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viernes, 23 de mayo de 2014

La Tortajada

Fue una de esas mujeres capaces de provocar todo tipo de sensaciones en el público, con un físico infartante y el canon de belleza que redimía y condenaba a la vez. Bailaba, cantaba, tocaba instrumentos de cuerda y conseguía rendir los teatros de medio Mundo. Lo hizo por vez primera en Francia, con 15 años. Desde entonces, fue la artista y la mujer (ambas cosas) que volvería loco a París, fue contratada para posar para nada menos que 100 postales distintas, llegó a dar la vuelta al Mundo dos veces por los escenarios y teatros de países como Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Rusia, Sudáfrica o Suiza y tuvo el privilegio de ser recibida nada menos que por el Emperador Alemán y Rey de Prusia Guillermo II, por el Zar de Rusia Nicolás II, y el mismísimo Papa Pío X le concedió una audiencia privada.

Nació hace hoy 147 años. Era Consuelo Tamayo, fue descubierta por un empresario de espectáculos catalán, Ramón Tortajada, que le prestó su apellido para que triunfara y que la educó en la música y que ni la diferencia de edad pudo refrenarlo a casarse con esa niña de Santa Fe que en 1882 ya ponía en pie los teatros y salas de Montmartre. Así, la granadina se convertía en la primera artista española que triunfaba por el Mundo, superando a la otra gran española de la época, la Bella Otero.

En Londres actuaba en el Teatro Alhambra siendo presentada como “la encantadora y completísima bailarina española que ha deleitado en anteriores ocasiones al público”. Pronto, se convertía acaso en una de las mujeres más famosas de finales del siglo XIX, ocupando la prensa europea. Los diarios franceses aprovecharon el tirón de su figura para vender más periódicos e inventaban que en sus actuaciones pro Sudáfrica, había sido raptada por zulúes. Los tabloides ingleses copiaron la estrategia y soltaban bombazos (falsos, pero de gran tirón) relativos a su muerte en Nueva York. Aquella mujer era la primera “celebridad internacional” capaz de remover a la prensa y provocar el suspiro de los más poderosos del momento.

Sus visitas a Granada eran frecuentes. Cuando pisaba el Teatro Cervantes granadino, la recaudación se destinaba a los necesitados de Santa Fe; al fin, cansada de un ajetreo tan descomunal como el suyo, dejaba el mundo del espectáculo tras casi tres décadas en las que reyes, papas, ministros, periodistas y famosos, la habían ensalzado como la revelación musical y femenina del siglo. Y por supuesto, puso los ojos en su Granada para retirarse e iniciar una vida distinta, lejos de lo público pero no del lujo, porque decide comprar el palacete que el actor granadino Francisco Fuentes se había hecho construir en la actual Plaza Mariana Pineda a partir de 1844.

El suntuoso edificio no era otra cosa que los restos de una edificación nazarí de carácter defensivo que a costa de la muralla, al menos había respetado una kubba o torreón almenado, al que le había incorporado la vivienda con una inconfundible estética palaciega. Aquel edificio lujoso, abigarrado y digno de una celebridad internacional sin parangón como La Tortajada, fue otra víctima más de aquella irrefrenable moda de los años 60 en Granada, en la que la ciudad vivió la gestión del alcalde Manuel Sola, tan buena como mala a partes iguales, y que el precio de su populosa presencia fue el de muchos otros restos de la historia de la ciudad. Mientras Grace Kelly entraba por la Alhambra, el Teatro Cervantes, el Palacio de la Tortajada o el Barrio de San Lázaro comenzaban a expirar.

La Tortajada vivió con su esposo Ramón, que montó su Compañía de Automóviles capaces en aquel año 1907 de llegar a Motril en 7 horas; mientras recibía los beneficios de la primera red de transportes de coches (7 pesetas el viaje), se involucró en la sociedad cultural granadina, dirigiendo la Banda Municipal de Granada, tomando café con los Lorca, Melchor Fernández Almagro o Manuel Ángeles Ortiz o amenizando tertulias y veladas al piano. Hasta que se involucró más, pero con la cocinera del matrimonio. Ese día, salieron de la Plaza de la Mariana de madrugada, robando el joyero de Consuelo Tamayo que nunca más sería ya la Tortajada, despechada, humillada y traicionada.

Aquella casa, medio palacete, medio torreón defensivo, fue la cárcel de una mujer descomunal que vivió el mayor éxito que ninguna otra artista de su época pudo alcanzar ni acaso soñar. Aquel palacete que ahora hubiera cumplido 170 años (de no ser por los errores y horrores de los políticos franquistas granadinos que sucedieron al genial Gallego Burín), fue testigo de cómo la belleza se desvanecía, la vida pasaba y los días eran un ir y venir a la Virgen de las Angustias a escuchar Misa y desfallecer tras haber pisado los mejores escenarios y tratado de tú a Emperadores, Reyes y Papas.


Así, con 90 años, fallecía un año de 1957. Se fueron su vida y su historia de éxitos. Se fueron los recuerdos, el palacio, la historia, el patrimonio y un poco de Granada. Pero lo que se fue y tampoco volvió, fue una cocinera joven y... pongan ustedes el adjetivo.  

1 comentario:

Jose Carlos Moreno Botella dijo...

Ese desnudo no me consta que sea La Tortajada; ni se le parece. Un familiar.