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jueves, 31 de julio de 2014

La Cárcel de Granada

"Cuerda de Presos" del granadino José María López Mezquita (1905)

Mucho ha cambiado la mentalidad penitenciaria de este país a lo largo de los siglos, desde la intención de la misma, entendida con efectos de “resocialización” y no de castigo hasta en el mismo trato dispensado al recluso. Hace unos días, la prensa nacional nos dejaba estupefactos al contarnos que cada preso cuesta al mes la friolera de casi 2.000 euros y sin ánimo de entrar en discusiones que se escapan al interés de esta Alacena, lo que nos vino a sugerir es cómo eran aquellas prisiones históricas que siguen presentes en la vida de una ciudad, al menos en Granada, dándole nombre a una de las arterias por excelencia, que bordea los elegantes trazados del lado de la Epístola de nuestra Catedral. He aquí el viaje, por la Cárcel que tuvo Granada.

Antes de la Reconquista de la ciudad, y formando parte del complejo de la Mezquita de la Medina, contaron los nazaríes con una edificación destinada al albergue, reposo y descanso de los mercaderes y comerciantes que venían a Granada desde tierras italianas. Por un lado esto nos advierte de la potencia comercial de la que gozó el Reino Nazarí y más si cabe, cuando conocemos el nombre de aquella alhóndiga tan especial de la que hablamos: de los genoveses. De los puertos de Almería y de Málaga salían los barcos granadinos que llevaban a Génova la seda, que incluso en tiempo cristiano, era la más apreciada del Continente. La seda nazarí no conocía rival y los genoveses se encargaban de su tráfico comercial por todo el Mediterráneo e incluso el Asia.

Pero no eran pocas las caravanas de “extranjeros” que recalaban en la ciudad y se interesaban por tan caro y lujoso artículo, de forma que el gobierno de los nazaríes estimó la necesidad de construir un edificio que los albergara durante el tiempo que pasaban en nuestra ciudad buscando el artículo de más calidad. Aquella Alhóndiga de Genoveses, fue destinada por los Reyes Católicos a prisión, contando de golpe la ciudad con dos cárceles, una albergada en la Real Chancillería y destinada a los delincuentes reales, o lo que es lo mismo, a los casos cuya competencia judicial recaía en la Corona, y la segunda, la popular, la tristemente más transitada, para los delitos menores de los que tenía competencia los tribunales locales. Robos y delitos comunes fueron llenando los viejos muros de un edificio cargad de historia y de prosapia comercial.

Cartela de la Puerta de la Cárcel de Granada, hoy en la Plaza del Padre Suárez

Poco después de la muerte de Fernando el Católico, aquella Cárcel era ya insuficiente. En 1557 se amplió tras décadas de hacinamientos y de condiciones exiguas por parte de los reclusos y se adquirieron unas casas propiedad de las monjas dominicas del Convento de Sancti Spiritu para labrar su portada y con ello, rematar la obra de remodelación y ampliación, en 1585. Aquella fue hasta 1933, la cárcel común granadina, con su entrada frontera a la Puerta del Perdón de la Catedral. Un modesto edificio cuyas celdas se distribuían a lo largo de corredores, destinándose la primera planta para los hombres y una segunda para mujeres. Se sostenía la galería alta mediante columnas de piedra de Sierra Elvira, contaba con una capilla, cocina y una enfermería y un último añadido, a manera de ático, destinado a vivienda del alcaide.

Detalle de la Puerta de la Cárcel conservada en la zona trasera del MADOC (Antigua Capitanía General)

En 1838 se planteó la posibilidad de abandonar el edificio. Desde un primer momento había sido una construcción sombría, umbría y poco adecuada. Después de la Desamortización de Mendizábal, habían quedado conventos libres como para alojar a los reclusos. Afortunadamente no se hizo, preservándose edificios históricos (o demoliéndose, cosas de los gobiernos liberales del siglo XIX en Granada) y cuando en 1896 el Ministro de Justicia de visita en Granada es conducido a la Cárcel Baja, lo único que puede exclamar es que aquello era una “inmunda pocilga”.

Interior Cárcel por Piranesi, 1760.

En 1904 la vieja cárcel está arruinada. Se han derrumbado algunas celdas del piso superior, se desaconseja el uso de este piso y el deterioro no es capaz de frenarse. Así las cosas, en 1913 los presos son trasladados a Loja pero cuando se repara mínimamente el edificio, regresan. Al fin, la nueva cárcel deja libre aquella ruina constructiva que albergaba en un sitio poco apropiado, en tan sugerente espacio histórico y administrativo, a lo peor de cada casa. En 1942, sería derruido y en su lugar se levantaría un edificio historicista que fue la sede de la Caja de Granada.

Derribo de la Cárcel en 1942. 

El único interés artístico estaba en su portada. El gran alcalde don Antonio Gallego Burín decide trasladarla y preservarla para la historia, montándola en la zona trasera de la Capitanía General, donde sigue anunciando en la Plaza del Padre Suárez que fue terminada en 1585. De todo esto, nos queda en la mente una reflexión: el poco derecho que tenemos a quejarnos hoy día, habida cuenta de los muchos progresos en todo que ha experimentado la sociedad. No hay más que ver las pésimas condiciones de los reclusos granadinos hasta 1933, cuatro siglos y medio de hacinamientos, insalubridad y falta de todo... A cambio, hoy disponen hasta de piscina climatizada.


¡Ni tanto, ni tan poco!  

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