Visitas

sábado, 19 de julio de 2014

El Príncipe Miguel

Isabel acaba de oír los gritos. Aquel pequeño de 23 meses, enfermizo, débil y quebrado desde el vientre materno, se marcha. Con él, la última esperanza de la Península, la última confianza depositada en todos y cada uno de los pueblos ibéricos. Si su oído no le traiciona, con el pequeño Miguel se va su más ansiado proyecto y el sueño más perfecto que desde Roma, se habría podido concebir.

A Isabel los pocos metros que separan la Capilla de las alcobas del Infante, se le hacen eternos. Llevaba desde el alba rezando, en aquel lugar desde el que los Reyes de Granada impartieron su justicia y los emires reunían a sus consejeros. Y al primer grito, se incorporaba de un salto, dejando el Mexuar y cruzando aquel patio, como un pequeño corredor a cielo abierto que acababa de ser cerrado para contener los habitáculos del cuerpo de guardia.

La reina intuye que las voces amargas que salen de las gargantas de las ayas del Príncipe sólo pueden significar una cosa. Lo estaban esperando. Así que desde el mismo instante en que oyó tímidamente los lamentos, abandonaba aquella estancia sobre el Salón Dorado sin importarle acaso que al arrastrar la regia vestimenta por los escombros de la galería en obras destinada a unir su alcoba con la fachada principal del Palacio de Comares, pudiera trastabillar. El Príncipe no tenía ni dos años y acababa de morir. El único consuelo lo encontraría de regreso a aquella sobria capilla en la que se acababa de convertir el Mexuar Nazarí.

Doña Isabel, primogénita de los Reyes Católicos

Don Miguel de Trastámara y Avís, Príncipe por partida doble y heredero por doble ocasión de las coronas de Castilla-Aragón y de Portugal, acababa de morir en los Reales Sitios de los Palacios de la Alhambra, en Granada. Aquella muerte, ocurrida tal día como hoy, hace 514 años y que he querido contar empezando por las obras de acondicionamiento a la corte cristiana de la Alhambra, fue quizás el mazazo más grande que atravesó Isabel la Católica. Y no porque su vida hubiera estado libre de toda tragedia. Miguel era su nieto, el primer hijo de su primera hija, la infanta Isabel. Su nacimiento fue la muerte de su madre, desangrada en un complicadísimo parto. Aquel día la cuna del futuro heredero de todos los reinos de la Península Ibérica, se trastocó en la tumba de su madre, ojo derecho de la Reina Isabel la Católica.
Detalle del terno funerario de la Catedral de Granada,  bordado por el granadino Alejandro del Rubio

El único consuelo que tuvo desde el principio la ínclita Reina es que Miguel uniría al fin la Península, aquel vasto y acariciado sueño que desde la Reconquista se acarició y que suponía la recuperación moral, ideológica y devocional de todos los pueblos herederos de Roma y de los godos, alterado por espacio de ocho siglos. Por eso fue educado junto a sus abuelos, los Reyes Católicos, no en la corte portuguesa. Por eso vivía donde Castilla, que ya acababa de poner la semilla de España, tenía su corte, es decir, en Granada. Por eso, la muerte le sobrevino con 23 meses de edad, en la Alhambra y por eso, descansa en el interior de su pequeño féretro, al lado de sus abuelos los Católicos y de sus tíos Fernando de Habsburgo y la Reina Juana.

El rey Leovigildo unificó en el 571 toda la Península Ibérica, viejo sueño

Echar la vista atrás 514 es jugar a ser un escritor de ficción. ¿Qué hubiera sucedido si Miguel no hubiera muerto aquel 19 de julio de 1500 en las alcobas regias de Comares? De primeras, nos imaginamos un único trono para toda la vieja Iberia. La unión de los dos reinos más extensos y poderosos de la época en uno solo. El ahorro de luchas y guerras que se sucedieron entre los pueblos hermanos de España y Portugal hasta 1640 y puede que el nacimiento del Estado más importante de la Historia. Portugal miró siempre al océano y a África. España, a América. No hubiéramos desaprovechado lo que venía del Nuevo Continente en Europa, batallando por una idea imperial de herencia alemana que nunca le fue importante a los españoles ni a nuestro Reino y que nos consumió en Flandes, Holanda y Francia. Aquel oro y aquella plata de Potosí y de las minas de Nueva Granada se hubieran invertido en el pueblo y no en los prestamistas centroeuropeos y los armeros de medio Mundo. Los Reyes serían hijos puros y sentimentales de esta Tierra, por lo que nunca habríamos llegado a la Guerra de Comunidades en donde cuatro flamencos pusieron en jaque a los castellanos.

Los Viejos Tercios de Flandes

Puestos a especular, aquellas guerras absurdas y asfixiantes que nos ocuparon hasta el siglo XVIII, peleando por el Franco Condado, las tierras italianas, el Rosellón y las miles de leguas continentales que querían unas veces Francia y otras mil pretendientes distintos, no nos hubieran preocupado. Quizás la capital sería hoy Lisboa, sí, pero qué más da: seríamos un solo pueblo, con más lógica a todas luces, tal y como la geografía, la naturaleza, la orografía, la vida en definitiva se encarga de explicarnos, sin una frontera cortando en dos a Iberia, al Tajo y a los pueblos más parecidos que hay en toda Europa.

La Rendición de Bailén

Puestos a argumentar, si no hubiera muerto Miguel, si ese niño que era toda la esperanza de aragoneses, castellanos, leoneses, portugueses y granadinos no hubiera fallecido en aquella alcoba principesca de los Palacios de la Alhambra hace hoy 514 años, no hubiéramos sufrido esa Guerra de la Independencia, porque Francia no nos hubiera invadido con el pretexto de marchar hacia Portugal, no nos hubiéramos enfrentado en dos bandos durante siglos, unas veces amigos del francés y otras del inglés, dependiendo de las alianzas de nuestro vecino portugués. Un único pueblo en un único territorio: como en tiempos iberos, romanos y visigodos. Como previó la naturaleza y como fue durante 17 siglos, antes que al-Andalus rompiera aquella coexistencia sin igual en la que cada uno tenía su identidad pero donde la unión, hacía la fuerza.

Puestos a dar más razones, portugueses y españoles demostramos nuestra común manera de pensar cuando ambos nos declaramos neutrales, una tras otra vez, en la I y en la II Guerra Mundial. Cuando ninguno intervino en los problemas vecinos, bien si se derrocaba una monarquía (lusa o hispana) o si al pueblo se le venía encima una dictadura (hispana o lusa). Porque hemos tenido destinos tan iguales, que casi asusta. Así que puestos a pensar, quizás uno de los días más negros y más trágicos de la historia peninsular, del devenir, del futuro y del progreso de los pueblos del final de Europa y el arranque africano, fue un 19 de julio de 1500, hace justo hoy 514 años, cuando Miguel de Trastámara y Avís, o Avís y Trastámara, da igual, porque aquí sí que es verdad que TANTO MONTA, moría en la Alhambra, en Granada. Ese día, acabó el sueño más bonito y más perfecto que ningún habitante de estas Península pudo haber soñado jamás.


Perdón, con permiso del que tuvo don José Saramago en “LA BALSA DE PIEDRA”. Cualquiera de esos dos, me vale. 

No hay comentarios: