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miércoles, 6 de agosto de 2014

Hiroshima

Han pasado 69 años desde que “Little boy” soltara sus 15 kilotones de potencia sobre aquella ciudad del oeste de Japón que se convirtió en Historia y no me apetece bajo ningún concepto hablar de los 120.000 muertos, los 360.000 heridos, las mutaciones genéticas de generaciones de ciudadanos, los percances biológicos y anatómicos que siete décadas después todavía sufren sus hijos o los descendientes de éstos y todo el horror que supone la explosión de la bomba atómica que sigue a día de hoy, asustando a la Humanidad por la virulencia mortal que de su poder.

Después de que Hiroshima quedara reducida a un despojo radiactivo, una adelfa fue el primer guiño de vida que nació de aquel suelo contaminado que tardaría años y años en volver a ser tierra habitable. Hoy día la adelfa es la flor nacional de Japón, pero junto a ella hubo otra vida más que se salvó del ingenio para matar y destruir del que siempre ha hecho gala el ser humano.

Fue una mente maravillosa que escogió la vida de emociones que el siglo XX le deparó a un bilbaíno nacido en 1907. Fue compañero de Severo Ochoa, que lo recordaba pro su superioridad en clase; el famoso Premio Nobel español, contaba con cariño que nuestro protagonista le ganó el premio extraordinario académico, dejando bien claro que el futuro jesuita, había nacido con una inteligencia soberbia y otros dones aún mayores que le procuró la famosa Compañía de Jesús y el espíritu de Loyola. Pedro Arrupe no es sólo el titánico intelectual que dirigió una de las órdenes católicas con más prestigio y controversia de la Historia, sino que fue testigo de excepción de los cambios que experimentó el Mundo, mientras él se enfangaba en llevar mensajes positivos al rincón más alejado de su tierra.

Fue enviado a Japón para evangelizar aquellas tierras y después de tres años en el país del “sol naciente”, justo al día siguiente de que el totalitarista Imperio japonés entrara en la II Guerra Mundial, fue acusado de espía y encarcelado. Durante más de un mes, malvive en una celda de cuatro metros cuadrados pero logra salir de ella por la inmensa admiración que su comportamiento y actitud despierta en los propios carceleros. Cuando el juez lo interroga, queda sorprendido por la humanidad y la bonhomía de ese español de Bilbao que tiene por única carta de presentación una sotana negra de su “Sociedad Jesuítica”. Acababa de comenzar la estela imparable de un hombre que removería los cimientos de la Iglesia actual.

Insistía en postulados que reconfortan a los ciudadanos con la fe. Una de sus insistencias fue decir e insistir en que “Nuestra Compañía no puede responder a [...] nuestro tiempo si no modifica su práctica de la pobreza. No podremos Los oír “el clamor de los pobres, si no adquirimos una experiencia directa de las miserias y estrecheces de los pobres”. Este era el primer paso, que lo llevaría a decir que [...] “para que la Compañía pueda promover en todas partes la justicia y la dignidad humana, no se puede identificar con los ricos y poderosos”.  A día de hoy, los mensajes y escritos del Padre Arrupe siguen pidiendo que alguien los ponga en práctica. Este comprometido ciudadano del Mundo, decía a gritos cosas como estas: “En este mundo en que tantos mueren de hambre, no podemos apropiarnos con ligereza el título de pobres. Debemos hacer un serio esfuerzo por reducir el consumismo; sentir efectos reales de la pobreza, tener una vida como el de las familias de condición modesta… examinar capítulos de comidas, bebidas, vestuario, habitación, viajes, vacaciones…

Murió hace 13 años dejando una orfandad no en los Jesuitas, en los católicos o en los creyentes del Mundo. La dejó en la sociedad, en la humanidad, en la verdad de la vida. Lo hizo después de 10 años de una parálisis que lo dejó con secuelas horrendas de las que supo sobreponerse trabajando, hablando con el corazón y dando testimonio real de lo que es un “hombre de Dios”. Después de contar todo esto, no me extraña que un 6 de agosto de hace 69 años, justo cuando “Little Boy” por mandato expreso del Presidente estadounidense Truman desatara su mortífera maldad sobre Hiroshima, el Padre Pedro Arrupe y Gondra, se salvara de aquello. Eran las ocho de la mañana de aquel 6 de agosto de 1945.

