglo después.

Hoy, seguimos esperando el López-Rubio del siglo XXI. Al menos, el Ayuntamiento de la época tuvo la sensibilidad de ponerle su nombre a una calle perpendicular de Reyes Católicos, la frontera al Corral del Carbón que va a dar a Zacatín. En recuerdo, al menos, de aquella farmacia suya donde nació, hace 140 años, el “milagro de la remolacha”.


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