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sábado, 26 de abril de 2014

Eunucos

A Roma llegaron para remover de forma inaudita las costumbres. Nada de hacer sacrificios a los dioses (los primeros cristianos fueron los pioneros del ecologismo), nada de respetar las costumbres ancestrales que no se basaran en el mandamiento oral que dejó un galileo y nada de adorar al Emperador como al dios poderoso escapado del Olimpo. Y el miedo a lo nuevo prendió rápido en una sociedad perfectamente organizada y sabedora de controlar todo el Mundo merced a su fuerza militar y su avanzada organización social. Pero es que aquellos primeros, reales y verdaderos seguidores de la palabra de Jesús el Cristo, estaban convencidos que los mensajes pronunciados en Palestina, iban a cambiar el Mundo.

Fue tiempo después cuando por razones tan diversas y variadas como multitudinarias y complejas de explicar, el cristianismo cayó en lo que hemos venido a titular “la obsesión por el pecado”. Quizás el origen de toda una redacción de normas que continúan hoy en vigor esté en aquella Granada de hace más de 1.700 años, escenario de uno de los Concilios más importantes de la historia del cristianismo, el de Elvira del año 303. A aquella reunión grandiosa de la Granada de comienzos del siglo IV se le sumó el Edicto de Milán (314) y al fin, la aparición de las primeras comunidades eremíticas deseosas de recuperar la verdadera espiritualidad postulada por Cristo. Los excesos de aquel clero fueron frenados de golpe por las actitudes más contrarias y contrapuestas pensadas, naciendo prácticas piadosas y absolutos excesos de ascetismo que se resumieron en una sola cosa: huir del pecado y la tentación.


Porque la mejor manera de apartarse de la tentación, fue, la macabra y espeluznante práctica de la castración a la que muchos cristianos piadosos se sometieron voluntariamente e incluso se auto practicaron en un convencido intento por alcanzar la santidad. Entendieron que la mejor manera de luchar contra el apetito sexual fue la auto emasculación y asociaron ésta a la idea de pureza y la castidad. De forma caprichosa, a un periodo histórico de excesos le sucede otro de remedios; en ambos casos, lo drástico anda de por medio. Puestos los cimientos del celibato en la Granada de hace 17 siglos y convertidos en ejemplo social por parte del Imperio, los cristianos del siglo IV aunque parezca contradictorio, se convirtieron en los primeros eunucos voluntarios y consentidos de la historia de la humanidad.

Los casos fueron recogidos por los cronistas de la época, como el que nos relata Justino hacia el año 150 cuando un joven de Alejandría, solicitó al gobernador romano permiso para ser castrado; 150 años después, el romano  Sexto, se convertía en el controvertido autor de un libro moralista, que defendía la castración como medio para alcanzar la perfección cristiana. Pero curiosamente, mientras una buena parte de la ciudadanía cristiana del siglo IV empezó a ver a los castrados, a los eunucos, como verdaderos santos y modelos de vida casta y pura, los Obispos condenaron aquella cruenta moda y la prohibieron por tratarse de una actividad cruel y contraria a la fe cristiana. No se era santo por huir del pecado eliminando la tentación con la castración, sino vencerlo con el esfuerzo y el sacrificio.

Mientras que los obispos comienzan a actuar con lógica y criterio, entre los cristianos más ortodoxos nace una comunidad de monjes, llamados valesianos en la actual Anatolia turca, que defiende la autocastración como único medio de ascender al los Cielos. Pero aquellos monjes de cuya existencia ya se sabía en el año 378 no se limitaron a salvarse a sí mismos, sino a procurar la redención de todos sus vecinos por lo que comenzaron a castrar por la fuerza a cuantos incautos rondaban los monasterios valesianos, que antes del siglo V, habían sido condenados y señalados como herejes por la Iglesia, no sin antes arrastrar a algunos famosos a su locura, como  Orígenes de Alejandría, que se castró por voluntad propia.

El cristianismo venció aquella corriente, se impuso a tan brutal práctica pero la idea de la castración, por voluntad propia o aceptada, fue entonces tomada por otra religión, la musulmana, quizás por influencia de la cultura persa. Lo cierto es que el eunuco comienza entonces a asociarse a la cultura del Islam al conocerse en Europa que los hombres más pudientes demandaban con fruición eunucos que se encargaran del cuidado y mantenimiento de sus esposas. De sobra es conocido que el musulmán puede tener cuántas esposas quiera siempre que las pueda mantener y responder de ellas. Y nada menos sospechoso que un castrado para relacionarse libremente con las mujeres de aquellos legendarios harenes otomanos y de algunas cortes musulmanas. Curiosamente, el harén en al-Andalus sólo se dio en los primeros siglos de dominación musulmana, jamás fue tal en el Reino de Granada y ni siquiera debemos entender como harén al afamado Palacio de los Leones de la Alhambra, aunque sí que la corte nazarí de Granada tuvo a varias “esposas” del emir, pero como algo habitual en el mundo musulmán y no como un recinto palatino destinado a satisfacer las necesidades sexuales del “príncipe de los creyentes” de los granadinos.