Desde 9.855 metros, un avión soltaba a las 08:15 su carga. Quince minutos antes había salido por orden del mismísimo Presidente Truman desde Iwo Jima. Horas antes, otras aeronaves sobrevolaban  Japón para asegurarse que el cielo reunía las condiciones suficientes como para permitir el éxito de aquella misión. Little Boy caía desde 600 metros sobre la ciudad; debía precipitarse sobre un puente pero el viento la hizo caer encima de una Clínica. En cuatro segundos, la temperatura alcanzó el millón de grados centígrados, dejando claro que el infierno en efecto existía, pero que está aquí en la Tierra. Aquel poder calórico produjo una bola de fuego de 256 metros de diámetro aproximadamente, que en menos de un segundo se expandió a 274 metros; en ese mismo instante, uno de los protagonistas de aquel genocidio, el Capitán Robert Lewis, copiloto del bombardero decía: “Dios mío ¿Qué hemos hecho?”.

Los bombarderos estadounidenses se retiran rápidamente, pero ven con exactitud que la columna de humo asciende rápidamente. Es de un intenso color rojo, en un tono mortal nunca antes visto. Poco a poco, aquella columna toma forma de hongo, y ya tiene unos cuatro quilómetros de anchura y se eleva hacia el cielo al menos, el doble de alto que de ancho. A 16 kilómetros del blanco, las ventanas se rompen. La onda expansiva llega a casi 60 kilómetros de distancia. Hay un redondel de decenas y decenas de kilómetros de humo mezclado con fuego. Treinta minutos después de aquel impacto, del cielo cae una lluvia negra, formada por polvo, metal y lo que no puede identificarse pero quedará durante décadas en el pueblo de Hiroshima: partículas altamente radioactivas. Casi el 70% de los edificios han sido destruidos. El 30 % de los habitantes muere en el acto. Son unos 80.000 cadáveres que se consumen en el peor escenario soñado. Entre las víctimas, el 90% de los médicos con los que contaba la ciudad.

Aquello es peor que el Gehena del judaísmo, que el Tártaro griego, que el Hades romano. Nadie puede atender a los que aún continúan vivos, faltan medios para prestar un poco de ayuda a los miles de quemados, a los que quedarán marcados de por vida, a mutilados, a despojos de lo que un día fue un ser humano. Pero ahí están. Son un puñado de jesuitas que tienen un noviciado. Su trabajo es el alma, pero hoy, tienen que remangarse las sobremangas de la túnica de San Ignacio. El noviciado de la Compañía acaba de convertirse en un improvisado hospital y refugian en un edificio destartalado que había quedado medio rehundido por la virulencia de Little Boy en el único sitio donde comprar que la humanidad sigue viva. Ciento cincuenta ciudadanos de Hiroshima son atendidos por una decena de jesuitas que se dedican a quitarles los restos de ropa adheridos a la piel y calmar el dolor de un cuerpo abrasado por la bomba atómica.

Fue un día como hoy; allí, si poco le faltaba, nació por segunda vez un hombre que sin lo hubieran dejado, habría cambiado el Mundo. Se llamaba Pedro Arrupe y habló de justicia, de amor y de darse a los demás. Era un sacerdote católico de la Compañía de Jesús y la dirigió hasta llevarla a lo que es hoy (tal vez lo que siempre fue), un oasis de cultura y de humanidad. Aquel día del que hablamos 69 años después, el Padre Arrupe, sobrevivió a la bomba atómica, el único superviviente español y el que no le dejaron cambiar este Mundo.


Él mismo diría años después: "Yo viví la bomba atómica". Ojalá nos vengan  muchos más “Arrupes” a este Mundo. Y que nadie nunca más, tenga que ser superviviente, del mayor error de la Historia. 

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