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viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo, 400 años atrás

En un buen puñado de anteriores entradas conté el pasado casi fundacional, el título paternal del Barrio del Realejo sobre la ciudad de Granada y cómo fue su nombre el que se impuso y lo prestó para designar a todo el territorio, que abandonó su carismático título de Elvira (en sus variantes ibera, romana, árabe y por supuesto hispana) para abrazar el de aquel barrio judío que fue cuna de Granada. Pero lo cierto es que el Realejo ya reconquistado, ya cristiano, vive una transformación fabulosa que lo convierte en uno de los espacios predilectos por la aristocracia castellana y pasará a ser uno de los enclaves urbanos más interesantes de la ciudad. Todo ello, gracias a Santo Domingo. A su Iglesia, Convento y las propiedades dominicas que ocupará. Por eso, en la fiesta del fundador de la Orden de Predicadores, dedicamos un capítulo especial a los 400 años que nos separan de una nueva Granada, o lo que es lo mismo, la “dominicanización” de la ciudad.

Para ello tenemos que marcharnos a 1614, hace ahora 400 años. La Orden dominica posee las huertas y campos de labranza que desde su Convento hasta la ribera del Genil a un lado, y a la que todavía se conoce como la Ermita de las Santas Úrsula y Susana (la actual Basílica de las Angustias) a otro, fueran propiedad de la Corona Nazarí y de las familias nobles de la Granada musulmana. O lo que es lo mismo, los actuales “Realejo bajo”, “Barrio de la Virgen” y “zona del Salón”. El Convento granadino es una de las cabezas espirituales y rectoras de la Orden en el sur de España, una de las fundaciones monásticas mejor dotadas y su influencia supera a cualquier otro, a pesar de la fortaleza que había cogido el de San Francisco Casa Grande. Aquel Convento descomunal, tiene una de las extensiones de terreno mayores de todo el sureste hispano. ¡Y Granada, la necesidad de acoger a su creciente población! Los ingredientes, estaban dispuestos.

Santo Domingo, Titular de la Iglesia homónima de Granada 
Imagen del taller de José de Mora y Retablo de Blas Moreno. 

Ese año de 1614, los dominicos consiguen que Felipe III les permita superar los límites de sus tapias y muros y parcelar y construir un total de 140 solares de los que pueden sacar centenares de viviendas. La Orden Real llega a Granada y se pone en marcha de forma inmediata, de manera que toda la margen derecha de la llamada “Carrera Vieja”, comienza a edificarse a un ritmo asombroso. Las casas, inscritas formalmente, se incluyen en una zona nueva de Granada que desde el Cabildo de la Ciudad se le da el nombre de “Barrio Nuevo de los frailes de Santa Cruz”. Incluso se fraguó un poemilla doméstico que se empezaba a cantar, no sin cierta malicia, por las calles: “el barrio de Santa Cruz, cuando ayer sólo eran huertas, se los dieron por solares, para que aumenten sus rentas”. Está claro que “a quién les dieron esos solares” con los que “aumentarían sus rentas”, eran los dominicos... Acabamos de asistir a dos hitos en la historia local: el nacimiento, urbanización y desarrollo barroco de Granada, pero todo ello resumido en el segundo hito: una operación urbanística con buenas dosis de especulación. Como ven los amantes del caso Malaya, NIHIL NOVUM SUB SOLEM.

La extensión de aquella “zona nueva” que vieron nacer los granadinos hace 400 años tenía por límites la Acequia Gorda lamiendo los bordes del trazado de la muralla última que se levantó en tiempos nazaríes, es decir, la Calle San Antón como arranque de todo ese entramado urbano nuevo. Desde allí, los otros focos delimitados fueron la puerta de Bibataubín y del Pescado y el proyecto tuvo un ambicioso trazado que se basaba en la más antigua y funcional de las distribuciones espaciales que conocemos: cuadrículas trazadas a cordel, como los campamentos romanos, como se mandó erigir la ciudad de Santa Fe o como los urbanismos de la Roma Antigua.

"MIlagro de Santo Domingo en Soriano", del granadino Alonso Cano (ca 1652)

Faltaban los nombres de las calles. Como éstas se habían establecido en las huertas dominicas y los impulsores de aquel inmenso proyecto era la Orden de Predicadores, los nomenclátores callejeros recibieron por títulos las advocaciones del santoral dominico, sin olvidar a San Jacinto, a San Pedro Mártir o a su primera devoción, la Virgen del Rosario. Pero el gran proyecto de los frailes era que aquella ermita que cuatro años había sido elevada a Parroquia por el Arzobispo Pedro de Castro en 1610, pasara a ser propiedad dominica y regida por la Orden. Puso el grito en el cielo el clero secular, manifestaron su contrariedad los religiosos de otras órdenes y después de no pocos pleitos verbales y reuniones inviables, el Arzobispo creyó que la Casa de aquella Virgen sin rival alguno, debía seguir siendo del único dueño legítimo: el pueblo de Granada.

Se había frustrado un proyecto que a la larga, le habría dado a la Orden de Predicadores pingües beneficios, y no sólo económicos. Esto explica cómo años después, la Virgen del Rosario es atendida con un celo hasta entonces desconocido y comienza su rutilante estela de milagros que la elevaría a la segunda devoción de la ciudad, pero superada por aquella otra que estuvo en las miras de los dominicos. Fuere como fuere, una más que extensa parte de la Granada del barroco nació por la inteligencia y el ánimo especulativo de la Orden que durante siglos, mantuvo el control eclesiástico y jurídico de España. Fue su mejor legado, un orden impoluto y un urbanismo inteligente que todavía hoy perdura. Pero en lugar de las viviendas que en este 2014 estarían cumpliendo 400 años, nos encontramos con edificaciones historicistas del siglo XIX que sustituyeron a las primitivas (mucho más austeras) y a cuya cabeza, siempre estará la del número 27 de la Calle Ancha de la Virgen.


Y una vez más el dinero, fue haciendo a Granada... 

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