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domingo, 3 de agosto de 2014

El granadino de Perú

Retrato de don Juan Manuel Moscoso y Peralta, en el Palacio Arzobispal de Granada. 

Hace 10 días nos recordaba la historia que se cumplían 203 años del fallecimiento del que fuera Arzobispo de Granada en uno de los periodos más trágicos y difíciles de cuántos ha tenido que atravesar España, pero no quise entonces mencionar a uno de los más enigmático y positivos prelados que haya ocupado la Silla de San Cecilio, reservando su lugar en esta Alacena para hoy, justo el día que se cumplen 225 años de su nombramiento como Arzobispo de Granada. Justo hoy que empezaba, en 1789, los casi 22 años de episcopado que dejaría profundas huellas materiales, patrimoniales y humanas gracias a la rutilante figura del prelado peruano que un buen día, se vio obligado a abandonar el Perú para que lo rehabilitaran social y eclesiásticamente y en premio a su inocencia, le concediera la Archidiócesis granadina. Así comenzamos el periplo en nuestra tierra de Juan Manuel Moscoso Peralta (1723-1811), auténtico líder de la fe, la cultura y acaso la vida misma de la Granada invadida y sometida por los franceses.

Aquel mes de agosto de 1789 iba a ser de lo más prometedor para el arte y la cultura. La designación de Juan Manuel Moscoso Peralta como Arzobispo de Granada dejaba abierta la puerta a un promotor artístico sin precedentes, poseedor de una fortuna personal nada desdeñable y amante de artes decorativas que legaría a la ciudad. Así las cosas, nadie discutiría que con toda probabilidad, Juan Manuel Moscoso ha sido el Arzobispo más preparado y culto que llegó a ocupar la mitra granadina, una de esas figuras espléndidas sin dejar de ser controvertidas, cuyo linaje familiar entroncaba nada menos que con los Trastámara o el Marquesado de Santillana y cuyos descendientes llegaron a Perú para gestionar las minas de plata de Potosí en nombre de la Corona de España. Juan Manuel se había casado, pero el parto del que tenía que ser su primer hijo, fue una catástrofe médica que se llevó por delante a su esposa y al poco a su hijo. Por ese motivo, un noble arequipeño de pasado con alcurnia y fortuna y educación, abrazó la carrera eclesiástica. Y esa formación académica y culta como pocas, lo llevó a lo más alto que la Iglesia prevé para los ministros de Dios.

Tupac Amaru II, protegido por Moscoso. 

Cuando llega a Granada lo hace bajo los apelativos de “sabio, perspicaz y de entendimiento vivo y penetrante”. Su pecado fue defender a los indígenas, por lo que fue acusado de querer que la Iglesia mandara en el Nuevo Mundo más que España; esto hizo que fuera detenido y conducido ante la presencia del Rey Carlos III. Cuando este comprueba que lo único que ha hecho el Obispo es defender la cultura de los incas y reprimir con fiereza a los que intentaban aprovecharse de los indígenas practicando un esclavismo que casi 300 años antes había condenado la propia Reina Isabel la Católica, el gran Rey Borbón le concede el Arzobispado de Granada y a los pocos días, entraba a una ciudad cuyo Cabildo Municipal había instalado un adorno y un elegante montaje en la Plaza de Birrambla.  A costa de la ciudad, lucía un escenario revestido de telas y coronado con un dosel sobre las que el escenógrafo granadino Jerónimo de la Chica había pintado las armas de Granada y de la Archidiócesis.

La Puerta de Alcalá encarna los valores del Neoclasicismo y es referente de Carlos III,
el Rey que aplaudió a Moscoso. 

