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sábado, 8 de marzo de 2014

San Juan de Dios

Granada es una ciudad de contrastes, de paradojas, dualidades y de retos al intelecto. Preserva su orientalismo dentro de una urbe que es, en palabras de la historia del arte, toda una Christianopolis. Se esfuerza en los rigores climáticos, es capaz de todo lo mejor y de su polo opuesto y fue tan grande como endeble se nos resuelve. Esta es la ciudad que ofrece uno de los contrasentidos más bonitos y estéticos de España y con toda probabilidad, uno de los hitos artísticos más elegantes. 

Hoy, es la fiesta de una de las personalidades más incontestables de la Humanidad, un santo en vida, santo en muerte y hacedor de virtudes que encontró en Granada su particular escenario en donde hacer el bien y sembrar un instituto religioso que distribuyera su ejemplo a lo largo y ancho del Mundo. Ese padre de la pobreza, eternamente desvelado por los más necesitados, descansa en la Casa Madre de la Orden y en la Basílica que es centro, origen y punto de partida de todo lo que lleva su nombre. Pero sin embargo, es con todo acierto, el mayor canto de cisne del barroco, el más apoteósico de los proyectos exuberantes de la ciudad y el más homogéneo y complejo conjunto artístico. Es, la casa de oro del santo con el corazón de oro.

Varias curiosidades se encierran en torno a la Iglesia Basilical, empezando porque no está consagrada a San Juan de Dios, sino a la Inmaculada, que es su verdadero nombre, que todo se terminara en tan solo 23 años, que cuando se ultimó el conjunto en 1757, las normas de España marcadas por la Real Academia de Bellas Artes eran casi prohibitivas en cuanto al uso del estilo barroco y en especial de los retablos de madera dorada, pero sin embargo en este caso no hay más que una contradicción a la ley de todas todas y al fin, que constituye el último conjunto eclesiástico homogéneo del más apoteósico barroco que se llevó a cabo en España. Después de San Juan de Dios, ninguna otra empresa artística abundó en tanta exuberancia decorativa y ni acaso, en el estilo.

La Iglesia

El taller de Bernardo y José de Mora se pusieron al servicio de la estatuaria sacra. Frescos de Tomás Ferrer, lienzos de Conrado Giaquinto o de Carlos Maratta y la espectacular factura de los púlpitos, sobrecoge al fiel y al que entre en esta Iglesia de profunda nave, coro alto a los pies, crucero muy desarrollado, capilla mayor y ocho capillas laterales. Pocos espacios habrá sin decorar, sin que nos recuerde la frase de Gómez Moreno: “es de tal suntuosidad que produce ofuscación”. Gallego Burín se sumó a describir este complicado conjunto del que dijo que era “el más unitario e imbricado de todos los edificios granadinos”. A esto, conviene decir que posiblemente estemos ante el más barroco e impresionante de los retablos de la ciudad y que la visita al Camarín es de obligado cumplimiento, cargada de detalles y adornada con esa necesidad de extenuar la vista y en donde una fantástica urna de plata conserva los restos del más santo y loco que haya pisado esta tierra.

La Sacristia

Soberbio espacio de tres cuerpos, bóvedas pintadas con frescos por el granadino Diego Sánchez de Sarabia y un conjunto de 62 lienzos a los que se suman cornucopias, ménsulas, los muebles cajonera, reposteros y un programa iconográfico de pequeñas tallas que le confieren un aspecto de museo. Algunas de las firmas son nada menos que José de Ribera, Pedro Atanasio Bocanegra o Conrado Giaquinto. Justo en el centro y para las tareas propias de toda sacristía, la gran mesa de mármol de Sierra Elvira que rivaliza con los elegantes  aguamaniles de increíbles dimensiones hechos en jaspe rosa de Lanjarón.


Tal día como hoy, después de entregarse verdaderamente a seguir a Cristo, después de haberlo imitado como muy pocos a lo largo de la historia de la Humanidad han hecho, moría en 1550, Juan Ciudad, que en 1630 sería beatificado, en 1690 canonizado y es patrón de los enfermos, de los bomberos, de los hospitales, de los enfermeros, de los libreros y el Co-Patrón de la ciudad de Granada, que tiene uno de los más indescriptibles tesoros patrimoniales bajo su huella pero que no olvida el ejemplo que dejó en esta ciudad, aunque hayan pasado 464 años de su muerte. 

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