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jueves, 3 de julio de 2014

Morayma

Ali Athar encarna al súbdito ejemplar, al ciudadano abnegado, al verdadero amante del término patria y de todo lo que ello conlleva. Era descendiente de una de las familias prósperas del reino nazarí, ocupaba destacados cargos y poseía vasta fortuna. Murió pobre, sin heredad alguna y habiendo invertido todo su patrimonio en defender una causa que mal anduvo y a un Reino, en definitiva, a un Estado, que tenía los días contados.

Ali Athar es un granadino que sin necesidad de ser rey, filósofo ni artista, sin haber brillado en la altiva época dorada alhambreña que se plagó de médicos, astrónomos o poetas, tiene sin embargo el cariño de la historia y el recuerdo de su pueblo, que lo honró con algo más que una rotulación callejera y bautizó sus cines o “sus palacios del bocadillo” con el nombre de un granadino íntegro que vendió cuanto tenía para sufragar la Guerra de Granada y el débil gobierno de su yerno, el emir Boabdil y que al fin, encontró la muerte peleando por su rey, por su reino y por sus ideales.

Cuando en la corte de Abu al-Hassan, el mítico Muley Hacén se dieron cuenta de su sagacidad y capacidad de gestión pública, alcanzaba el destacadísimo puesto de jefe de la mayordomía palatina de la Alhambra, o lo que es lo mismo, uno de los más destacados puestos del reino marchándose a vivir al interior de la Alhambra, aquella ciudad y palacio a la vez pensada para la gestión de un reino y el deleite de los sentidos. Así fue como el heredero al trono, el que a la postre sería el último emir de los granadinos, se enamoró de la hija de Ibrahim Ali Athar, una joven que respondería al nombre de Morayma.

Escultura de Morayma, llorando, en Loja. 

Si su padre encarnó al antecesor de ese ciudadano ideal al que Kennedy le pedía: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país", Morayma se resolvió como digna hija de su padre y convertida en esposa de Boabdil, supo en todo momento ocupar una discreta segunda posición y defender en todo momento a su marido ante cualesquiera de las múltiples dificultades en las que se vio. Supo estar en su sitio cuando Boabdil deponía gracias a los abencerrajes a su padre. En su sitio cuando apresado el esposo tras la batalla de Lucena y de nuevo en el trono Muley Hacén, éste la encerró en un carmen albaicinero al arranque de la Cuesta del Chapiz. En su sitio, por doloroso que fuera, cuando sus hijos fueron prisioneros de los Reyes Católicos y no los volvería a ver hasta 9 años después, abrazando a un Ahmed que no sabía árabe y que se comportaba como un príncipe cristiano. Era, en la corte, “el infantico”.

Detalle del lienzo "Salida de la familia de Boabdil de la Alhambra". 
Manuel Gómez Moreno, 1880.

Y después de una vida de silencio, arropo pleno a todo lo que necesitó Granada y su emir (no es nada fácil que una madre se avenga a perder a sus dos hijos por el bien de un reino) y las desdichas de aquel último revés, que fue la pérdida de la ciudad que los vio nacer y sostuvo los ánimos de todo un pueblo, Morayma, sin haber cumplido aún 26 años, moría quizás para no tener que marcharse a una tierra extraña con el resto de los pocos leales que acompañaron al último emir de los granadinos. Aquella vida de entrega a un ideal, a una causa, a un pueblo y sobre todo a una tierra, merecería más reconocimiento. Pero nos conformamos con CONOCIMIENTO.


Detalle del lienzo "Salida de la familia de Boabdil de la Alhambra". 
Manuel Gómez Moreno, 1880.

Porque Morayma sí fue, verdaderamente, la heroína de Granada, dispuesta a darlo todo por esta tierra, no como otras, cuya manipulada y folletinesca vida, insulta a las mujeres de veras que lo dieron todo por Granada

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