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viernes, 13 de junio de 2014

Alejandro Magno

Hay figuras que trascienden su dimensión, a las que la Historia les ha reservad tal grandeza que nos resultan familiares a pesar de la insalvable distancia que transcurre entre sus hazañas y nosotros. Que hoy recordemos que hace 2.337 años moría el gran Alejandro Magno, nos recuerda que ciertos personajes de la historia encontraron la inmortalidad tejida a base de realidades y de una épica oral que fuimos forjándoles.

"Captura del rey de Poros". Charles Le Brun, 1673

Alejandro nació para reinar, lo educaron para gobernar y le exigieron que fuera un líder. Es el paradigma de hombre de Estado, instruido con una dureza espantosa pero alentado por igual en la cultura de la mano de Aristóteles. No sabía hacer otra cosa que las que hizo a la muerte de su padre, cuando deja de ser heredero para confirmar su reinado: gobernar con mano dura para controlar a los pueblos de dudosa fidelidad.

"Alejandro Magno en el Templo de Jerusalén" Sebastiano Conca, 1736. 
Este cuadro es el ejemolo perfecto de la helenización del Mundo.

El que quiere ser grande debe hacerse grande. La Historia nos ha demostrado que no hay pueblo pequeño capaz de sobredimensionarse y dominar al resto. Pero el Estado vasto y poblado alcanza sus metas sin necesidad del uso de la fuerza. Basta con dominar ideológicamente a los demás para alcanzar estos propósitos y el mundo griego debía vencer al persa. Mientras que desde la perspectiva bélica aniquilaba al enemigo, desde la postura culta por lo aprendido al lado de Aristóteles, hacía que las generaciones futuras se encontraran a gusto formando parte del mundo heleno. Esa fue la gran victoria que a día de hoy representan los Estados Unidos de América.

"Entrada Triunfal de Alejandro en Babilonia". Charles Le Brun (ca.1675)

Era un 13 de junio, 323 años antes de Cristo. Al Rey macedonio le faltaba poco para lograr su principal propósito: a punto de expirar no sabía que era ya una leyenda. Que sería fuente de inspiración para Julio César o para Octavio Augusto, que cuando Augusto descubrió su tumba, coronaría su momia con una diadema de oro y le besaría hasta el punto de partirle la nariz.

"La familia de Darío a los pies de Alejandro". Antonio Molinari, 1690.

Estaba a punto de morir y quizás envenenado, la figura capital del Mundo Antiguo sin haber perdido una batalla y decidió que era el momento de plasmar su recuerdo y perpetuar su nombre. Así que a horas de encontrar la muerte, citó a sus generales para expresarles sus últimas voluntades. Las tres últimas que serían como una carta de despedida para alguien que 24 siglos después, provoca incluso que nos acordemos de él en esta Alacena. Y les dijo:

Alejandro cortando el Nudo Gordiano. 

Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los propios médicos de la época, mientras los tesoros que había conquistado debían ser esparcidos por el camino hasta la tumba escogida, pero eso sí, siempre y cuando sus brazos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos. Eran los deseos más extravagantes jamás oídos y uno de sus generales quiso saber la rareza de esas voluntades. Y el Magno le contestó:

Reconstrucción del catafalco fúnebre de Alejandro.

Mi ataúd deben llevarlo los médicos... así el pueblo entenderá que ni los mejores especialistas tienen el poder de curar ante la muerte. Quiero también que el recorrido hasta mi tumba se llene con mis tesoros para que el pueblo aprecie que el oro, la plata y las piedras preciosas que podemos acumular se quedan en esta vida y ningún bien material te acompaña después de la muerte y quiero que mis brazos vayan al aire, para que los ciudadanos entiendan que cuando venimos al mundo lo hacemos con las manos vacías y con las manos vacías nos vamos.


Y así, un 13 de junio del año 323 antes de Cristo, pasados 2.337 años de aquel acontecimiento, la Historia está de acuerdo en todo, con Alejandro. EL MAGNO. Y muchos apuntan que su eterno descanso está en la Iglesia de San Marcos de Venecia.

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