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domingo, 10 de agosto de 2014

Cuando Granada puso paz en Castilla

Se han escrito ríos de tinta acerca de la guerra intestina que precipitó la pérdida del Reino de Granada y cómo el odio y la codicia de padre, hijo y tío sumieron al último hálito de al-Andalus en la ruina y desaparición. Pero quizás esto ha ocultado que estaba sucediendo lo mismo en uno de los reinos cristianos más importantes de la Europa de finales del siglo XV, en Castilla. No terminaremos nunca de ponderar los éxitos y logros de Isabel la Católica, ya que durante el reinado de su hermanastro Enrique IV, la situación incontrolada  e incontrolable pudo ser trágica. Como muestra, lo que ocurriría tal día como hoy, hace 544 años, en nuestra Granada. Aquel día, nos convertimos en los PRIMEROS MEDIADORES Y OBSERVADORES INTERNACIONALES DE LA HISTORIA.

Sepulcro de los Fernández de Córdova de la Iglesia de San Hipólito de Córdoba. 
Como curiosidad, la imagen de San Ignacio de Loyola es del granadino Domingo Sánchez Mesa.  

En aquel momento era rey de Castilla Enrique IV, un monarca de gobierno débil, polémica sexualidad y falto de capacidad para ejercer la autoridad regia, por lo que la nobleza creó bandos y partidos capaces de cuestionar la ley y poner en jaque el reino. De los muchos problemas intestinos, uno de los que le granjearon mayores quebraderos de cabeza fue el enfrentamiento que protagonizaron dos de los más egregios nobles del sur, ambos de Córdoba. De un lado, Alonso de Aguilar (señor de Priego y Aguilar) y Diego Fernández de Córdoba, Conde Cabra y el mariscal de Castilla, que tuvo la suprema inteligencia de apostar decididamente por el Rey, que lo fue colmando de privilegios a costa de los que ya tenían otros nobles del sur. Y como era de esperar, esto incendió el ánimo de Alonso de Aguilar, que veía cómo el que era primo del Gran Capitán, se convertía en Vizconde de Iznájar, propiedades antiquísimas en la casa de Aguilar, que pusieron más fuego a la histórica disputa familiar por Bujalance. El problema estaba servido.

Enrique IV, incapaz hasta para preñar a sus esposas... 
Miniatura del  alemán Jörg von Ehingen, ca.1455

Cuando el Rey se entera que sus más destacados vasallos, que deben velar por la protección de Castilla en las fronteras con Granada, andan inmersos en algo más que una trifulca verbal, pone paz. Como quiera que le era imposible negar su devoción por Diego, enaltece más la riqueza y el poder del de Cabra otorgándole el dominio sobre la frontera por Alcalá la Real y el señorío del Castillo de Locubín; el de Aguilar no puede contenerse y con independencia de un favoritismo inusitado que estaba llevando erróneamente Enrique IV, se ve muy agraviado.  Así que aprovechando que Diego se traslada a Córdoba para dar cuentas de lo ocurrido en la última escaramuza de aquella guerra civil de frontera en la que incluso se ha atrevido a apresar a su primo (en efecto, EL GRAN CAPITÁN, EL INVENTOR DEL EJÉRCITO MODERNO), Alonso de Aguilar inventa el pretexto de una conversación para poner paz entre ellos y citándole en una posada, lo hace prisionero.

En la fortaleza de Cañete, el de Aguilar le obliga a renunciar  los últimos derechos, privilegios y mercedes que Enrique IV le ha concedido. Diego le cede los señoríos de Alcalá la Real y de Iznájar y cuando el rey se entera de lo ocurrido, monta en cólera. No sólo se ha ofendido, forzado y coaccionado a su protegido, sino que se ha puesto en entredicho su autoridad. Expide una Carta Real declarando nulo aquel acuerdo tan sui generis, reprueba la actitud de Alonso de Aguilar y lo amenaza con medidas coercitivas. Así que estalla el reprendido y reta a un duelo a Diego de Córdoba. Cuando Enrique IV se vuelve a enterar de la situación, es aconsejado que impida a toda costa aquella habitual práctica entre caballeros. Uno de ellos puede morir en aquella justa caballeresca tan propia del Medievo y no puede permitirse Castilla una pérdida, fuere cual fuere, de tal importancia.