Algunos eunucos (y siempre hablando del Mundo Antiguo o del Imperio Otomano) llegaron a ser importantes funcionarios, destacados políticos e influyentes cortesanos, por su cercanía y sobretodo fidelidad al soberano. Pero regresando a la España musulmana, esto es, a al-Andalus, el eunuco existió pero de forma muy distinta a lo que los pintores orientalistas y los literatos del romanticismo nos inculcaron: se trataron de infieles, o lo que es lo mismo, cristianos capturados en las razzias andalusíes que eran destinados a simples esclavos, como moneda de intercambio con otros musulmanes capturados por los cristianos y en último caso, destinados a ser de por vida, eunucos.

Nos movemos en tiempos del primer Califa de Córdoba, Abd-al-Rahman III, que fue el primer demandante de eunucos que asistieran la fabulosa corte de Medina Azahara. Aquella ciudad palatina necesitó de hombres capaces de atender las labores domésticas que les fueran necesarias a las favoritas del Califa por lo que llegó a crear verdaderas academias de eunucos, lo que desembocó en mercados legales y consentidos por el poder islámico para satisfacer el alto número de servidores del harem que requería Medina Azahara. El mayor mercado de eunucos estaba en Córdoba, pero las “fábricas” de castrados fueron las poblaciones de  Lucena (Córdoba) y Verdún (Francia). Una vez capturados, los esclavos eran conducidos a una de estas ciudades, capaces de castrar sin riesgos a los esclavos, aunque el tanto por ciento de mortandad en operaciones tan arriesgadas que se llevaban a cabo hace más de 1.000 años, no es de extrañar que fuera alto.

"Tres hombres".
Óleo del pintor granadino, Gabriel Morcillo Raya. 

De Lucena pasaban al gran mercado de castrados de Córdoba para luego, ser vendidos a las cortes de África o quedarse en la califal. Algunos señores locales emularon a su poderoso Califa, tanto a la hora de poseer su propio harén como de ser atendido éste por eunucos. Los esclavistas y mercaderes de castrados fueron los judíos y los cruentamente sometidos, torturados y vejados, los cristianos. Curiosidades y hechos históricos que demuestran, por enésima vez, la GRAN MENTIRA DE LA CONVIVENCIA DE CULTURAS en el al-Andalus que nos quieren vender los políticos de la Junta de Andalucía.


Pero, pese a quién pese, esto nunca ocurrió en el viejo Reino de Granada. Por algo será

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Antes de nada me gustaría felicitarle por su magnífico blog y por la calidad de la mayoría de las entradas que en él aparecen. Desgraciadamente esta controvertida práctica tuvo continuidad en la Edad Moderna cristiana en el ámbito de la música. Durante los siglos XVI, XVII, XVIII e incluso XIX muchos niños de coro europeos fueron cruelmente mutilados en pos de mantener las cualidades sonoras de sus voces prepúberes. Tanto en el ámbito católico como en el protestante la intervención de la mujer en lo religioso era vista como algo perverso y esta "terrible manipulación genética" era la única manera de poder incluir voces de registro agudo en los conjuntos corales de las catedrales e iglesias europeas. Pero e aquí lo más interesante de este asunto, España una vez más fue pionera en lo que a derechos humanos se refiere. Esta práctica fue prohibida en el siglo XVI en nuestro país y en todas sus colonias. Severas penas eran impuesta a quienes practicaban este atropello o inducían al mismo. A pesar de esta prohibición hasta nuestro país llegaron famosísimos cantantes castrados europeos para deleite de reyes y de los más cultivados en lo musical. Destaca especialmente el caso de Farinelli, un "castrato" italiano que llego a ser un personaje destacadísimo de nuestro siglo XVIII, hasta el punto de estar retratado en la bóveda de una de las escaleras del Escorial.
Una vez más le felicito por su blog y le agradezco sus entradas
Saludos

David R.Jiménez-Muriel dijo...

No sabe lo que agradezco el comentario y sobretodo el estímulo que supone; pero sobretodo porque los datos que aporta sirven para plantear nuevas entradas sobre los "castrati". Qué hubiera sido de nuestro Felipe V sin su Farinelli.

Gracias, muchas gracias.