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jueves, 19 de junio de 2014

Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre


Un granadino, ciego de nacimiento y ausente muchos años de la ciudad, sabría la estación del año por lo que siente cantar en las calles. Nosotros no vamos a llevar nuestros ojos a la visita. Vamos a dejarlos sobre un patio de nieve para que no presuma más Andalucía. ¿Por qué se ha de emplear siempre la vista y no el olfato o el gusto para estudiar una ciudad? El alfajor y la torta alajú y el mantecado de Laujar dicen tanto de Granada como el alicatado o el arco morisco. Y el mazapán de Toledo, con su monstruoso ropaje de ciruelas y perlas de anís, inventado por un cocinero de Carlos V, expresa el germanismo del Emperador con más agudeza que su roja barbilla.


Mientras que una catedral permanece clavada en su época, desmoronando su perfil, eterna sin poder dar un paso al día próximo, una canción salta de pronto de su época a la nuestra, viva y temblorosa como una rana, con su alegría o su melancolía recientes, verificando idéntico prodigio que la semilla que florece al salir de la tumba del Faraón. Como un niño que enseña lleno de asombro a su madre, vestida de color vivo para la fiesta. Así quiero mostraros hoy a mi ciudad natal. La ciudad de Granada.


Para ello tengo que poner ejemplos de música. Y los tengo que cantar. Y esto es difícil porque yo no canto como cantante, sino como poeta. Tengo, poca voz. Y la garganta delicada. Así pues nada tiene de extraño que se me escape eso que la gente llama, un gallo. Vamos a oír a la ciudad de Granada:


El año tiene cuatro estaciones. A saber, invierno, primavera, verano y otoño. Granada tiene dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, mil y un surtidores y cien mil habitantes. Tiene una fábrica de hacer guitarras y bandurrias, una tienda donde venden pianos y acordeones y armónicas y sobre todo tambores. Tiene dos paseos para cantar, el Salón y la Alhambra, y uno para llorar, la Alameda de los Tristes, verdadero vértice de todo el romanticismo europeo, y tiene una legión de pirotécnicos que construyen torres de ruido con un arte, gemelo al del Patio de los Leones, que han de irritar al agua cuadrada de los estanques.


La Sierra pone fondo de roca, o fondo de nieve, o fondo de verdes sueños, sobre los cantos que no pueden volar, que se caen sobre los tejados, que se queman las manecitas en la lumbre o se ahogan en las secas espigas de junio. Estos cantos son la fisonomía de la ciudad, y en ellos vamos a ver su ritmo y su temperatura. Nos vamos acercando con los oídos y el olfato; y la primera sensación que tenemos es un olor a juncia, a hierbabuena, a mundo vegetal suavemente  aplastado por las patas de los mulos y los caballos y los bueyes que van y vienen en todas direcciones por la vega.



En seguida el ritmo del agua. Pero no un agua loca que va donde quiere. Agua con ritmo y no con rumor, agua medida, justa, siguiendo un cauce geométrico y acompasada en una obra de regadío. Agua que riega y canta aquí abajo y agua que sufre y gime llena de diminutos violines blancos allá en el Generalife. No hay juego de agua en Granada. Eso se queda para Versalles, donde el agua es un espectáculo, donde es abundante como el mar, orgullosa arquitectura mecánica, y no tiene el sentido del canto. El agua de Granada sirve para apagar la sed. Es agua viva que se une al que la bebe o al que la oye, o al que desea morir en ella. Sufre una pasión de surtidores para quedar yacente y definitiva en el estanque. Juan Ramón Jiménez lo ha dicho.

“Ay, qué desesperación de traída y de llevada.
Que llegará al rincón último en repetición sonámbula.
Quedarse con la cabeza en las finales murallas.
Se ha dormido el agua el sueño que la desenlagrimaba”.


Después hay dos valles, dos ríos. En ellos el agua ya no canta. Es un sordo rumor. Una niebla mezclada con los chorros de viento que manda la Sierra. El Genil, coronado de chopos. Y el Dauro, coronado de lirios. Pero todo justo, con su proporción humana. Aire y agua en poca cantidad. Lo necesario para los oídos nuestros. Esta es la distinción y el encanto de Granada. Cosas para adentro de la habitación: patio chico, música chica, agua pequeña, aire para que baile sobre nuestros dedos. El Mar Cantábrico o el viento fuerte que se despeña por las rocas de Ronda asustan al granadino, asomado, enmarcado, definido en su ventana. El aire se amansa; y el agua, porque los elementos de la naturaleza en hervor rompen la tónica de la escala humana y anulan, agotan la personalidad del hombre, que no puede dominarlos y pierde su paisaje y sus sueños.


