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viernes, 11 de abril de 2014

Imágenes Sagradas

Santísimo Cristo de San Agustín, Sagrado Protector de la Ciudad de Granada
Jacopo Torni (1520-1526)

Pocas veces se ha contado esta anécdota y conviene hacerlo con cautela y omitiendo los nombres de los actores principales. Ocurrió en los meses previos del regreso a las calles del Santo Crucifijo de San Agustín, que sucedería el Lunes Santo de 1993. “Alguien” conminó a uno de los hermanos que actuaba como portavoz de la Hermandad que la salida se produciría siempre y cuando el portentoso Crucificado contara con una réplica que preservara la integridad estructural de tan valiosa Imagen. Nuestro hermano respondió como debía y su dilatado temple le guió: “privar del icono original y verdadero a los fieles carece de sentido. O es el mismo Cristo de San Agustín el que regresa a las calles de Granada, o no lo hará otro que lo simule”. A Dios gracias, fue la casi cinco veces centenaria Talla la que procesionó aquella noche y lo seguirá haciendo mientras su estela devocional no se apague.

Santísimo Cristo de la Misericordia, Hermandad del Silencio. 
José de Mora, 1695. 

¿El arte tiene alguna función? A partir del siglo XX se le sumó otra más que entra en competición con el verdadero espíritu de las imágenes bendecidas: el arte por el arte o el placer de la contemplación. Las representaciones de Cristo, María y los Santos, jamás podrán ser piezas de museo, obras de arte carentes del pulso y el latido que la veneración de los fieles les otorga, so pena de convertirlas en tristes divertimentos de historiadores del arte y en objeto de fotógrafos y “diletantes” de lo estético. Cuando una soberbia talla y una magnífica policromía hagan el conjunto de una pieza digna de llevar a un museo, ese día habrá muerto la imaginería como producto de la escultura religiosa, como acicate para los devotos y como testimonio del sentimiento de los creyentes. Pero Granada apura la lógica para desdecir lo que el sentido común recomienda. Y advierto que en esto hay que dejar fuera a hermanos oficiales, a cabildos y devotos, los primeros interesados en preservar sobrada y cuidadamente las Imágenes de su fe y en hacerlas llegar al resto del pueblo.

Santísimo Cristo del Perdón de la Hermandad de la Aurora. 
Diego de Siloe (1539-1550)

En el taller del imaginero, el del siglo XVI y el del siglo XXI, se sabe a la perfección que toda obra destinada al culto público ha de ser tratada con las técnicas y procesos correspondientes como para soportar los envites del paso del tiempo y las inclemencias y rigores de las salidas procesionales. Más allá de este planteamiento, los restauradores se forman para contener cualquier degradación y restañar a su origen las partes de la Obra que lo necesiten. En pleno siglo XXI, negar la eficacia rotunda y contrastada de los profesionales, es insultar el intelecto de los que un día abrazamos académicamente el arte. Desde la perspectiva del cofrade, con todo lo que de práctica fe supone, exponerlo a situaciones tan atípicas como las de las réplicas de Imágenes devocionales es arrojar piedras sobre el propio tejado.

Santísimo Cristo del Consuelo. Hermandad de los Gitanos. 
José Risueño, 1698.

No quiero pensar a qué nos puede conducir esto. Llegaríamos a desacralizar las Obras de imaginería. Las convertiríamos en divertimentos artísticos, obligaríamos a sus fieles a poder sustituirlas fácilmente por otras reproducciones más mundanas y cercanas, como la foto de la mesita de noche, de la cartera, de la pared de casa. A fin de cuentas, los defensores de las “copias” insisten en que la Imagen que despierta devoción sigue ahí, aunque se trate de una “réplica” del original.

Bien, ahí sigue igualmente en la cartera de su devoto, perfectamente representada, incluso con la opción de observar detalles del rostro o de su anatomía más sugerente y ungida de piedad gracias a las fantásticas reproducciones fotográficas de las que ya somos capaces. ¿En qué se diferencia entonces? ¿Para qué la asistencia a los Cultos de Reglas si queda constatado que las Imágenes son el instrumento menos válido? Ante esto, el hermano decidirá entonces celebrar el sacrificio de la Misa en su parroquia más cercana, desasistiendo a su Hermandad y a las celebraciones cultuales que ésta convoque, ya que a fin de cuentas, la devoción que la Iglesia nos inculcó desde hace 1.200 años (con San Juan Damasceno a la cabeza) parece caduca.

Nuestra Señora de la Soledad, antigua Virgen de los Dolores de Servitas.
José de Mora, 1671

Afortunadamente, la especial sensibilidad de nuestro Pastor don Javier, nos hace pensar que la tónica de estos últimos casi 40 años puede cambiar; la antigua Virgen servita regresó. Porque además de las funciones catequéticas, las prerrogativas didácticas y las cualidades estéticas y de contemplación, Nuestra Señora de la Soledad en el Calvario que José de Mora nos legara en 1671, como el Crucificado del Consuelo o el de la Misericordia, como el Señor del Perdón, es insustituible, y todo ello a pesar de las virtudes demostradas por mi admirado Antonio Barbero Gor.

Entierro de Cristo. 
Jacopo Torni, 1520-1526

Y es que quizás, como aquel hermano mío dijera a quién correspondió en las fechas previas a aquel Lunes Santo de 1993, hay Imágenes, que no obras de arte dignas de ingresar en un Museo, que no hay quién las simule. Y cuando se ha hecho, murió la función primera y primordial para las que un día fueron concebidas: servir a la fe y a los devotos. Pregunten si no por la olvidada Virgen de la Antigua o marchen un día hasta el Museo de Bellas Artes, que no verán jamás un visitante, rezar ante el Entierro de Cristo de Jacopo Torni.


¡Por mucho que esté bendecido!

1 comentario:

sinelabecastulo dijo...

Ante todo enhorabuena por su blog.
Y ya entrando en el tema de su entrada, enhorabuena, ya que al fin leo a un granadino estar en contra de que se saque una copia a la calle ya que si no la original se dañaría...señores que creen eso, las imágenes nacidas para crear devoción y recibir culto deben ser eso, no piezas de museo.
Un saludo y reiterar mi enhorabuena por su blog.