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viernes, 18 de julio de 2014

Canciones para después de una guerra

Cuando un país se empeña en olvidar su pasado puede cometer el fallo irreparable de repetir los errores. Pero cuando un país no sabe distinguir entre lo que es actual y lo que se ha convertido ya en historia, puede igualmente cometer el error de asfixiarse en su propio fallo. El periodo de la Guerra Civil hace años que debería ser objeto exclusivo de los historiadores y no arma arrojadiza entre la ciudadanía y el cine español ha estado enormemente preocupado por convertirse en instrumento dogmatizante y herramienta al servicio de no se sabe bien qué, más que en responder a los intereses propios que debiera tener el séptimo arte.

Por supuesto que no todo ese cine centrado en el mayor error de nuestro país ha sido un esclavo. Cuando en 1985 don Luis García Berlanga, que probablemente haya sido uno de los mayores directores de cine, acaso de todo el panorama europeo de su tiempo, estrenaba “La vaquilla”, los espectadores tenían la oportunidad de acercarse a una obra maestra, un nuevo enfoque de aquel desastre, un toque de atención y un intento de sepultar odios, todo ello desde un drama irónico revestido de una comicidad dispuesta a satirizar, que no banalizar, todo aquello que envolvió al español y lo español, en nuestra horrenda Guerra.

La Vaquilla es un documento imprescindible, más allá de sus méritos cinematográficos: es la España atrasada y retrasada, la España enfrentada porque sí una con la otra y la explicación perfecta de que en el fondo, a aquella sociedad de hace ocho décadas le sobró violencia y le faltó diálogo, porque le unían más cosas que le separaban. Para abordar el asunto, a Luis García Berlanga le bastó tirar de humor que lo único que hace es prepararnos para entender el drama. Así de sencillo. Sin embargo durante casi dos décadas, casi todas las películas que han sucedido a la obra genial del director salmantino estrenada en 1985, han presentado una visión sesgada, partidista, ideológica y dogmatizada de abusos, odios y rencores de España. O mejor, de una España. ¡Sobreentendemos que sus motivos tendrían!

Sin embargo, una docena de años antes de que Alfredo Landa o José Sacristán protagonizaran el largometraje de Berlanga con guión de Azcona, otro salmantino se atrevió a hacer una obra colosal con el añadido de rodarla, e intentar exhibirla aún vivo Franco. Es la genial película de Basilio Martín Patino, que comenzó a grabar en 1971 pero que, a pesar de burlar la censura franquista, no pudo estar a disposición del espectador hasta 1976, apenas dos meses después de la muerte de Franco. Una película del género documental que el día de su “estreno privado”, de su preestreno, protagonizó una de las anécdotas que ahora más risa nos pueden despertar pero que en su momento, constituyó todo un ejercicio de valentía por parte de su padre intelectual.

Bajo el título de “Canciones para después de una guerra” Patino llevaba a las oficinas de la censura un largometraje documental que fue analizado con lupa. Lo que vieron los grises censores del momento fue una colección de imágenes con letras famosas y conocidas de cánticos populares y agarrados a la memoria colectiva de los españoles que a priori, no despertaron el recelo de los encargados de decir si aquello era “moral y probo” o un sarcasmo que duraba 115 minutos. En efecto, Basilio Martín Patino, como Berlanga con “Bienvenido Míster Marshall” y otros pocos valientes y muy inteligentes magos, ocultó una crítica contumaz a la Guerra y el Régimen en algo que a simple vista, no era más que algo ñoño y ramplón. 

En 1973 se pre-estrenaba. A aquel acontecimiento que sin duda fue vendido como una exaltación franquista a lo que era ya casi historia, acudieron lo más granado del Gobierno, empezando por su Presidente, el que poco tiempo después fue brutalmente asesinado: Luis Carrero Blanco. Los privilegiados y elitistas espectadores sabían que por la pantalla iban a ver desfilar a Imperio Argentina, a Estrellita Castro, a Miguel de Molina, a Lola Flores, a Celia Gámez o a Juanita Reina. O sea, lo más escogido del artisteo patrio nada sospechosos de no ser franquistas y colaboradores “folclóricos” con el Régimen y lo que éste quería que vieran y disfrutaran los españoles.