El granadino ve las cosas con los gemelos al revés. Por eso Granada no dio jamás héroes. Por eso Boabdil, el más ilustre granadino de todos los tiempos, la entregó a los castellanos. Y por eso se retira en todas las épocas a sus diminutas habitaciones particulares decoradas por la luna. Granada está hecha para la música, porque es una ciudad encerrada, una ciudad entre sierras donde la melodía es de vuelta, ilimitada y retenida por paredes y rocas. La música la tienen las ciudades del interior. Sevilla y Málaga y Cádiz se escapan por sus puertos. Y Granada no tiene más salida que su alto puerto natural de estrellas.


Está recogida, apta para el ritmo y para el eco, médula de la música. Su expresión más alta no es la poética sino la musical, con una ancha avenida que lleva a la música. Por eso no tiene como Sevilla, ciudad de Don Juan, ciudad del amor, una expresión dramática, sino lírica; y si Sevilla culmina en Lope, en Tirso y en Beaumarchais y en Zorrilla y en la prosa de Bécquer, Granada culmina en su orquesta de surtidores llena de su pena andaluza. Y en el vihuelista Narváez y en Falla y en Debussy. Y si Sevilla el elemento humano domina el paisaje y entre cuatro paredes se pasean don Pedro y don Alonso y el Duque Octavio de Nápoles y Fígaro y Mañara, en Granada se pasean los fantasmas con sus dos palacios vacíos y la escuela se convierte en una hormiga lenta que corre por un infinito pavimento de mármol y la carta de amor en un puñado de hierba y la espada, en una en una mandolina delicada que sólo arañan si ruiseñores se atreven a pulsar.


Hemos llegado a Granada a finales de noviembre. Hay un olor a paja quemada. Las hojas, en montones, comienzan a pudrirse. Llueve y la gente se está en su casa. Pero en medio de la Puerta Real hay varios puestos de zambombas. La Sierra está cubierta de nubes. Y tenemos la seguridad que aquí tiene su cabida toda la lírica del norte. Una muchacha de Armilla, o de Santa Fe o de Atarfe, sirvienta, compra una zambomba y canta esta canción:

De los cuatro muleros,
que van al campo,
el de la mula torda,
moreno y alto.

De los cuatro muleros,
que van al agua,
el de la mula torda,
me roba el alma.

De los cuatro muleros,
que van al río,
el de la mula torda,
es mi marío.

A qué buscas la lumbre
la calle arriba
si de tu cara sale
la brasa viva.



Estos “cuatro muleros” se cantan al lado del rescoldo de paja de habas en toda la muchedumbre de pueblos que rodean la Sierra, en la corona de pueblos que suben por la Sierra. Pero avanza diciembre. El cielo se queda limpio. Llegan las manadas de pavos y un son de panderetas, chicharras y zambombas se apodera de la ciudad. Por las noches, dentro de las casas, se sigue oyendo el mismo ritmo que sale por las ventanas y las chimeneas como nacidos directamente de la tierra. Las voces van subiendo de tono. Las calles se llenan de puestos iluminados. Las campanas de media noche se unen con los esquilines que tocan las monjas al nacer el alba. La Alhambra está más oscura que nunca, más lejana que nunca. Las gallinas abandonan sus huevos sobre paja llena de escarcha. Ya están las monjas Tomasas poniéndole a San José, un sombrero plano color amarillo, y a la Virgen una mantilla... con su peineta. Ya están las ovejas de barro y los perritos de lana subiendo por las escaleras hacia el musgo artificial. Comienzan a sonar las carrañacas y entre palillos y tapaderas y ralladores y almireces de cobre, cantan el alegrísimo romance pascual de “los pelegrinos”:

Hacia Roma caminan
dos pelegrinos,
a que los case el Papa,
porque son primos.

Sombrerito de hule
lleva el mozuelo,
y la pelegrinita,
de terciopelo.

Al pasar por el puente
de la Victoria,
tropezó la madrina,
cayó la novia.

Han llegado a Palacio,
suben arriba,
y en la Sala del Papa
los desaniman.

Le ha preguntado el Papa
como se llaman.
Él le dice que Pedro
y ella que Ana.

Le ha preguntado el Papa
que qué edad tienen.
Ella dice que quince
y él diez y siete.

Le ha preguntado el Papa
de dónde eran.
Ella dice de Cabra
y él de Antequera.

Le ha preguntado el Papa
que si han pecado.
Él le dice que un beso,
que le había dado.

Y la pelegrinita
que es vergonzosa,
se le ha puesto la cara
como una rosa.

Y ha respondido el Papa
desde su cuarto:
¡Quién fuera pelegrino
para otro tanto!

Las campanas de Roma
ya repicaron,
porque los pelegrinos

ya se casaron.

1 comentario:

Anónimo dijo...

he encontrado informacion sobre que alguien habia predicho la
la abdicacion con 9 años de antelación del rey Juan Carlos I de España en su libro
Caesarem de Nostradamus. lo peor es lo que biene despues

Here is my site abdicacion del rey de España