Visitas

viernes, 4 de abril de 2014

Alonso Cano y Francisco de Quevedo

"El Parnaso español" de Quevedo, obra póstuma que desde 1644 ilustró Alonso Cano

Aquella Corte Española del siglo XVII no se volvería a repetir jamás. Por las calles del viejo Madrid resonaban aún los pasos del “príncipe de los ingenios”, los teatros escenificaban las obras del “fénix” y los pasquines con versos de los mejores llenaban calles y callejas. En tanto, los Salones Reales se llenaban de las pinturas más fascinantes y los gobernantes acudían a los más preclaros artistas. En aquel Madrid de 1630 y de los años siguientes, la gloria, el orgullo y la más capaz de las generaciones de autores y creadores españoles, se dieron la mano en un siglo que más que de oro, era de diamantes.

"Cristo y los Discípulos camino a Emaús". (h.1640)

Esta podía ser la escena perfecta para situarnos en el hogar de un granadino que tuvo la mala suerte de llevar una existencia novelesca, pero que compartió con otro genio los desaires de la vida, de la estricta sociedad del Barroco español y que como él, quedó para siempre en entredicho, a pesar de ser el más prolífico, completo y fecundo de los artistas españoles de todos los tiempos. Es la historia de dos incomparables maestros, cada uno en lo suyo, marcados para siempre por la desgracia de estar en el sitio equivocado, de no callar lo que pensaron y de ser notoriamente superiores al resto. Es la historia de Alonso Cano y Francisco de Quevedo.

Dicen que el arte muchas veces nace del dolor y de la desgracia y eso le sobró a nuestro paisano, que veía morir a sus 26 a la primera de sus esposa de parto y que en 1644 será protagonista de un trágico suceso que marcará un antes y un después en su vida. Su esposa fue brutalmente asesinada, él quedó como único sospechoso acusado de inductor, fue detenido, torturado, sometido a vejaciones y sólo su condición de artista real y protegido del Conde Duque de Olivares le salvó de no quedar mutilado, de no quedar tullido, de no resultar inválido en aquellos sumarios judiciales que fueron de todo menos justos. El arte, habría perdido a una de sus mayores figuras si no hubieran recibido en aquella cárcel del Madrid de 1644 una misiva aconsejando que se le protegiese debidamente el brazo derecho.

Cuatro días después fue declarada inocente y puesto en libertad. 58 años después de morir, la historia de los artistas españoles narrada de manera folletinesca y novelera por Antonio Palomino (año 1724, el “Parnaso español”) nos lo presentó como un pendenciero tan experto en el uso del pincel como en el de la espada, ruin, encarado y violento. Curioso retrato cuyo negativo efecto se ha dejado sentir, pues prácticamente hasta hoy, la difusión de su obra ha sido escasa en comparación con la de otros artistas del Barroco de menor calidad que él.

"El Príncipe Baltasar Carlos a caballo". Velázquez, 1635.

Casi de manera paralela, don Francisco de Quevedo no quedó mejor parado. Ambos coincidieron cuando Alonso Cano es nombrado maestro de dibujo del Príncipe de Asturias, Baltasar Carlos. Corría el año 1638 y allí, el granadino queda subyugado por el talento y la personalidad del poeta y dramaturgo madrileño, quizás el más sagaz de los que ha parido esta Nación. Como quiera que entablaran amistad, Alonso Cano comienza a realizar un busto del ingenioso literato. Pero a Quevedo, eso de quedarse callado, no le iba y un poema anónimo que tenía todo su estilo y maneras, en el que denuncia la política del Conde-Duque de Olivares, le supone la detención, se le confiscan hasta sus libros y sin dejarle apenas vestirse, es encerrado en el  Convento de San Marcos de León hasta 1643. Cuando es puesto en libertad, don Francisco de Quevedo es anciano enfermo y desvalido que morirá en menos de dos años.

Nunca más dos artistas tan importantes e inigualables como ellos vuelven a verse. El que ya está libre, se entera de la implacable persecución del que es objeto el granadino; cuando a nuestro paisano se le restituye la dignidad y regresa a Madrid, Quevedo ya ha muerto. Era el año 1645 y el hombre que ha editado todas las obras de don Francisco, González de Salas, se pone en contacto con Alonso Cano para que ilustre la edición póstuma de las poesías, “El Parnaso Español” (1648). El granadino hará dibujos del poeta, hoy en el Museo del Prado, para ilustrar la obra póstuma de su amigo.  

Y se queda en el olvido un busto que hace unos años, ha sido datado, catalogado y puesto en manos de Alonso Cano. El mismo que hizo cuando uno y otro no tuvieron que vérselas con la intolerancia, con la estricta observancia de una sociedad genial y brutal a partes iguales, que fue capaz de destruir a dos genios incomparables y que su inventiva les ha dado la fama eterna.


Busto de Quevedo. Alonso Cano, 1639

Y quedaron unidos por el arte.

No hay comentarios: