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jueves, 24 de abril de 2014

Ceuta y Melilla

"Recuperación de Bahía". Juan Bautista Maíno, 1635.

El siglo XIX ha sido el verdadero fin de la potencia cultural, económica y social de España. Desde la Invasión Francesa a la pérdida del Imperio pasando por la incapacidad política y las revueltas continuas, la decimonónica fue la puntilla a cuanto de bueno le quedaba a esta Patria. Y en todo esto jugaría un papel destacado el entonces regente, el valido de Carlos IV, un inútil de marca mayor y de ambición sólo superada por otros validos de la Edad de Oro, que caminó a lo largo de su gobierno, saltando de disparate en disparate.


Mal comenzaba el siglo para España. Un continuado periodo de sequías y la suma de varias cosechas improductivas habían puesto en jaque a la población. Faltaba pan, el que se podía adquirir se hacía a precios imposibles y tardaban en llegar ideas para paliar el hambre del pueblo. En 1801, Godoy inició los trámites para comprar trigo a Marruecos, el país que había sido el primero en reconocer a Estados Unidos como nación independiente y en permitir una embajada del futuro gigante en su suelo. Pero las malas relaciones históricas con la corte norteafricana no iban a cambiar de la noche a la mañana y reinando en Marruecos el Sultán Mulay Sulaymán, a nuestro inepto gobernante no se le ocurrió otra cosa que darle una orden impensable y producto de su ineptitud: ofrecer Ceuta y Melilla a cambio del necesario trigo.

Sulaymán de Marruecos se negó. Parte de su política fue siempre la de cerrar el comercio a españoles y portugueses, era aclamado como padre de la patria al conseguir la unificación del estado desde 1795 y animado por sus continuas victorias frente a sus hermanos y aspirantes al trono, estaba convencido que no haría falta que los españoles, descompuestos en la honra, le regalaran las codiciadas plazas de Ceuta y Melilla, porque se haría con ellas por la fuerza. De modo que a Manuel Godoy se le pasó por la cabeza otra de sus peregrinas y poco meditadas ideas: la ocupación de Marruecos con el fin de asegurarse para España un granero sin igual que ya había sido despensa del Imperio Romano. El Norte de África debía caer en manos de la Corona Española.

El hambre apretaba, el pueblo se alzaba en protestas y para colmo, las lluvias caídas durante el invierno hicieron disminuir las peonadas de trabajo en el campo, por lo que los jornaleros tuvieron que hacer frente a largos períodos de inactividad casi sin recursos. Cuando más desesperante era la situación, toca a las puertas de la corte la figura de Domingo Badía y Leblich, un catalán enamorado de la cultura musulmana que comenzó a despertarse en él en la población almeriense de Cuevas de Almanzora. En 1802 exponía un plan para viajar a África, estudiar los países musulmanes y poner sus investigaciones al servicio de España. Para ello, y dado que entre otros, el sultán  marroquí era contrario a la presencia de cualquier extranjero, se haría pasar por un musulmán de origen sirio de modo que le sería mucho más fácil averiguar las posibilidades comerciales y estratégicas de los países.

Godoy se frotó las manos: aquel proyecto científico le daría a conocer el territorio de Marruecos, su capacidad bélica, los puntos flacos para atacarlos y llegado el caso, pactar alianzas. El proyecto fue financiando pero propio de alguien de tan extraordinaria torpeza como la del valido del Rey, fue publicado y dado a conocer en el Diario de Madrid, haciendo públicos los intereses de aquella expedición secreta que iba a acometer Domingo Badía bajo el nombre de Alí Bey, que ponía rumbo a Tánger con una documentación tan fantástica como increíble, en la que incluso se le hacía pasar por descendiente del Profeta Mahoma, mientras repartía generosísimos regalos a los jefes de las tribus locales y a base de sobornos a costa de las arcas públicas, conseguía entrevistarse con el sultán.

A lo largo de dos años desempeñó su labor de espía y consiguió que la población beréber estuviera dispuesta a levantarse en armas contra el sultán. En 1805 los tamazigh y otros pueblos norteafricanos contrarios a la represiva actitud de la monarquía alauita estaban dispuestos a sumarse a los españoles para hacerse con el control del país. Godoy envió tropas, Ceuta esperaba como cuartel general las órdenes pertinentes que llegaran desde Madrid y al final, el rey se lo pensó mejor y abortó todo. Ni que decir tiene que nuestro espía fue descubierto y salvó el pellejo in extremis.

Pero lo curioso es que hubo dinero para financiar proyectos megalómanos, guerras, invasiones y otros divertimentos, cuando poco antes no había para darle de comer a los españoles. Al final, el trigo volvió a crecer en Castilla y bajó el precio del pan... pero nadie pensó que todo ese dinero podía haberse invertido en lo verdaderamente necesario: el pueblo español. Eso sí, como hoy día algunos indeseables, hace más de doscientos años también tuvimos a patéticos gobernantes y políticos capaces de dejar a su suerte a Ceuta y Melilla.

Salvo la primera, todas las demás imágenes corresponden a lienzos pintados por el granadino Mariano Bertuchi sobre ciudades y paisanajes marroquíes, entre 1939 y 1945. 

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