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lunes, 28 de abril de 2014

¿Por qué nos invadieron los musulmanes?

A trece siglos de distancia no será nada fácil contar lo que un 28 de abril del año 711 ocurría, para cambiar por siempre la historia de un pueblo. Los 14 kilómetros que separan África de Europa están siendo atravesados por decenas de naves severas y sobrias, rumbo a suelo peninsular. Miles de musulmanes se dejan arengar por Tariq, un aguerrido beréber al servicio del caudillo Muza que ha pactado con un noble hispano entrar en la Península Ibérica y ayudarlo a deponer a su rival, el rey de los godos, de los hispanos, de los españoles.

Un conde sin escrúpulos aguarda el desembarco. Juntan 12.000 soldados entre la partida militar llegada desde África y los sublevados que pretenden quedarse con el control de aquel mítico y vasto reino del que ha de nacer España en todo su sentido. No han de pasar tres meses para que los partidarios del rey y los fieles a la autoridad, se enfrenten contra los sublevados, sus socios africanos y cuántos comenzarían a escribir una nueva página en la historia universal. Junto al cauce del Río Guadalete, en la actual provincia de Cádiz, a punto de finalizar julio de ese año 711, Tariq Ibn Ziyad da muerte al Rey Rodrigo y entiende roto el pacto con los partidarios del conde Julián y los nobles godos que han capitaneado la sublevación. Vinieron para ayudar, pero con los ojos interesados y las manos frotadas al ver que al otro lado del Estrecho, la “tierra de los vándalos” les iba a procurar un hogar mucho mejor.

La historia de la invasión musulmana de la Península Ibérica es otro de tantos ejemplos de cómo la división interna de un pueblo trae funestas consecuencias. Musa ibn Nusair, gobernaba un parte del actual territorio marroquí y mantenía sanas relaciones con el Conde de Ceuta, don Julián, que a fin de cuentas era vasallo del rey godo Rodrigo pero partidario de uno de los bandos (quizás más de uno) en los que terminó descompuesto aquel mítico reino heredero de Roma y que conservó como ningún otro pueblo toda la tradición jurídica, administrativa y social del imponente Imperio Romano.

Muza era hijo espiritual del poderoso Califato de Damasco, al servicio de los intereses de los Omeyas, la más notoria de las familias musulmanas del Medievo islámico. Digamos que su relación con el Conde don Julián era de entendimiento; el godo tomó partido por intereses particulares antes que por los del reino, a la muerte de Witiza, el último gran rey de la Hispania de la que hablamos. La conclusión rápida de todo esto es que las fuerzas omeyas fueron llamadas por los hijos de Witiza.

El pueblo godo entró en una de sus frecuentes guerras civiles y solventó su inferioridad militar echándose en brazos del Islam, como ya hubiera ocurrido en otras ocasiones desde que en el siglo V, la monarquía visigoda se debatía en armas de hermanos. Pero cuando Tariq, hacia el 27 de julio de 711 vence a los godos en Guadalete, hiere de muerte al rey Rodrigo y consigue una aplastante victoria, el éxito obtenido por su lugarteniente no le va a agradar nada al caudillo Muza por lo que ocurre algo inesperado por los partidarios del bando de Witiza reunidos en la figura del Conde don Julián: una vez concluido el favor, los mercenarios omeyas rompen el pacto de ayuda y deciden proseguir por su cuenta lo que desde ese mismo instante debemos entender como la dominación musulmana en España.

De ahora en adelante nos interesarán varias cosas: la facción goda vencedora en aquella guerra civil entiende que aquellos musulmanes son sus aliados, que pronto establecerán con los nativos relaciones que van mucho más allá de las puramente militares. Los godos del Valle del Ebro, la destacada familia Casio, abraza el Islam y se convierten en los Banu Qasi; en el Levante, el noble Teodomiro es ahora Tudmir. Los ejemplos se suceden y en unas pocas decenas de años, se islamiza a velocidades de vértigo el pueblo directamente heredero de Roma. Quizás, por muchos empeños que los violadores de la historia estén poniendo en estos años para decirnos lo contrario, estamos asistiendo a una invasión que fue más allá de la militar: la conversión al Islam y el reconocimiento del poder y soberanía del Califato de Damasco significa que los godos de siempre puedan conservar sus posesiones, tierras, privilegios y estatus.