Los dos caballeros están dispuestos a luchar, a mantener su derecho medieval a pelear por el honor y la hombría, de modo que buscan una alternativa a la prohibición del Rey de Castilla, y a ambos se les ocurre que si no pueden retarse a duelo en suelo castellano para no contrariar y desobedecer a su Rey, lo harán en otro Reino. Y el más cercano, es el Emirato de Granada, cuyo trono estaba en ese 1470 ocupado por Abū al-Hasan 'Ali ben Saad, que los cristianos llamarían MULEY HACÉN. El emir de los granadinos se frota las manos. Dos de los más importantes caballeros de Castilla, protagonistas de los enfrentamientos fronterizos y responsables de la protección de esas tierras linderas con Granada, se quieren retar a muerte. Así que no duda en desplegar todo el fasto posible para que el duelo sea lo más vistoso. Acoge la partida caballeresca y autoriza la instalación de un palenque en la explanada de la Xarea, es decir, en la Puerta de la Justicia, regia entrada a los Palacios de la Dinastía Nazarí. A la Alhambra.

Hagamos un esfuerzo. EL bosque de la Alhambra se crea en 1729, a raíz de la visita de Felipe V. Esa vasta lengua verde que se yergue sobre Granada, con miles de árboles formando un pequeño bosque cargado de sabor, a los pies de los recintos alhambreños, era en 1470 un secano así pensado para garantizar la seguridad de la residencia real granadina y su máxima protección. Había sido usado desde tiempos de Alhamar, primer rey nazarí, para las paradas y demostraciones y exhibiciones del Ejército Granadino y era el lugar perfecto para que se retaran Alonso y Diego. La fecha, corría prisa. Ambos nobles ardían en ganas por ponerse a prueba y además, se cumplían seis años del inicio del reinado de Muley Hacen. Sin duda, debía celebrarse el 10 de Agosto de aquel 1470.

Diego llega a Granada antes que su contrincante y la corona nazarí le procura como residencia el Palacio de la familia de los Ansares. A primeros de agosto, el emir lo recibe en el Salón del Trono y el intercambio de regalos y de recuerdos es alabado por los presentes. Se nota que Muley Hacen está disfrutando con todo esto. Granada está viviendo días de fiesta. Dos pueblos con una enemistad irreconciliable, juntos. Por las calles de la Medina andurrean caballeros castellanos con una normalidad pasmosa, recorriendo los zocos y alcaicerías de Granada y extasiándose con algo tan distinto a lo que ofrece cualquier ciudad cristiana. Los granadinos ralentizan el día a día de sus jornadas para ser testigos de aquella comitiva tan particular que viene en son de paz y que va a “MATARSE” entre sí.


Al amanecer del 10 de agosto, los más importantes caballeros cristianos van a medirse hasta la muerte. Los cortesanos de la Alhambra han preparado dos tiendas lujosamente revestidas. Los jardineros de los palacios nazaríes han delimitado con azadas y garabatos el espacio de la contienda. Suben hacia la Alhambra miles de granadinos que van a ser testigos de un hecho único. Antes, pasan por la Rawda Real para rendirle tributo a la sepultura de Abu-l-Nu‘aym Ridwan, general, el visir, el gran chambelán del Reino. Al sultán lo han situado en un lugar de privilegio sobre los sistemas defensivos de la Puerta de la Justicia, para contemplar en altura y lejos del contacto y las miradas del pueblo, aquella justa particular.

Llegado el día estaba todo preparado en el campo de combate, al cual llegaría el mariscal de Castilla, acomodado en una tienda montada con los mejores paños franceses. El lugar del duelo sería marcado claramente con un azadón, y toda la explanada estaba llena de miles de personas que buscaban un hueco para presenciar el acontecimiento. El rey Muley Hacén, por su parte, tendría un lugar privilegiado para contemplar todo, pues estaba ubicado en el ajimez lateral de la Puerta de la Justicia, lugar que había sido convenientemente acondicionado para él y sus mujeres pudieran ocupar la parte superior de la torre.

