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miércoles, 9 de abril de 2014

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Hoy recuperamos aquella línea seguida en esta Alacena de bucear en el origen de nuestras expresiones y descubrir cómo de centenarias y por curiosas, llenan y colman páginas de la personalidad de los españoles. Son dichos que nacieron todos de una circunstancias, un acontecimiento o una anécdota inmortal; en el ya dilatado conjunto de entradas de este blog, nos ocupamos de por qué “se atan los perros con longaniza”, qué nos lleva a decir que algo fácil “es una bicoca” o por qué alguien “ve menos que Pepe Leches”... Y hoy nos toca enterarnos de la cruenta y condenable manera que inmortalizó la frase que sirve de título a esta entrada.

La Inquisición fue uno de los más negros, represivos y censurables periodos de Europa. A manera de un tribunal encargado de velar por la fe católica y para combatir la herejía y los herejes, la Santa Inquisición nació hace nada menos que 830 años en Francia. Corría el año 1184 cuando se persiguieron a los cátaros en el Languedoc. Hubo una inquisición pontificia, otra portuguesa, otra italiana y la nuestra, la más duradera, la española. Los perseguidos fueron los herejes, los reformadores cristianos o los practicantes de brujería. Pero cuando se convirtió en un instrumento de represión con bendición estatal, la Inquisición entró en una locura incurable y cualquiera que alzase la voz, fue actor protagonista de sus métodos. En esta Alacena hemos hablado de cómo se persiguió a nuestros genios como Quevedo, Alonso Cano o el gran Goya, sin fundamentos y por el mero hecho de estar en contra del Gobierno y el poder.

Uno de los más terroríficos elementos empleados para sacar confesiones a los presuntos culpables, fue el instrumento conocido como peine, cargado de púas puntiagudas de acero con las que la piel del torturado acabaría desollada; la sádica perfección  de los verdugos no conoció límites y pronto, aquel peine que dejaba al acusado en “carne viva”, fue el empleo de la “tortuga”, una rueda que iba aplastando progresivamente al condenado al tiempo que quebraba articulaciones y huesos.

La “tortuga” nació en Francia y en los manuales inquisitoriales, se reservaba a las penas mayores, ya que se trataba de “peine forte et dure”, es decir, CASTIGO DURO Y CONTUNDENTE. Cuando la Inquisición acaba instaurada en España, sus métodos sádicos son aplicados, copiados e imitados. Llegaría “la hoguera, “la rueda”, “la doncella de hierro”, “la cigüeña” , “el cepo” o “el potro”. Y al final, el peine forte et dure, en español, se pronunció mal y se tradujo peor, de forma que los que sobrevivían a ello (pocos) o los que conocían de esa práctica, en vez de entender que era la pena o castigo más fuerte, lo tradujeron como el peine... Arriba, la pena supina de la Inquisición, mediante la tortuga...


Y así, propio de nuestro ser español y de nuestra identidad cultural, en donde es casi un mandamiento poner buena cara al mal tiempo y reírnos de las desgracias, fue naciendo, instaurándose y consagrándose la expresión: enterarse de lo que vale un peine... Desde luego, el condenado sí que se enteraba. Y como siempre la historia para explicarnos el por qué, hasta de nuestro lenguaje, nuestras expresiones populares y nuestra memoria colectiva. 

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