Granada estaba expectante por conocer quién era aquel peruano que se encargaría de dirigirles los asuntos del alma. Y ya en noviembre de ese mismo año de 1789, se dieron cuenta que estaban ante un hombre refinado, amante del arte y con capacidad suficiente como para dirigir los asuntos estéticos de la Archidiócesis. Es el responsable del triunfo del neoclasicismo, del culto a lo académico y de la llegada de escultores y autores formados según la nueva moda que intentaban desde Madrid imponer a todo el territorio, pero que mucho estaba costando que fuera aceptado en el Sur, tan propio a un barroco que llevaba décadas muerto.

La Capilla de San Miguel de la Catedral de Granada

Desde que se terminó la Catedral, y de eso ya hacía justo, justo, un siglo, (1704) no había vuelto a ver Granada el trabajo artístico de un grupo multidisciplinar autores que entre 1804 y 1807, se encargan del grandioso proyecto de la Capilla de San Miguel de la Catedral, el mejor ejemplo del neoclasicismo local que contó con el diseño de Francisco Romero, los relieves y esculturas de Juan Adán y dejó como herencia, el aprendizaje de artistas granadinos que se inmiscuyeron en el nuevo arte y en la nueva moda estética, caso de Manuel González. Llegaban desde rincones de España neoclásicos consagrados, como el escultor  Jaime Folch, se remataba la portada catedralicia, se hacía su túmulo funerario... Fue, groso modo, el último mecenas de la Catedral.

Escudo de armas del Arzobispo Moscoso.

El mismo año que empezó el gran proyecto de San Miguel, donaba al tesoro catedralicio una de las joyas más espectaculares que nunca antes tuvo nuestra seo y que desde entonces, nunca más ha tenido. Se trataba de una tradición personal del Arzobispo: donar a la Catedral en la que él actuaba como Obispo, una custodia de empaque y cierta prestancia. Lo había hecho años antes en Arequipa y en Córdoba (Argentina), y por tercera vez, repetía: pero en esta ocasión, el esmero que puso en la nueva pieza fue desmesurado. La nueva Custodia que procesionaría en el Corpus de 1804 a 1810, inclusive, era la pieza de joyería más rica que nunca antes tuvo Granada. Seis años más tarde, su venta sirvió al cabildo catedralicio para hacer frente al impuesto exi­gido por las tropas francesas de ocupación. Por tanto, el 26 de julio de 1810, la fabulosa pieza era incautada por los invasores, destruida, fundidos sus metales y vendidas sus piedras, como parte del “botín” exigido a Granada, rehén de las tropas de Napoleón.

Custodia cusqueña de la Catedral de Arequipa, 
con la que tuvo que guardar parecidos la que regaló Moscoso a Granada 

Aquella sobrenatural Custodia, medía 140 centímetros de altura, 6,910 gramos de oro, 19.400 gramos de plata y 29.904 piedras preciosas, de entre las que destacaban 18.168 diamantes rosas, 6.964 esmeraldas, 2.711 rubíes, 1.379 brillantes, 434 topacios, 97 zafiros, 78 diamantes fondos y 73 amatistas. Su peso superaba los 40 kilos y era joya del último barroco labrado a expensas de la fortuna personal de Moscoso y Peralta y de platería y joyería tradicional cusqueña, como la que había dejado en Arequipa (la de la imagen de arriba, a la que debía asemejarse la granadina) y que era tan fastuosa que empequeñeció a la histórica Custodia que se hizo a partir del joyero personal de la Reina Isabel la Católica y que sigue saliendo a las calles de Granada. Fue vendida 6 años después de que la regalara el Prelado, despojada y arrasada por los franceses, que por cierto tenían preso al Arzobispo.

Moscoso se opuso desde un primer momento a la invasión francesa, pero claudica en el mismo instante que ve el poder de los de Napoleón. Esto, tras una aplastante forma de sofocar a los miembros de las Juntas que hicieron frente a los invasores, le lleva a bendecir la llegada de José I Bonaparte a Granada. Gracias a aquello salva el patrimonio eclesial catedralicio, que ya había sido tentado. No pudo poner a recaudo sin embargo, los cientos, quizás miles de objetos artísticos de todo tipo que fueron robados de Granada. El Arzobispo sufrió como pocos la represión napoleónica: le robaron su patrimonio personal, arrestaron a sus familiares en Granada y fue recluido y vigilado en el Palacio Arzobispal. Tenía 88 años y sin duda, la dureza del trato de los franceses precipitó su muerte, producida el 24 de julio de 1811. Era el Obispo decano de España y de América Indias y admirado entre el episcopado español por la clarividencia de sus asertos.