Si la jerarquía social goda acepta de buen grado la conversión y la imposición cultural de los musulmanes, el pueblo llano “imitará” sin pudor a sus señores y caudillos. A fin de cuentas, una nueva élite sustituía a otra, pero encarnada en los mismos gobernantes. Incluso se vence el escollo idiomático, pues la plena asimilación del árabe es un proceso lento. Sólo cuando el poder es detentado sin pudor, esto es, con la independencia de al-Andalus de Damasco y el paso de Emirato a Califato con capital en Córdoba, los ciudadanos que no quieran ser musulmanes, someterse al nuevo idioma, costumbres, tradiciones y vestimentas, dejan de ser parte del pueblo para convertirse en ciudadanos de segunda. Incluso el pueblo judío, que apoyó incondicionalmente al poder musulmán venido con Tariq, vivirá en primera persona el nacimiento de las primeras confinaciones urbanas que hemos venido a denominar gueto. En efecto, el gueto nació en la Península Ibérica bajo dominio musulmán, y las primeras matanzas intolerantes del pueblo judío, se darán en la temprana fecha de 1066, como la de Granada del 31 de diciembre de ese año.

Nacen castas, clases sociales, relegados, ciudadanos de primera, segunda y tercera, sólo por cuestión de fe. Los muladíes son los intermedios, cristianos descendientes de la cultura goda que se han convertido al Islam. Los que querían seguir siendo cristianos (mozárabes) estaban obligados a pagar un impuesto suplementario por el simple hecho de practicar otra fe distinta a la del Corán. El paso del tiempo no atempera las costumbres sino que radicaliza a los gobernantes. La entrada en al-Andalus de la escuela malikí, a finales del siglo VIII, es el punto de partida de algo nuevo: la lucha irreconciliable entre cristianos y musulmanes por primera vez en la historia.

Pero no abordemos todos los temas de aquel suceso que tal día como hoy de hace 1303 años cambió la historia de Europa y la nuestra. Nos habíamos quedado en el instante en que Muza siente celos del aplastante éxito de su lugarteniente y desembarca en la ya al-Ándalus, informado que tras la victoria de Guadalete, Tariq se ha hecho con una mesa que habría sido de Salomón y que estaba entre el tesoro real godo en Toledo. Aquella mágica y legendaria pieza le correspondía a Tariq y no a Muza y la disputa sólo podía finalizarla el mismísimo Califa Suleyman, de modo que a Damasco acudieron ambos interesados de manera inhumana por un objeto esotérico que contenía el secreto del nombre de Dios. El Islam entiende que Alá tiene 100 nombres pero que sólo ha revelado 99, siendo el último el que no se conocerá. En palabras del profeta, "Dios tiene noventa y nueve nombres, cien menos uno. Quien los cuente entrará en el Paraíso”.

Las crónicas árabes pusieron toda la fantasía literaria en este supuesto y magnífico botín en los márgenes de un río gaditano: “la mesa de Salomón, hijo de David, compuesta por una mezcla de oro y de plata con tres cenefas de perlas”. Y siguieron fabulando sobre tan histórico (para ellos también mágico) hallazgo, en tanto cuando el Emperador Tito destruyó el templo de Jerusalén y trasladó a Roma sus tesoros, aquella mesa salomónica fue depositada primero en el templo de Júpiter capitolio y luego en el palacio de los césares. Los godos, a su vez, saquearon Roma en el 410 y se llevaron las sagradas reliquias judías. Cómo creyeron los musulmanes que descansaron para siempre en la Península Ibérica, lo desconocemos.

La Mesa de Salomón o las joyas del Templo de Jerusalén no estuvieron en nuestro suelo patrio, pero de una envidia, una revuelta, una lucha y un mal entendimiento, la heredera de Roma se descompuso. Lo triste de esto es que España no aprende de su historia. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Le sigo de hace tiempo. Llegué a este blog por mi condición de cofrade. Sólo quería comentarle que echo de menos sus comentarios de Semana Santa y todo lo relacionado con ella.
Un saludo.

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Querido amigo, uno se da cuenta que hay muchas batallas que librar en otros campos y que en el cofrade, no siempre es oportuno decir y desdecir. Quién sabe si la distancia me dará y recuperará las ganas de contar cosas de la religiosidad popular. Pero siempre se agradece, no sabe cuánto, que algunos echen de menos lo que se cuenta.

El mayor de los abrazos.

Anónimo dijo...

Pues así es, al menos yo echo en falta sus opiniones y valoraciones sobre la Semana Santa granadina, que tanto sigo desde la distancia.

Ánimo y que nunca decaigan sus ganas y esfuerzo por seguir contando y narrando.

Un fuerte abrazo.

Anónimo dijo...

Pues es genial que cuente la otra cara de la historia, sin esta invasión y anulación cultural del 711, en Granada otro gallo cantaría actualmente la verdad.

Pero bueno, es lo que nos toca. Milenio arriba, milenio abajo, y todos deberíamos ser musulmanes ya que "el genocidio" de 1492 no es nada progre para el progre y "hipster" personal granadino y ¿andaluz? actual.

Un saludo desde el exilio.