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martes, 1 de julio de 2014

La Historia del bañador

El rey inglés Jorge III, padre del bañador. 

Cuando en 1760 suba al trono inglés Jorge III, ninguno de sus súbditos podía ni acaso hacerse idea que su país iba a vivir uno de los periodos más particulares, gloriosos y ruinosos, todo junto, de la historia. Jorge ha pasado a los libros como el rey loco, a consecuencia de una enfermedad que era tratada de manera aberrante con arsénico. A fin de cuentas, su locura era tanto producto de un desequilibrio como de una medicina atrasada y muy agresiva. El loco del rey será artífice de la creación del Reino Unido al fusionar las coronas británica e irlandesa, conquistará Canadá pero perderá lo que es hoy Estados Unidos y será uno de los reyes más longevos y duraderos de la historia, después de casi 60 años sobre el trono. Pero además, Jorge, popularizará algo que es, en este apetecible 1 de julio, indispensable.

Los continuos trastornos del rey llevaron a los médicos de Palacio a recomendarle un aire más puro y un ambiente de distracción alejado de la corte. El lugar escogido era más que frecuentado por la Corona Inglesa desde la época de los Tudor, la comarca de Dorset, al sureste de la Isla, una zona de fuerte ruralización e histórico lugar de caza que tenía en la población de Weymouth su fuerte.

Los  baños se pusieron de moda entre los consejos médicos para previsión de enfermedades

Aquella localidad costera se convirtió en el lugar escogido por el Rey para veranear y disfrutar de los encantos y beneficios que a su torturada mente procuraba el mar. Hasta en catorce ocasiones, entre 1789 y 1805, Jorge III visitó Weymouth y se bañó en sus playas sirviéndose de unas largas polainas que engarzaban con un chaleco que se convertirían en el primer bañador de la Historia, especialmente pensado para que el todopoderoso primer monarca del Reino Unido, disfrutara del mar sin tener que exhibir “sus vergüenzas”.

Recreación de María Carolina de Borbón, Duquesa de Berry
madre del bañador femenino

Dos décadas después tenemos que apuntar una fecha como parte de la historia del bañador, la de 1822, año en que la Duquesa de Berry, nuera del Rey francés Carlos X, provocó toda una revolución  en la refinada y delicada corte gala, bañándose en público en las costas francesas de Dieppe, apacible localidad de la llamada Costa del Alabastro francés, cerca del Canal de la Mancha y que fue destino turístico de la corona francesa en esa época. La arrebatadora y provocativa Duquesa de Berry, se introdujo en las aguas atlánticas vestida con un traje crudo algo más liviano que los habituales de paseo y que sugirió a muchos, las complicadas ropas interiores de las damas de alta clase de principios del siglo XIX. Pero fue lo suficientemente recatado como para que el ejemplo corriera entre los presentes. Al cabo de pocos años, las mujeres bien de aquella Francia regia, usaban sus vestidos más ajados y que con mayor dificultad se transparentarían para disfrutar como el hombre de los baños del verano. Jorge III inventó sin querer el bañador masculino y la Duquesa de Berry, el femenino.

Moda de baño a finales del siglo XIX

Pero para muchos, el acta fundacional del bañador ocurría en 1890 en las costas californianas, cuando el recato de la época impulsa un traje de baño consistente en una camisa pantalón y calcetines, que tanto para hombre como para mujer, no podía desaparecer del conjunto. Lo que marcaba la mentalidad de la época no era más que guardar con celo el decoro y exhibirse nada, a ser posible. Ni siquiera la desnudez de los pies.

Baño de una familia americana en 1879

Pero la I Guerra Mundial trastocaría aquella puritana concepción del baño playero y en 1915, a imitación de soldados y de no pocas mujeres que pululaban por las zonas de descanso donde los soldados de la Entente esperaban a que fueran llamados de nuevo al frente, los calcetines desaparecieron un buen día. Los militares se zambullían sin pudor en las costas europeas seguidos de aquellas féminas que desde luego, buscaban su jornal que cobrarían en la cama. Así que si de todas maneras iban a ser vistas desnudas, poco importaba mostrar los pies en público. Los hombres comenzaron a bañarse en pantalones cortos y las mujeres a ponerse camisones, camisas largas y faldas para bañarse, pero con los pies desnudos.

Recato y decoro no exento de sensualidad en los baños neuyorkinos de pre-guerra,

Y así, llegaríamos a 1930, el último impulso al bañador antes de que otro invento del que nos ocuparemos más adelante, dejara al traje de baño en ridículo: En Los Ángeles, se hacía el acto de presentación del primer bañador femenino, elaborado con lana, con un escote que recordaba las camisetas y unos pantalones que obligatoriamente debía cubrir los muslos. Esta prenda al mojarse, llegaba a pesar más de 3 kilos y seguro que no hace falta decir, ha sido la que hasta los años 60 del pasado siglo, vivió en el verano español como prueba de la irrefutable moralidad española de posguerra.


El caso es que el bañador, como tal, este verano, cumple 210 años. FELICIDADES. 

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