El popularmente conocido Palacio de Cuzco
o Palacio Arzobispal de verano (Víznar, Granada). 

Pero vayamos a su mayor logro... Antes de su llegada, una construcción solariega pero nada pretenciosa en Víznar, servía de retiro a los dignatarios de la Iglesia granadina. Un informe de 1776  confirmaba el lamentable estado de conservación que presentaba la casa de retiro e incluso se decía que los párrocos de la localidad se habían visto obligados a habitarla aún a riesgo de su vida. Pero en 1792, Moscoso y Peralta encarga al maestro mayor de obras del Arzobispado, Juan Puchol, una profunda remodelación que le dé un aspecto señorial al conjunto y termine por configurar un Palacio en toda regla. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar en 1795, cuando en la zona llamada  “Jardín de Arriba”, una galería baja, encargue la decoración mural al fresco a los pintores Nicolás Martínez Tenllado, José Medina y Antonio Jiménez. La temática era novedosa, exclusiva y todo un referente en el arte español: escenas de la vida del Quijote tal y como Cervantes lo escribiera.

Lienzo de Santiago Rusiñol inmortalizando el Palacio de Víznar. 

Antes de que termine el siglo XVIII, aquella casa solariega que servía de recreo y retiro episcopal, se va a convertir en todo un Palacio Episcopal, en una Villa a la romana propia de un Príncipe de la Iglesia. Invirtió su dinero personal, no el de la Archidiócesis; acabó por hacer (porque supervisaba personalmente el trascurso de las obras) una mezcla perfecta de arquitectura y paisaje, marcó un hito en la Historia del arte con la singular elección de los repertorios decorativos e iconográficos hasta entonces inéditos. Se entraba al Palacio por un zaguán que daba paso a la antesala o recibimiento, al cuarto de repostería, la “antesala de las luchas”, así conocida por los lienzos de caza que lucían sus paredes y una secretaría que estaba antecedida la “sala de en medio”. En ese mismo piso, el comedor antiguo y la alacena.

El popularmente conocido Palacio de Cuzco
o Palacio Arzobispal de verano (Víznar, Granada). 

Un piso intermedio contenía la “Sala del truco”, en la que se jugaba a cartas y otras distracciones de la época, para dar paso a unas estancias en nivel inferior, que salían a los jardines a través de la “sala baja de bóveda”, con las habitaciones del Mayor­domo, la Sala del Recibimiento o de las Visitas, los dormitorios de los pajes y el del Arzobispo. Además de un cuarto de baño, una bodega, dos cocheras y la sala del yeso, inmenso trastero de la época. De las decoraciones muebles y artísticas, nada menos que el San Juanito de Alonso Cano, que regaló a la Catedral en su testamento, legada a su muerte a la catedral de Granada; otras piezas sublimes que legó a la Catedral, eran klos lienzos de “La Anunciación” del Círculo de Risueño, “Las bodas de Caná”, los Ecce Homo de formato pequeño atribuidos a los Hermanos García...


El Ciclo del Quijote, convierte a este Palacio en un hito artístico español

Aquel suntuoso Palacio sigue siendo un desconocido, a pesar de ser uno de los hitos pictóricos españoles. Aquel retiro de Víznar representa a la perfección el espíritu culto de un Arzobispo, mecenas, protector de las artes, hombre de su tiempo y admirador de la estética, cuya huella, imborrable, sigue presente en la ciudad. Como su cuerpo, descansando en aquella Capilla de San Miguel que costeó y mandó hacer. 

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