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sábado, 5 de julio de 2014

El Bikini

París liberado en agosto de 1944

Louis Reard se había esforzado mucho en sus estudios de ingeniería. Un sueño hecho realidad para aquella familia suiza que veía por fin a su hijo, convertido en el diseñador y técnico de motores, maquinaria y adelantos de todo tipo de una Francia en su época dorada, la de los felices 20 del pasado siglo. Había nacido en Suiza en 1896, ya era ingeniero mecánico y gozaba de cierta reputación. Pero coincidiendo con la liberación de París, hacia 1944, a Louis Reard le pareció que en aquel Mundo de posguerra, iba a hacer falta talento y creatividad, el suficiente como para olvidar los desastres vividos en la II Guerra Mundial. Y así fue como se lanzó a cumplir su sueño: convertirse en diseñador de ropa, crear modelos de alta costura y aprovechar sus dotes e ingenio para algo más que motores usados en aviones de guerra o parecidos. En el mismo instante en que Europa decía adiós a la muerte y el odio, Louis decía hola a la moda.

La tienda familiar de los Read estuvo cerca de este ambiente desenfadado y provocativo de 
Les Folies Bergère. 

Lo más seguro es que la moda lo llamara desde su más tierna infancia y en el instante precios en que comenzó a deambular por la zapatería que su madre tenía en la Calle Richer de París, muy cerca del afamado “Les Folies Bergère” del que hablamos en su día y que los que quieran, pueden recordar pinchando aquí. Así que cuando tuvo la primera ocasión, sacó a la luz la cantidad de diseños de costura que venía realizando cada vez que su trabajo se lo permitía. Enterado que el diseñador parisién Jacques Heim, convertido un par de años después en su máximo rival, llevaba tiempo intentando sacar a la venta un bañador más pequeño y con evidentes ideas provocativas, Louis Reard sueña con algo todavía más decidido: crear el traje de baño más pequeño del Mundo.

Los diseños y la fama de Jacques Heim fueron abrumadores 

En París todos sabían que Jacques Heim tenía un bañador tan minúsculo que su creador lo llamaba EL ÁTOMO. Pero para junio de 1946, Louis Reard acababa de superar a su competidor en la guerra por hacerse con el título del modisto del bañador más escueto y perfeccionaba la idea atrevida de que la mujer de hace 68 años, vistiera un simple sujetador y dos triángulos de tela unidos por cuerda.

Explosión nuclear en el Atolón Bikini 

Al final, se decidió a comercializarlo. Ninguna firma apostó por algo tan provocativo y tan incitante. Cuando las casas de costura se enteraban que Reard había empleado menos de 30 centímetros de tela en confeccionar algo tan recatado hasta el momento como era el bañador femenino, nadie lo tomó en serio. Hacía menos de dos años que París había sido liberado de los nazis, año escaso que el Mundo había derrotado al terror de Hitler y no corrían tiempos para tamaño atrevimiento. Pero entonces, Estados Unidos comienza las últimas pruebas nucleares tras haber lanzado el horror de Hiroshima y Nagasaki y todo ello, en las islas del Pacífico que recibían el nombre de Bikini.

Las televisiones mostraban a las indígenas plegando, doblando y recogiendo sus faldas para moverse con mayor libertad por aquel paraíso a punto de ser destruido por el horro nuclear estadounidense. Y aquello fue lo único que necesitó Reard para confirmar y convencerse que la mujer buscaba libertad, más si cabe en un lugar como la playa. Absolutamente sugestionado por dar a conocer su invento, el siguiente escollo que tuvo que salvar fue cómo presentar públicamente aquella revolucionaria prenda.

Las Piscinas Molitor sirvieron para el rodaje y la trama de la película de 
La vida de Pi. 

Reard no encontraba ninguna un modelo dispuesta a exhibirse en tales guisas con un bañador confeccionado con centímetros de tela. Hasta que al fin, le presentan a Micheline Bernardini, una actriz de varietés y bailarina nudista que se gana la vida en las fiestas más privadas y escandalosas que por aquel entonces pudieran tener cabida en el Casino de París. Lo último que quedaba era una presentación por todo lo alto, elegante, refinada y dentro de un marco lo suficientemente ampuloso y sugerente, casi tanto como iba a ser aquel bañador revolucionario de Louis Reard. Y el sitio no pudo ser otro que en las instalaciones de las aclamadas y elegantísimas Piscinas Molitor, las piscinas públicas más populares en aquel París, que decoradas al estilo art decó, abrieron sus puertas como el culmen de la sofisticación y la modernidad en 1925.

La joven Micheline Bernardini no se acobardó. Estaba más que acostumbrada a que los hombres vieran su desnudez, de manera que formar parte de aquel posado, a manera de pase de modelos, le era bastante fácil. Cuando Louis Reard le enseñó lo que quería que llevara puesto en aquella presentación que estaba siendo muy publicitada, la joven Michelle, de 19 años, terminó por convencerse del éxito y la fama que le traería ser la primera chica en lucir el ombligo en la playa. Y como si fuera una profeta, le espetó al ingeniero-modisto: “Señor Reard, su bañador va a ser más explosivo que la bomba de Bikini”.

Al poco, Michelle Bernardini había recibido unas 50.000 cartas de admiradores. Mientras Jacques Heim, con un bañador similar, se lanzaba a la playa, Louis Reard sacaba un eslogan que aseguraba que todo bañador auténtico hecho por él, se le poía hacer pasar a través de un anillo de bodas". Y por las playas de moda y los cielos de París, una avioneta contrarrestaba la presumible fama del bañador rival (recuerden, el Átomo), con un pasquín que decía: “Si el Atome es el traje de baño más pequeño del mundo, el Bikini  es más pequeño que el traje de baño más pequeño del mundo".


Y así fue cómo, a los pocos días de que Estados Unidos descargara una bomba atómica sobre el Atolón Bikini de las Islas Marshall, en medio del Pacífico, que un viejo ingeniero suizo dedicado a la moda, sacaba, un 5 de julio, tal día como hoy, hace 68 años, otra bomba atómica de la moda y del verano. Acababa de nacer el BIKINI. Así que este verano, ya saben... si no pasa a través de un anillo, no es un bikini. 

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