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lunes, 14 de julio de 2014

El día que pudo cambiar España

Portada de la novela de Ezequiel Teodoro. 

Cada 14 de julio Francia escribe en rojo su calendario y nos dice al Mundo que ese día, uno como este pero de hace 225 años, cambió su historia y con ella la de la Humanidad. Pero sin necesidad de ser tan trascendentes como los franceses, otro 14 de julio, siglos después, hace hoy justo 78 años, también pudo haber cambiado la historia de España de manera abrupta y compleja, si, en las Islas Afortunadas, hubiera prosperado el proyecto de asesinato más pretendido en nuestro país en el último siglo. Si en el París de hace 225 años el curso de la historia se modificó en el instante en que el pueblo se cansó del autoritarismo regio, en aquella Tenerife de hace 78 años, pudo haber cambiado todo lo que ha sido España.

¿Alguien se imagina que nuestros libros de historia no tuvieran como capítulo la Guerra Civil? ¿Qué hubiera sido de España sin una dictadura de casi 40 años? ¿Cómo seríamos y cómo estaríamos si la II República se hubiera perpetuado? Pues todo esto pudo pasar si tres chicharreros, hace ahora 78 años, hubieran concluido el plan de asesinato que a lo largo de cuatro décadas se ha añorado y perseguido más en suelo español. Y es que cuando el 1 de abril de 1939 se daba lectura al último parte de guerra, decenas, centenares de personas, grupos clandestinos, organizaciones secretas y anónimas y un sinfín de ciudadanos, españoles y no españoles, mascaron de mil maneras la forma de asesinar a Francisco Franco Bahamonde. Pero nadie jamás estuvo tan cerca de conseguirlo como tres tinerfeños, aquel lejano 14 de julio de 1936.

Monumento a Franco en Santa Cruz de Tenerife

El General Franco, comandante militar de Canarias, tenía trazada la operación que desataría una guerra fratricida durante casi tres años. Las tropas africanistas aguardaban el momento oportuno para pasar a la Península. Varios capitanes generales secundaban el Golpe y el Gobierno era ajeno a una trama que lo derrocaría de manera tan ilegítima como 5 años antes había llegado al poder. La situación política, mejor dicho, SOCIAL, de España era un polvorín a punto de estallar en cada calle de cada ciudad. Franco creía manejar con secretismo aquella operación definitiva que lograría el triunfo casi inmediato de las tropas leales a su causa y seguía aguardando el momento preciso para producir el primer ataque. O eso creía.

El despacho tinerfeño del General no estaba tan blindado como pretendía y la CNT y de la Federación Anarquista Ibérica supieron de los planes del Ejército. De alguna manera el futuro Jefe de Estado barruntaba que los secretos confidenciales que se amontonaban en su mesa no eran del todo impenetrables y empezó a actuar de manera obsesa. Dormía con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, a pesar del calor veraniego de las Islas Canarias y mandaba a su guardia de mayor confianza, vigilar con celo cada paso que daba.

Al mismo tiempo, el Comité de la FAI en Canarias, andaba en reuniones proyectando con hermetismo y precisión el atentado que hubiera acabado con la sublevación y la Guerra Civil española. El plan era introducirse hasta el mismo dormitorio del General y allí, coserlo a balazos. Para ello, se introducirían por una trampilla que conducía directamente a la cantina de la Comandancia Militar. Luego, subirían hasta la azotea y aprovechando la oscuridad de la noche, a través de un largo pasillo se plantarían delante de la habitación de Franco. Sólo tenían que burlar la cerradura, aprovechar el sueño del General y disparar los tres revólveres que portaban cada uno de los anarquistas contra el cuerpo en duermevela del que estaba llamado a regir los designios de España con mano de hierro.

Tres ejecutores fueron escogidos. Avezados en el manejo de las armas y espoloneados por la idea de salvar a España del fascismo, los anarquistas que se presentaron voluntarios para una operación que podía ser, salvífica aunque muy peligrosa. Eran muy conscientes de ello, conocido como “Antoñé”, anarquista de Santa Cruz de Tenerife, Martín Serarols Treserras, “el Catalán” y un tercer hombre que a día de hoy, sigue siendo una incógnita. Desde fuera, María Culi Palou, propietaria del restaurante Odeón, de la capital tinerfeña, les prepararía todo lo necesario. Al fin y al cabo había conseguido quedarse con la concesión de la cantina de soldados de la Capitanía Canaria y a través de su local se podía pasar al interior del acuartelamiento.

La catalana tenía como nombre en clave, Maruca. En el plan diseñado era imprescindible que la catalana abriera su cantina como si tal cosa aquel 14 de julio de 1936. Junto a los pocos militares que apagaban la sed del verano en la cantina de Maruca, tres civiles, disimulando no conocerse, trasegaban vino y esperaban a que el local se vaciara. Debía de ser de noche, completamente de noche, para burlar la trampilla que entre cantina y cuartel, los llevaría a la habitación del cerebro del Golpe de Estado. Pero el otro cerebro, en este caso el del asesinato de Franco, era Antonio Vidal Arabi, un anarquista catalán que estaba preparando el asesinato con detenimiento imposible.

Actual Museo Militar en Santa Cruz de Tenerife

Era ya de noche. Los tres anarquistas comenzaron a subir por la trampilla. Sigilosamente se situaron sobre la azotea de aquella exigua taberna militar para tomar un pasillo que volaba sobre el jardín de la Comandancia Militar. Los nervios estaban a flor de piel y en unos minutos se iban a parar delante justo de la habitación del General. Sin obstáculos, sin nadie que los detuviera, en medio de un silencio que hasta dolía, los tres anarquistas acariciaban el éxito de su misión y aguardaban con impaciencia que el fruto de aquel sacrificio que estaban haciendo fuera el esperado. Se jugaban mucho en ello. En las reuniones previas, un soldado que coqueteaba con el anarquismo, les había informado que la habitación de Franco jamás estaba cerrada con llave. En unos segundos, todo habría acabado.

Uno de los tres se preparaba ya para abrir la puerta. Pero de repente, el pomo no respondía. El General había echado la llave y la puerta no cedía. Los nervios estallaron y forzaron con vehemencia aquel desvencijado pomo que resistía los envites de los tres anarquistas. El ruido había crecido y el sigilo previo, a estas ya roto, empezaba a delatarlos. De repente, del interior del cuarto, se oyeron voces. Franco había escapado por la ventana que daba al patio y desde allí, a voz en grito, repetía con estruendo: “¡Socorro! ¡Auxilio! “¡Pistoleros!”

Apenas días después de aquel intento de asesinato, en Burgos.

De inmediato, la escolta personal de aquella Comandancia la emprendió con los tres anarquistas que se dieron a la fuga. Dos de ellos acabarían al tiempo, muertos. Del tercero jamás se supo. Los días posteriores nadie entendía qué pudo fallar para que al menor ruido, Franco supiera que lo intentaban asesinar. Lo que no alcanzaban a comprender los anarquistas canarios y catalanes que gestaron el asesinato del General es que, dentro del grupo, tenían un traidor que los delató. A día de hoy tampoco conocemos la identidad del que a la postre, acabaría informando al alto mando militar de aquel intento de asesinato.


Lo que está claro es que, tres días antes de que las primeras tropas tomaran la Península, en el interior de un edificio de Santa Cruz de Tenerife, pudo cambiar la Historia de España.  

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