Nada más comenzar, el Cara al sol”; una referencia a las decenas de miles de españoles que dedicaban canciones a través de la radio, en aquellas secciones de “discos dedicados”, desfiles militares que reconciliaban al más pintado mientras sonaba de fondo el chotis de Celia Gámez, “Ya hemos pasao”, pero de repente, el sarcasmo más irredento con la canción “Se va el Caimán”, imaginen por quién. La película daba una de cal, otra de arena, que lo mismo mostraban a un legionario que llevaba envuelto el cuerpo, a manera de sudario,  en la bandera nacional (como la letra del Cuerpo) para usar a Imperio cantando “Échale guindas al pavo” y dando paso a imágenes del NO-DO.

El pueblo hambriento se acompañaba de la canción “Mi vaca lechera”, un discurso de Serrano Súñer (el cuñadísimo, que después de ser todo fue invitado a no volver a aparecer ni por El Pardo ni por el Gobierno) en el que se le oye decir que “él nunca mentía”,  y la celebérrima “La bien pagá” en la voz de Miguel de Molina con imágenes de las GRANDES SEÑORAS del Régimen... Todo tan bien hilado, todo tan bien construido, que había superado la criba de la censura, había sido autorizada y ya se exhibía en los cines.

En uno madrileño, don Luis Carrero Blanco y su esposa. Aquello que era como una especie de álbum de la memoria de los casi 40 años que llevaba el Régimen, de repente fue descubierto... La esposa de Carrero Blanco se estaba dando perfecta cuenta que aquello no era más que una denuncia encubierta, una crítica contumaz escondida, un pitorreo a las memeces de unos y otros que llevaban entonces soportando los españoles, la nada desdeñable cifra de 34 años. Y con un grito rotundo, una enérgica protesta que le salió de lo más profundo, Carmen Pichot, la esposa del Almirante recientemente que al poco iba a ser designado por Franco para presidir el Gobierno y que unos asesinos acabarían con su vida al poco, se levantó de su butaca del cine y no dudó en gritar bien fuerte: “que fusilen al director”.  

A Carmen Pichot se le atribuyó siempre una capacidad innata para nombrar y destituir ministros y directores de Radiotelevisión Española, en su condición de esposa del número dos del Régimen. Y acto seguido, se paró la proyección de la cinta. Después, llegó el atentado a su esposo, la convulsión de los últimos años del franquismo y la muerte del Jefe del Estado. Y en 1976, poco después, meses acaso, Madrid volvía a revisar “Canciones para una guerra”... Pero ahora con otros ojos, la de una sociedad con aciertos rotundos y errores garrafales que son ya historia y que conviene escuchar de la boca de los historiadores que no se preocupen jamás de hacer política, venderse a los gobernantes ni resucitar los odios.


"Los horrores de la Guerra." 
Pedro Pablo Rubens, 1638

Basilio Martín Patino o Luis García Berlanga lo consiguieron... Pero por desgracia, en nuestra filmografía patria lo que sobran son partidismos, versiones sesgadas y mucha, mucha mierda subvencionada con el bolsillo de todos. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado David:
Antes de nada me gustaría felicitarte por tu blog y sobre todo darte las gracias, siempre que tengo ocasión me gusta echar un vistazo en tu espacio en la red de redes para leer tus entradas que son sin lugar a dudas la confirmación del refrán: "Nunca te acostarás sin aprender algo más".
La película de la que hoy nos hablas es una obra maestra excepcional. La selección de las canciones y las imágenes, la sutileza, el descaro y el propio montaje son sublimes. Además como granadino hasta la médula y como enamorado de la Semana Santa hay una parte que me cautiva: aparecen escenas grabadas de aquel mítico Vía Crucis de Albaycín durante el amanecer de Viernes Santo. La canción que acompaña estas tomas es el famoso "Lerele" de la inmortal Lola Flores. No conozco cual fue la intención real del director al asociar la canción a las escenas, pero de cualquier manera este cineasta plasmó en su película una celebración granadinísima que jamás debería haberse perdido.
Sin más, recebe un cordial saludo de Jesús de Granada.

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Jesús, no sabes lo que te agradezco las palabras. Pero sobre todo que entre todos saquemos a la luz esas cosas sobresalientes, tanto como desconocido, que todavía podemos cantar. La obra de Patiño, es desde luego, digno de contarse

Un gran abrazo