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sábado, 5 de abril de 2014

Las emparedadas granadinas

"El Padre Eterno". Francisco de Zurbarán, hacia 1640.

Hasta fechas relativamente próximas la fe y la religiosidad se han vivido con un rigor y una contundencia que hoy nos abruma. El castigo, la represión divina y la necesidad de pagar nuestras deudas espirituales a base de sufrimiento y penitencia ha sido una constante en todas las religiones. Los cortejos procesionales del barroco se llenaron de empalados y de disciplinantes que laceraron su cuerpo para ofrendar ese dolor a Dios. La constante amenaza del infierno y aquel rol de Dios justiciero moldearon la sociedad. Desde la Antigüedad, la divinidad jugaba a su antojo con los mortales; judíos, musulmanes, cristianos (reformados, protestantes, ortodoxos o católicos) y cultos ancestrales desarrollaron su temor a Dios o a los dioses y se inmolaron para congraciarse con el Creador.

Lejos ha quedado esa imagen y ese miedo colectivo; a esa época responde una forma de hacer penitencia y una mortificación que nuestras mentes del siglo XXI no pueden entender. Y hoy toca hablar de un castigo auto impuesto, una disciplina elegida, que espanta. Se trataba del voto de tinieblas, o lo que es lo mismo, la elección libre y meditada de ¡emparedarse en vida! que aunque pueda resultar extraño, fue una práctica muy extendida en toda Europa y con varios casos que durante la época moderna se vivieron en Granada.


"Vírgenes Vestales". Jean Raoux, 1727

Existieron dos tipos de emparedamiento, uno impuesto, es decir, un castigo que se le infringía a la mujer por sus delitos y el que voluntariamente éstas escogieron con la autorización de sus familiares. Lo cierto es que la protagonista siempre fue la mujer, razón de más para resarcirlas a lo largo de la historia, aunque éste sea otro tema de debate. “Nada nuevo bajo el sol”, reza el dicho romano, ciertamente. Ya en Grecia, si las sacerdotisas consagradas a Vesta se atrevían a perder la virginidad, la peor falta de todas, el castigo era el enterramiento en vida y a su compañero se le conducía al suplicio. 

Celda de una emparedada en la Iglesia de San Marcos de Astorga. 

Pero a lo largo de aquel barroco hispano tan particular y acendrado hubo diversos casos de mujeres piadosas que abandonaban la familia para adoptar una vida contemplativa, otras que abrazaban una existencia dura y dolorosa dedicadas a la oración... y a la mortificación y al fin, religiosas que abrazaban una penitencia incomprensible y una fe inclemente y con el permiso de los Obispos, se recluían en un habitáculo adosado a una Iglesia. Era un espacio mínimo, con tan sólo un pequeño hueco para poder seguir los oficios religiosos y que se usaba para dejarles los escasos y casi insanos alimentos que les proporcionaban las propias familias o los fieles. Porque el pueblo, ávido de distracciones, veía a estas mujeres que no siempre eran monjas, como las más devotas, piadosas y ejemplares personas que voluntariamente decidían olvidarse de cualquier placer terreno para dedicarse a rezar por los demás a costa de un padecimiento sin igual que ofrecían por la salvación de la Parroquia, de la comunidad religiosa o de la sociedad en general.

"Traslado de monjas". Anónimo, 1738.

El hueco, porque tal vez no podemos hablar ni siquiera de habitáculo o de recinto, era insalubre, peor que una celda y dado a condiciones de humedad y de rigor climático que acababa por enfermar a la sacrificada devota que se había decidido a realizar ese voto. Ni los reclusos de la época vivían tan mal como ellas, que además libremente habían escogido ese padecimiento, producto de un misticismo inexplicable, pero otras veces por razones mucho más mundanas. Las hubo que se decidieron a llevar tan penosa existencia con tal de alejarse de unas tiránicas familias que tal vez querían casarlas con algún decrépito caballero. Y no olvidemos que fue también un castigo a las adúlteras y que fue una pena de algunas comunidades de monjas.

La puerta de la entrada de aquellas celdas eran tapiadas para abrirse solamente cuando la reclusa hubiera muerto. En España empezaron a ser conocidas como  muradas, y aquella nueva religiosidad iba en aumento, hasta el punto de que los Reyes Católicos proclamaron el privilegio de exención de alcabalas para las emparedadas. Pero al fin, la Iglesia actuó. Sobre todo porque el pueblo empezó a venerarlas, a idolatrarlas como santas en vida, con propiedades adivinatorias, capaces de hacer milagros y con la magia de sanar. Así que en 1693 se dieron órdenes explícitas y algunos Obispos condenaron a las muradas. Los sínodos y los decretos arzobispales no tardaron en llegar, dando por concluida esta práctica que los ciudadanos del siglo XXI no podremos jamás entender y que se dio por acabada hace ahora 320 años. 

En Granada hubo emparedadas en las parroquias de San Gil y de Santa María Magdalena; no sabemos si por castigo o por decisión propia, Sor Ana Bueso, de la Orden Jerónima de Santa Paula y la religiosa capuchina Sor Carmen Gaitán, fueron muradas. En la colación albaicinera del Salvador, una vecina religiosa, Sor Clara Montalbán, vivió esta experiencia. Y cuando los franciscanos terceros abandonan el antiguo Convento de San Antón y dejan la Ermita del Santo Sepulcro de los Rebites, allí se recluye y empareda María Toledano, que permaneció así  27 años. La Iglesia granadina las recordaba y hasta celebró misas en honor a estas “sacrificadas” por Dios.  

Pero las hubo también castigadas al emparedamiento, como recuerda en “Anales de Granada”, Francisco Henríquez de Jorquera, que nos contó que en septiembre de 1615, pasó esto: “Hicieron justicia en esta çibdad de Granada de un hombre llamado Gaspar Dávila, torcedor de seda, por haber rompido la cerca de la huerta del monasterio de monjas de Santa Ysabel la Real para sacar a una monja del dicho monasterio o tener que ver con ella, por lo qual fue ahorcado en la Plaça llamada Nueba por sentencia de los señores alcaldes de corte de esta Real Chancilleria; y la dicha monja, que por ser de calidad no la nombro, fue mandada emparedar viva en el dicho monasterio, amén otros rigurosos castigos que le mandó dar su religión”.

Por cualquier motivo, un legajo conservado en en el Archivo de la Curia de Granada, “Usos y costumbres viejas”, del año 1715, recordaba que la brutal expresión de fe o de castigo, hacía años que se había finiquitado: “Tened en cuenta que es costumbre vieja en las comunidades de monjas emparedar y dejar morir de hambre y asfixia a la profesa que viola o rompe las reglas, especialmente el voto de castidad”.

Pero antes de juzgar, recuerda que desde nuestra mentalidad y sociedad, no podemos. Y que para bien y para mal, esa sociedad del Barroco capaz de lo que acabas de leer, fue la misma que con esa forma de pensar dio los mejores capítulos del arte, las letras y la cultura posiblemente de la historia. 

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