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miércoles, 18 de junio de 2014

El laurel de la Reina

La infantería castellana es invencible a estas alturas de la Guerra. Su éxito reside en la estrategia militar impecable que idea Gonzalo Fernández de Córdoba y pone en práctica el Rey Fernando. Cierto es que destacados hombres de la guerra como el Marqués de Cádiz auxilian en estos menesteres. La artillería castellana es contundente y efectiva, de modo que la mezcla de ambos adelantos, están haciendo estragos en las filas nazaríes.

Es sábado, 18 de junio de 1491. Mientras que el grueso del ejército cristiano sigue acuartelado en el Campo de Santa Fe, los grandes de Castilla cercan cada vez más a la joya de la Corona. Granada amanece hostigada. Desde las torres de la Alhambra, los centinelas ven las tiendas de campaña de los hombres del Marqués de Cádiz, a una legua de distancia de las murallas del morabito del Genil. Dentro de la ciudad, el emir se resiste a hacerle caso al jefe de los ejércitos muslimes que pretende atacar a los cristianos y dejarles claro que Granada, no se va a rendir tan fácilmente.

Boabdil se acuerda de las noticias que le llegaron el día que sus hermanos de Málaga defendieron hasta la muerte el gran puerto del Reino. El calor puede ser mortífero para los cristianos y el verano está a la vuelta de la esquina. La fina y blanca piel de los mercenarios suizos y alemanes no aguantará el rigor del clima de Granada. La sultana Aixa, La Horra de los fieles, sigue insistiéndole que sus antepasados hubieran preferido la muerte antes que la cobardía de esconderse en el refugio impenetrable de los reales palacios. El Alcázar, mientras tanto, sigue siendo como lo describieron los poetas y en honor a su belleza, parece ajeno a lo que pasa a legua y media, quizás dos leguas de distancia de sus rojizas fantasías. Pero el rumor de armas cristianas, acobarda a Granada, sabedora que el rodillo bélico de los Reyes Católicos, está en al-Zawiya.

Cortejo del Bautizo del Príncipe don Juan

Francisco Ramírez de Oreña es llamado a la tienda real. Fernando e Isabel aguardan al artillero real para que les verifique si sus potentísimas lombardas serían capaces de llegar desde al-Zawiya a Granada, al menos para asustar lo suficiente a los granadinos. En la tienda, entusiasmado con la idea de empuñar una espada, de imitar a su padre, de emular la rudeza de los mercenarios suizos, el Infante don Juan, heredero de los Reyes, fantasea con una batalla. En menos de dos semanas cumplirá 13 años.

Un sobrino del legendario Ridwan, emparentado con los influyentes Ibn Sarray, es el hombre de confianza de Boabdil. Al final, consigue su propósito y se lanza a la escaramuza. Es todavía de madrugada, la vega huele a hierbas y mastranzo y Sulayr deja ver las primeras calvas en su perpetua estampa de nieve. La infantería granadina, con sus temibles arqueros como refuerzo, avanza sigilosa. Ha bajado desde la Alcazaba, superando la puerta del Sol y dejándose caer desde la última cerca del barrio de los alfareros en dirección a al-Zawiya. Van riéndose de que los cristianos la llamen La Zubia. Pero en cuanto tienen delante el campamento, se frotan las manos... Tal vez Alá los proteja y consigan infringir un duro golpe. En la mente de Abu-al-Qasim está raptar a uno de los soberanos o tal vez al hijo de éstos, al haber sido informados que anda entre la tropa el Infante don Juan.

La Reina ha salido bien de mañana. Quiere enseñarle a Juan la imponente vista que puede contemplarse desde esa alquería que llaman La Zubia. Quiere que comience a amar a esa tierra que siendo aún del Islam, es su obsesión desde el mismo instante en que fue coronada Reina. Quiere que mire la impresionante forma de las torres de esos palacios que quienes los han visto, han venido contando maravillas de sus interiores, como si los hubieran labrado los ángeles con un yeso que pareciera oro.

Nadie se ha percatado de la cercanía de la tropa granadina. De repente el estruendo no se hace esperar. Chocan aldabas con espadas, alfarjes con jinetas. Dagas cortas seccionan el cuello de los soldados castellanos. La Reina ha quedado aislada, en medio del fragor. Aprieta la mano con fuerza de su hijo Juan, que a pesar de las fantasías infantiles que horas antes le hacían disfrazarse de todo un hombre, deja claro que no es más que un niño asustadizo a punto de llorar, horrorizado ante el espectáculo de muerte que en minutos, los ha rodeado. Isabel mantiene las formas y la tranquilidad y en ese instante, sin armadura, sin cota, sin nada que la hubiera capacitado para luchar, más si cabe para luchar por la vida de su heredero (valor no le ha faltado nunca), hace lo que mejor sabe: y de rodillas, le pide a San Luis, rey como ella y cruzado como ella, que los proteja.

Ha pasado quizás una hora. Corre en algarada, todo lo que pueden los caballos elegantes y esbeltos de las cuadras reales de Granada, el Ejército Nazarí. Atrás dejan casi 400 muertos. Los cristianos cuentan bajas: más de doscientas; han conseguido vencer en la Batalla de La Zubia; el golpe para ambos, ha sido duro. Queda claro de ahora en adelante que Granada caerá por la técnica de la fatiga, cuando se quede sin comida ni bebida. El susto ha sido enorme y a pesar de su potencia bélica, Fernando es consciente que los nazaríes no se rendirán fácilmente. Lo que más le duele es que su propia esposa la Reina y su hijo, su único hijo varón, han estado a punto de morir, de ser raptados, de sufrir heridas a fin de cuentas.

En cuanto la reina se repone, Fernando perturba su descanso y le pregunta cómo logró escapar de aquel tumulto de muerte en el que se convirtió de repente el improvisado campamento cristiano de La Zubia. Sobre todo, lo que quiere es que le diga el nombre del soldado, del noble, de quién ha dado muestras de valentía, a punto de morir por su reina y el heredero. Lo menos que pueden hacer es colmarlo de bienes y privilegios por un gesto tan heroico como ese.

Laurel actual en el mismo sitio donde se produjo el milagro

Pero Isabel es contundente y precisa: nadie, nadie más que San Luis los ha salvado a su hijo y a ella. Rezó al santo de las cruzadas para que los protegiera y en ese mismo instante, un laurel próximo se dobló hasta el punto de camuflarlos debajo a ambos, ocultándolos. Así pasaron desapercibidos y así no pudieron ser vistos por los soldados nazaríes, cuyo propósito era el rapto si no la muerte de Isabel y por qué no, del heredero Juan.


San Luis en La Zubia

Desde entonces, un 18 de junio, tal día como hoy pero hace 523 años, en La Zubia, se recuerda el milagro del laurel que tapó a la reina, que la ocultó, que la protegió y que por intercesión de San Luis, permitió que la figura clave de Castilla, de aquella Guerra de Reconquista y de lo que iba a ser ESPAÑA, saliera ilesa de una batalla que pudo haber cambiado el curso de la historia, no de Granada o España, sino de la Humanidad. Por eso, desde ese día del que hoy se cumplen 523 años, en LA Zubia hay un Convento e Iglesia con el nombre del Santo francés que obró el milagro a petición de la Reina Católica. Y Por eso, no nos queda más que apuntar, que a pesar de que he querido novelar y poner parte de mi fantasía al hecho, ocurrió ciertamente la Batalla de al-Zawiya, cuando al Reino de Granada no le quedaba apenas, más que 6 meses de vida. 


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