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miércoles, 2 de julio de 2014

Más perdido que el barco del arroz

El amor a las teorías conspiratorias y por encima de todo, a la fábula y la mentira para conseguir el apoyo de otros no es nada nuevo. El gabinete de Bush tejió la mentira de las armas de destrucción masiva iraquíes para invadir el país asiático, a día de hoy cualquiera juraría y perjuraría que el Papa Juan Pablo I fue asesinado por los cardenales romanos y tras el fin de la II Guerra Mundial, los americanos inventaron la enésima mentira de su política internacional para atar Europa a su antojo. En esta ocasión, no sabían si era bueno mantener un régimen dictatorial en España bajo la figura de Franco o acabar con él. Como quiera que la situación tras seis años de guerra era harto complicada y 57 millones de muertos justificaban un periodo de paz, la decisión americana fue contundente: que Franco se quedara, pero que supiera quién mandaba realmente en el Mundo.

En 1945 comienza el bloqueo internacional a España, que atravesaba con probabilidad la peor época de toda su Historia. Una posguerra es dura y lamentable; a la española se le sumaron muchos inconvenientes extraordinarios que dejaron al pueblo español simplemente aferrado a lo único que pudo servirle de tabla de salvación: un catolicismo popular que fue todo en uno, mezcla de fe, única vía de escape, búsqueda de esperanza y exclusivo divertimento dentro de un país famélico y hambriento. Estados Unidos consiguió que la ONU se plegara a sus exigencias y dictara el mencionado bloqueo alegando que refugiados nazis trabajaban en secreto para el Gobierno de Franco en los los Montes de Toledo y en refugios del Pirineo para lograr la bomba atómica. El pánico ha sido siempre un gran instrumento en manos de los americanos, que supieron contagiar a la comunidad internacional. En España, se iba a redoblar el hambre.

Al instante desaparecieron los diplomáticos, embajadores y representaciones de todos los países del Mundo. Sólo Portugal y El Vaticano, perduraron en suelo español. Nuestros vecinos, quizás, porque sabían la realidad, toda la realidad. La diplomacia católica porque así había de obrar y al cabo, en 1947, nos llegaba el pulmón de refuerzo que esperaban los españoles: Argentina se ofrecía a cooperar con España y a asistir a los españoles y en prueba de su voluntad y garantía de sus acuerdos, la esposa del presidente, Eva Duarte (de Perón, dirían los añejos) recalaba en nuestro país. 16 días estuvo recorriendo las maravillas que quedaban en pie, de la madre patria.

Aquel acuerdo fue conveniente. Lástima que haya quedado como una ayuda humanitaria cuando en realidad fue de todo menos eso. Los argentinos concedían un préstamo a España con un interés del 2,75 %, le permitían pagarlo en 20 años y con ese dinero prestado, España podía comprarles excedentes de trigo, maíz, productos no perecederos y en definitiva, lo imprescindible para que el pueblo comiera. Argentina le prestó a España 350 millones de pesos y acabó recibiendo 400 millones. Y además, nos trajo sus excedentes; pero en aquel acuerdo, fruto de la necesidad imperante del Gobierno de España que en aquel momento de asfixia internacional y hambre general, pudo haber firmado hasta el regalo de Las Meninas, Argentina recibía otras prebendas fundamentales para su comercio internacional: operar desde los puertos españoles de manera gratuita. Así fue como en 1948, Cádiz se convertía por 50 años en Puerto Franco y Argentina usaba las aguas de la Tacita de Plata para desde allí, exportar sus minerales y productos por Europa.

A todas luces, el acuerdo tenía poco de generoso y menos de humanitario. A finales de 1948 Argentina solicitaba a España garantías de pago en oro o dólares por los cereales que había exportado. Aquello se antojaba imposible de cumplir para el régimen franquista y como quiera que las largas que daba Madrid no sentaban bien a los peronistas, en 1949 los argentinos suspendían los acuerdos con España que, ya estaba en trámites con aquellos Estados Unidos que años antes habían hecho todo lo posible para bloquear nuestro país. Paradojas de la vida, o cómo la política hace extraños compañeros de cama.

En este contexto sucedió el caso que nos interesa. Desde Buenos Aires había zarpado un buque de nombre Alcatraz. En el Puerto de Cádiz se les esperaba como agua de mayo, pues su carga, dentro de los acuerdos tan poco generosos del gobierno de Perón, era inusual y muy anhelada. ¡Venía cargado de arroz, que en 1948 era casi imposible de conseguir debido a una “pertinaz sequía” que arruinó las cosechas de los deltas españoles y especialmente los de la comarca sevillana de Las Marismas, el principal productor. El arroz necesita unos 1.100 litros por metro cuadrado para crecer y ese año, las escasas lluvias arruinaron las cosechas.

Los días pasaban y la fecha de llegada de Alcatraz bajo bandera argentina, se hacía de rogar. Uno tras otro, los gaditanos y con ellos, España entera rezaba por la aparición en el muelle de Cádiz de un barco del que no se sabía nada. Las primeras informaciones en un Estado poco dado a contar la verdad de lo que sucedía como el franquista, es que el barco se había perdido. Al cabo de un mes, cuando nadie esperaba ya que éste tocara puerto, el Gobierno tuvo que reconocer que la embarcación se había hundido y que las toneladas de arroz que se esperaban ardientemente, nunca llegarían.


Desde aquel momento, los españoles acuñaron una frase lapidaria. Parece mentira cómo en los peores momentos, a este pueblo todavía le quedan ganas de hacer humor con su desgracia. En efecto, 66 años después de aquel suceso, todavía se recuerda ya como un dicho popular, cuando alguien se equivoca, persiste en un error o no encuentra una dirección, “que está más perdido que el barco del arroz”. Por cierto, barco que poco a poco y con más sudor del esperado, hubo que pagar bajo los onerosos acuerdos que el hambre de posguerra obligó a firmar. 

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