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miércoles, 11 de junio de 2014

El arquitecto granadino

Conocido como el "Arquitecto de Tombuctú", el alarife del perfume, el sabio granadino, es otro de tantos hijos de Granada que ha sido minusvalorado por la Historia y olvidado por los suyos. Es la agigantada leyenda de Abu Haq Es Saheli, el perfumero, el disoluto, el rebelde, el arquitecto... Es la realidad de un artista sublime que triunfó a 3.500 kilómetros de distancia de su tierra y que fue recuperado para todos por la novela de Manuel Pimentel. Es la verdad de un de fama y prestigio. Un genio granadino.

Cuando hablamos de cómo la cultura musulmana entró tras la reconquista en un periodo de decadencia de la que hoy día, cinco siglos después, no ha superado, nos es imposible entender que sin el yugo de la religión, el mundo de al-Andalus, el más liberal, tolerante y abierto de los pueblos islámicos de la historia, nunca podría haberse dado. El epílogo, el canto de cisne de toda esa cultura centenaria heredera de Grecia y Roma se concitó en la Granada refinada y culta de los nazaríes. Y en este contexto nace Es Saheli en el año 1290, durante el emirato de Muhammad II.

Era un controvertido poeta de versos encendidos, temáticas eróticas y propuestas muy avanzadas para el siglo XIII. Su padre ocupaba el cargo de alamín, estaba encargado de dar el precio justo de las cosas y formaba parte del gremio de los perfumeros, una de las corporaciones laborales más prestigiosas y elegantes del Reino de Granada. La delicadeza y distinción lograda en estos tiempos queda patente en la fuerza que tenían los perfumeros, un desempeño laboral que pone de manifiesto el elevado estatus que se le concedieron a detalles como este, habida cuenta que en la Castilla del momento, el hedor corporal superaba lo creíble.

Sin alcanzar la madurez, pero dando muestras de su capacidad, Es Saheli era ya trabajador de la notaría de la Alcaicería, el zoco de más renombre y prestigio. La Alcaicería vendía oro, las sedas y los tejidos más costosos y también los tintes naturales prohibidos para casi cualquier economía doméstica. Su labor contable al frente del más distinguido comercio del sur peninsular y lugar de peregrinación de las caravanas comerciales más insólitas de todo el Islam le valió que el Gobierno de la Alhambra lo llamara para ocupar nada menos que el puesto de Secretario de la Cancillería Real. Es decir, estaría a su cargo el tesoro del Reino.



Su eficacia en los números era idéntica a la apetencia por el alcohol. Las noches granadinas fueron su perdición y el escenario donde escribir sus poemas. Era un adicto al licor de anacardo, de potente graduación alcohólica. En estos momentos ya estaba casado con una granadina de nombre Afiya, aunque como un intelectual, un erudito, un filósofo de la Antigua Grecia, compartía a partes iguales lecho con su primera esposa y un joven de nombre Abd al Allah que disparó las alarmas. No sé si el lector ha notado que la sociedad musulmana de la Granada del siglo XIV no estaba preocupada por el consumo de alcohol que prohíbe el Corán, pero sí que se encolerizó por la sodomía en la que descubrieron a nuestro protagonista.

Lapidado el amante, abandonado según consentía la tradición por su mujer y con los sabios del hadiz y los ulemas de la sharia en su contra, a Es Saheli se le ponía difícil la vida. Para colmo, los intérpretes de la ley vieron en sus versos apostasía, blasfemia religiosa y críticas al Corán. Aquella misma Cancillería Palatina de la Alhambra que le había dado el prestigio y el honor laboral, lo condenó a diez años de destierro. Desde el puerto de Almuñécar, partió hacia El Cario, vivió en Damasco y Bagdad, dejó constancia de su paso por Yemen, compiló libros que le abrieron a conocimientos milenarios, como los Misterios de Luxor del Antiguo Egipto faraónico y se nutrió de las corrientes culturales de los países por los que pasaba. El bagaje suficiente para hacer de él una figura enigmática e intelectual.

En el año 1324 motivado por algún recelo moral y con la seguridad de que la religión le devolvería la paz, realiza una peregrinación a La Meca en la que comparte estancia y labra una amistad con Kanku Musa. Abu Haq el granadino no lo sabía, pero estaba delante de un MANSA, es decir, el emperador de los negros que regentaba el Imperio de las doce tribus de Malí. Estaba delante de uno de los más poderosos africanos del momento que le insistía para que lo acompañara a los dominios del Río Níger, por debajo del Sáhara. De hecho, su pueblo era conocido como el Sahel, de manera que nuestro paisano recibiría el sobrenombre de Abu el del Sáhara, como debemos traducir “Saheli”.

Se convirtió en favorito del Emperador. Sus versos animaban y sorprendía al soberano, su popularidad en la corte iba en aumento y su capacidad de ordenar era grande. Así fue como un día, el mandatario de Malí le encargó renovar y hacer de aquella triste y pequeña ciudad la gran capital que pretendía. a Kanku Musa le rondaba en la cabeza una cosa: hacer una Mezquita que estuviera a la altura de la de Damasco, la de Bagdad o la de La Meca. Y cuando le confiaba ese deseo al granadino, nuestro paisano le espetó: "Poeta soy, y la arquitectura es la poesía del barro y la piedra. Al igual que recito, levantaré palacios y mezquitas",

Soprendente Mezquita Djingareyber de Tombuctú

Mezquitas, mausoleos, palacios y una ordenación urbana que recordaba la andalusí fueron naciendo de un material sobrio y sencillo, que le permitía hacer proezas pero a la vez, ser humilde y sencillo. El gobernante se despertó un día contemplando cómo el poeta y contable granadino Abu Haq, que ya todo el mundo conocía como Es Saheli, había hecho de Tombuctú la ciudad mágica que le serviría de tumba en 1346. Hoy día se le conoce como padre del arte sudanés, el gran arquitecto del Níger y la ciudad de Tombuctú es Patrimonio Mundial, destino obligado de la cultura y el arte de la Humanidad y sigue sorprendiendo, tanto como cuando fue saqueada y tomada por el rey rival de los Mossi, en el año 1337, que no se atrevió a tocar nada de su arquitectura de barro, de su grandiosidad y originalidad.


Una fantasía propia de un granadino. Como propio de un granadino es, olvidarse de los suyos...  

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