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domingo, 1 de junio de 2014

España en el Mundial

El Mundial a la vuelta de la esquina, la mayor parte de la población, enterrando odios y rencillas para unirse al “rival” de ayer bajo la camiseta de la Selección y Los miedos lógicos que nos vienen acompañando desde hace décadas. ¿Llegará España a tocar el cielo con los dedos en Brasil? El fútbol es quizá la cosa más importante de todas las que no tienen importancia, pero a lo largo de la historia algunos abyectos personajes se encargaron de que el deporte que parieron los ingleses, se convirtiera en algo más que una competición de los  mejores y fuese, una cuestión de Estado. Hoy, toca hablar del Mundial que hace 80 años, apeó a España a las primeras de cambio. Pero sobretodo, toca recordar que los errores del pasado, jamás pueden volver a repetirse. Deportivos y políticos.

La Italia de Mussolini debía vender cara a la opinión internacional la grandeza del estado fascista, esa pretendida imagen de la recuperación de las glorias de la Roma clásica. Y el dictador entendió que la mejor plataforma era el deporte, de modo que venía buscando que el estado  italiano fuera el organizador del Mundial de Fútbol años atrás. Su cabreo fue monumental cuando en 1930, Uruguay le arrebató el honor de la organización y para colmo, ganó el torneo. Cuatro años después el Duce no consentiría que nadie se le adelantara y usó todas las tretas imaginables y su verborrea pseudo-diplomática para que Italia fuera la sede del Mundial de 1934. En ese empeño, no dudó en presionar a Suecia, la otra candidata a albergar la competición, que acabó por ceder a las presiones.

Cuando la FIFA le anunciaba que los ojos del Mundo se posarían en Roma, Mussolini se dirigiría a Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol y miembro del Comité Olímpico Italiano, de la siguiente manera: “No sé cómo hará, pero Italia debe ganar este campeonato”. El dirigente futbolístico transalpino le contestaba que se haría todo lo posible. Pero el dictador se lo dejó más claro: “No me ha comprendido bien… Italia debe ganar este Mundial. Es una orden”. Y en efecto, la tierra fascista alzó la copa de campeón, pero desde luego, no gracias a un juego vistoso y efectista, sino a amaños y trampas que sufrimos muchos países. Y tal día como hoy, justo hace 80 años que una de las primeras víctimas fue la Selección Española de Fútbol.

Los equipos pasaban de ronda en un formato de eliminatorias a partido único, con prórroga de 30 minutos y repetición del encuentro en el caso de continuar el empate tras la prolongación. Fueron 16 selecciones las que arrancaban en busca de la gloria un 27 de mayo de 1934. El 1 de junio, el partido de mayor atractivo de la jornada de cuartos de final era el que enfrentaba a la anfitriona y a Italia en el Estadio florentino, ante 43.000 espectadores que casi sabían de antemano, la victoria estaba planeada a favor de los italianos. Aquello fue una batalla parecida a la de Ceriñola, más que un partido de fútbol. La dureza, ruda y contundente de los jugadores fascistas fue sufrida en las piernas hispanas una tras otra vez. Hasta siete españoles cayeron lesionados y desde el banquillo italiano, la consigna se repetía para espanto del combinado español: “Vencer o morir”.

España era muy superior, técnica y físicamente. Las estrellas hispanas estaban encabezadas por el mítico Ricardo Zamora, quizás el mejor portero de la historia, al punto que lo apodaban el Divino y por el delantero y goleador Lángara. Ellos dos comandaron una selección capaz de aplastar el día de antes a Brasil con un contundente 3-1 al tiempo que Zamora se convertía en el primer portero en parar un penalti en la historia de los Mundiales.  Y este encuentro no iba a ser distinto por lo que España ya ganaba en el minuto 31. Desde el palco, Mussolini gesticulaba. Los entrenadores italianos entendieron los ademanes: vencer o morir. Así que cerca del minuto 45, un delantero fascista agarraba a Ricardo Zamora dejando que su compañero empatara a placer ante una portería sin portero. El árbitro, sorprendentemente, no vio nada. Llegaba el descanso con empate a uno después de uno de los goles más escandalosos de la historia.

Cuando se reanudaba el partido, la tragedia era insospechada. A los pocos minutos empezaban las lesiones. Seis jugadores españoles, empezando por Zamora y Lángara, eran brutalmente asestados por los contrincantes. Las duras entradas y las tretas que seguía sin ver el árbitro sorprendían incluso a los espectadores italianos. Al día siguiente, la prensa francesa llamaba a este partido “La batalla de Florencia”; la dureza del partido impedía jugar el encuentro de vuelta y de desempate del día siguiente a Ricardo Zamora, que tenía dos costillas rotas tras una entrada en su área que no fue señalada ni como falta. El árbitro belga, posiblemente, puede ser el mayor vendido de la historia del arbitraje..

El 11 ideal del Mundial 1934

No iba a ser mejor el nuevo árbitro, esta vez suizo. Y es que no hubo remilgos, deportividad ni compasión. Los españoles Bosh, Chacho, Regueiro y Quincoces acababan lesionados; el colegiado anulaba dos goles legales a Regueiro y Quincoces y poco antes de que se cumpliera la hora, dejaba que subiese al marcador el gol del legendario Giuseppe Meazza, que batía a nuestro portero (Nogués, porque Zamora andaba ocupado en que las dos costillas rotas no perforaran un pulmón) gracias a un agarrón que otro delantero italiano le hacía. Al igual que en el partido anterior. El sobresaliente Giuseppe Meazza, da nombre al estadio de Milán, seguro que por aquella proeza: ganar con trampas y violencia al combinado español.
                                                  
Italia ya estaba en semifinales. Sufrirían otras selecciones el amaño arbitral y la dureza de la escuadra fascista. Cuando el árbitro que había comandado (por decir algo) el partido de desempate entre España e Italia regresó a Suiza, la Federación de su país lo expulsó de por vida. La FIFA se había dado buena cuenta de su vendida y repugnante actuación y repitió la condena, sacándolo del listado de árbitros internacionales y expulsándolo de por vida del arbitraje.


Italia ganaba su primer Mundial. Repetía al año siguiente. No sabemos con qué orgullo se lucen cuatro estrellas de campeón tras apear de tamaña manera a España de cuartos. Pero la historia hay que contarla para que no se repita. Y para que nunca más, como en otras ocasiones que permanecen  en nuestra retina, nuestra Selección sufra las dictaduras del deporte. A por todo, Campeones. 

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