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domingo, 11 de mayo de 2014

¡Qué virguería!

¿Atentos? La mayoría de vosotros vais a quedar estupefactos con el origen de esta expresión. El que avisa... 

"Togueter yet apart". Milan Hrnjazovic

Cuando releemos textos pretéritos a veces no nos damos cuenta que muchas de las cosas que se practicaron siglos, milenios atrás, toman de nuevo vigencia. Hispanoamérica, el pueblo gitano o la mujer de países islámicos ha venido a poner de moda una apetencia desmedida, una importancia sorprendente, a la virginidad como sinónimo de virtud, pero más allá de debates religiosos o éticos, a la virginidad como aprobación o reprobación de la sociedad. Al punto que mejicanas, dominicanas, egipcias o gitanas españolas, recurren a la cirugía para recuperar la virginidad. No, no se trata de un prodigio de la medicina del siglo XXI; no hablamos de un milagro a la altura de unos pocos genios del bisturí... tan antiguo como la noche de los días, la himenoplastia o reconstrucción del himen, fue practicada desde el Egipto faraónico a la España del Siglo de Oro.

En 1499 veía la luz una de las mejores novelas en español y de la historia del Renacimiento (muchos la incluyen en la literatura medieval) que escribía Fernando de Rojas: “La Celestina”. En uno de sus pasajes, Celestina le habla a Melibea que no ha de preocuparse por el virgo perdido, pues hay excelentes virgueros capaces de ocultar el desliz debido al hechizo que le hizo caer en los brazos de Calisto. O sea, que aparece una palabra reconocida en nuestro diccionario, persona encargada de reconstruir el virgo, que ya nos advierte de por dónde han de ir los tiros.

Relieve etrusco

Incluso en textos bíblicos, hubo alcahuetas y médicos que trataron de recomponer virgos. La mayoría de las veces se trataba de presentar un argumento falso de la virginidad, mediante algún engaño, postizo y una cápsula con sangre animal dentro de la vagina que al contacto del varón, se rompería, creyendo este estar realmente ante mujer de probadas virtudes. Otras veces, médicos especialistas de reputación contrastada hicieron  virguerías, es decir, la operación de reconstrucción del himen, del virgo. Y a partir de entonces, la palabra cobró fuerza y hoy también está en nuestro diccionario.

La virguería era el oficio del virguero, pero durante la Época Moderna, el atraso médico ponía en jaque a los galenos que irremediablemente tenían que poner muchísimo empeño, destreza y muestras de profesionalidad como para coser en tan delicado y doloroso sitio sin provocar (acuérdense que no había anestesia) la locura de la paciente. Así que el buen virguero, terminó por darle otro sentido, otra acepción al término virguería: el que posee una habilidad fuera de lo común, dotes supinas, es capaz de hacer algo prodigioso. Desde entonces, hacer virguerías es sinónimo de un trabajo primorosamente realizado, aunque nos remita a la himenoplastia arcaica y pretérita de la Biblia, de “La Celestina”, de la “Lozana andaluza” (1529) o de cuántos se atrevieron a ayudar a las mujeres pudientes, que a toda costa, tenían que demostrar su virginidad.


Los tiempos, en una casi totalidad, han cambiado. Pero todavía hay pueblos y culturas que reclaman virguerías. Eso sí, ahora usan anestesia. 

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