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martes, 27 de mayo de 2014

El mayor héroe granadino de todos los tiempos.

Cuando los franceses están a tiro de piedra de Granada, las autoridades de la ciudad deciden rendirse sin oponer pelea alguna al invasor. No sabemos aún si esto salva el patrimonio y la historia de Granada o es un acto de cobardía, pero lo cierto es que gobernadores civiles, militares y personalidades eclesiásticas, se apuran en salir al encuentro de la columna que manda el conde Horace Sebastiani, un general que queda fascinado al descubrir los edificios palatinos de la Alhambra, hasta el punto de instalar en su interior la jefatura de su comandancia militar.  

Mucho sobrecoger la Alhambra a las autoridades galas, que desde el mismo de enero de 1810 se lanzan a su conservación y puesta en valor...  El propio rey impuesto desde París, el hermano del todopoderoso Emperador, se interesa sobremanera por el monumento. José I Bonaparte vivió casi dos meses en Granada y mucho se impresionó por el conjunto nazarita al punto de conceder una partida presupuestaria extraordinaria de las arcas públicas estatales para la conservación del patrimonio alhambreño.


Pareciera que la presencia napoleónica en nuestra ciudad fue extraordinaria. La construcción del Teatro Napoleón, de los jardines del Paseo del Genil, de los puentes sobre el Río... Sin embargo, los daños son múltiples, las pérdidas irrecuperables, los robos y expolios, a manera de botín de guerra, son ya un saqueo en toda regla. Los franceses acaban y arruinan con edificios históricos, se llevan una colección de pintura que fue seleccionada ex profeso para la confección del “Museo Josefino” y merman la estructura urbana de la ciudad. Hay un antes y un después, un padecimiento sin paliativos en la historia de Granada y una huella de robos y destrucciones que en su día recogimos en estas entradas.






Sin embargo y por alguna oscura razón que no llegamos a entender, ciertas opiniones incluso en nuestra prensa local han terminado por acuñar la frase de: “no fueron tan malos”. Los datos, pruebas de su destrucción y robo y las numerosas cuantías económicas exigidas a costa de las arcas del Cabildo Municipal, de la Catedral y de la Chancillería, dejan claro y evidente que para la historia y el patrimonio granadino, fueron furibundos. Un error y un horror. Y la prueba más flagrante, ocurría en la madrugada del 16 de septiembre de 1812, vencidos y aislados, cuando las tropas francesas abandonan la ciudad y perpetran, antes de marcharse, la que podía ser hoy la más llorada y lamentada pérdida del patrimonio histórico mundial. Esa noche, los franceses quisieron volar la Alhambra.

La residencia palatina nazarí había sido tanto dotada como esquilmada. A partes iguales, restauraron y destrozaron a placer los espacios alhambreños. En un intento por fortificarla, al haber instalado en ella el Cuartel de la Comandancia Militar napoleónica, hicieron de ella un bastión militar salpicado baterías de artillería. La zona más alta del complejo, precisamente del que sólo conservamos los cimientos, sirvieron para colocar cañones y otras piezas artilleras. En los Alixares y Santa Elena, no volvió a verse ni rastro del pasado patrimonial nazarí. Para subir las pesadas piezas, además, se necesitaron talar más de 3.000 árboles, se desforestó la zona que lucía como bosque desde Felipe V para dar paso a empalizadas y construir un perímetro blindado y férreamente custodiado. Ya vemos que no fueron tan positivos para nuestra entidad histórica, pero el crimen pudo haberse producido atendiendo a un protocolo habitual del ejército napoleónico: destruir cuanto se veían obligados a abandonar. Todos los torreones alhambreños que miran hacia el Generalife fueron destruidos.

Y es aquí cuando entra en escena una figura legendaria. Una placa en el camino de ronda de la fortaleza alhambreña nos recuerda que era Cabo del Cuerpo de Inválidos del ejército español. Se llama José García y a duras penas alguien pudo encontrar algún dato de él. Muchos, han llegado a cuestionar que en efecto, existiera. Tal vez se trataba de una hazaña contada por el pueblo para perpetuar la heroica resistencia de los españoles y un fundamentado odio hacia el francés.  

El Cabo, se lanzó hacia el reguero de pólvora que iba, una tras otra, reduciendo a escombros las torres. Pero cuando la mecha infecta y maléfica se acercaba a los Palacios Nazaríes, José García interceptó el reguero de pólvora con su propio cuerpo, salvando así de la el mejor conjunto palatino de toda la Edad Media universal y una de las obras más excepcionales del arte musulmán. Al parecer, José García se había quedado cojo casi dos antes, en la Batalla de Bailén luchando contra los franceses, en la que se convirtió en su primera derrita. Murió en 1834, hace 180 años, víctima de una epidemia de cólera morbo y los historiadores dijeron de él que “de este fantástico veterano no se han podido hallar antecedentes”.

Nada se sabe de él, lo que no es suficiente para tildar de legendaria o fabulosa su existencia. En primer lugar porque la gran parte de los archivos eclesiásticos arden en manos francesas. Esto nos impide dar con una partida de bautismo, que de todas formas, nos sería de poca utilidad. Del cabo sabemos que tenía uno de los nombres y uno de los apellidos más cotidianos de España, el mismo que millones de ciudadanos. En segundo lugar, puede que ni siquiera fuese granadino, que en medio de un país derruido que se había cobrado el 3,2 % de su población y dejado heridos y moribundos a otros tantos cientos de miles, no era el momento de averiguaciones. España, literalmente, estaba en pos de reconstruirla y no de buscar a un cabo inválido que había cometido tamaño bien para la historia de la humanidad.

El caso es que negado por muchos y desconocido por otros, los franceses se fueron de una Granada que ellos mismos sumieron en la ruina y expoliaron, intentando destruir el Monumento por excelencia y por todo ello, nosotros no negamos que don José García, Cabo español, inválido luego héroe en Bailén, una madrugada del 16 de septiembre de 1812, SALVÓ EL MONUMENTO DE MONUMENTOS a riesgo de su vida.


Eso sí merece los honores de toda una ciudad. 

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