Pasan las horas y no hay pista alguna de la comitiva de Alonso de Aguilar. Nadie sabe de él. La paciencia se agota y a Diego no se le ocurre más que lanzar bravuconerías e insultos contra su oponente, que ha demostrado una extrema cobardía al no presentarse siquiera. Hace cinco siglos y medio, el honor lo era todo. Y el de Aguilar no había demostrado ni acaso hombría. Profiere Fernández de Córdova mil insultos hasta que un granadino, musulmán y cortesano en la Alhambra, se para delante de su caballo para retar a Diego, ya que es amigo personal de Alonso de Aguilar y ha agotado su paciencia escuchando improperios contra su amigo. Muley Hacen manda a su guardia personal que arresten a uno de los suyos. No da crédito. Aquella no es una lucha entre cristianos y musulmanes ni hay que tomar partido en ella. Así que la sentencia es justa: la muerte de aquel inapropiado e inoportuno granadino. Días después, en el Mexuar, imparte justicia el Emir de los Granadinos y perdona la vida de aquel estúpido funcionario.

Patio del Mexuar, donde el emir o sultán de Granada impartía justicia. 

Don Diego saca un retrato de Alonso de Aguilar y hace que su caballo lo pise reiteradamente. Muley Hacen disuelve aquella frustrada justa y manda a los cadíes y juristas regios que discutan y diriman sobre lo ocurrido, pero los altos funcionarios judiciales de la Alhambra se sienten sorprendidos y extrañados. Aquel no es un caso que les competa, entre cristianos que no aceptan la ley coránica y que además no son súbditos de Granada. Pero el emir lo deja claro: Granada es el único reino que ha procurado zanjar un asunto tan trascendente (rapto, secuestro, coacción, lo que hoy día llamaríamos falsedad en documento público...) aplicando la justicia no de Granada, sino de Castilla. De modo que en este caso, GRANADA ES UN OBSERVADOR INTERNACIONAL, un mediador, un tribunal independiente y autorizado.

Documentos originales de la Cancillería de la Alhambra conservados en el Museo de la Alhambra.

Mientras la justicia regia de Granada dicta su sentencia, la comitiva de Diego Fernández de Córdova es atendida en la ciudad con todo tipo de lujos. Se suceden las fiestas en la Alhambra, los caballeros tienen permiso para recorrer Granada y los granadinos, están obligados a actuar de perfectos, amables y fraternales anfitriones. Diego está muy contento, y lo estará más cuando en la mañana del 15 de agosto, el alto tribunal de justicia le deje en las manos del Emir Muley Hacen el resultado de sus diatribas, no con la ley de Granada, sino con la que Castilla debería y habría podido dictar. La sentencia dice que don Alonso de Aguilar, ha resultado vencido en el derecho de armas al faltar al honor y respeto no compareciendo a un duelo que él mismo había promovido y que Diego Fernández, Mariscal de Castilla, puede hacer valer los derechos que exigía si resultaba vencedor. Que se anulaba de facto la validez del documento, que coaccionado y retenido, le obligó a firmar Alonso de Aguilar y ya que los tribunales de justicia castellanos, por la inoperancia de su Rey Enrique IV, no se habían pronunciado al respecto, los de Granada daban por buena la situación y fallaban a favor de Fernández de Córdova.

En la mañana del 16 de agosto, Granada despedía a cientos de cristianos, entre pajes, servicio y guarnición militar, que ponían rumbo a Alcalá la Real. En el equipaje, iban 1.000 copias de la sentencia granadina y varias reproducciones de un cuadro que había sido pintado en Granada, en el que se veía a don Alonso, pisado por el caballo de Diego, con un letrero que expresaba su derrota y que humillaba el valor y la hombría como hombre de armas y servidor de Castilla.


Y así fue como hace 544 años, Granada se convirtió en el primer mediador, el primer observador y el primer tribunal internacional, al menos, de la Historia de la Península Ibérica. 

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