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viernes, 7 de marzo de 2014

Marchemos todos juntos

Wellington en Arapiles (Salamanca)

Después de cinco años de exterminio y agotamiento, la peor de las guerras sufridas y padecidas por el pueblo español, exhausto, agotado y al borde del quebranto, mira cómo el Duque de Wellington termina por rematar a los corsos y dragones imperiales bajo el pabellón napoleónico. José Bonaparte hacía las maletas imitando a sus paisanos: un suculento botín del patrimonio histórico español salía para no volver jamás. El ejército anglo español rendía a los franceses en Vitoria y San Marcial. Al todopoderoso general sólo le quedaba defender la frontera del sur de su país hasta tanto, a los ingleses se les ocurriera progresar en sus victorias. De dominar Europa, empezando por sus planes españoles, a verse en riesgo. Por primera vez en nuestra historia, los españoles gritamos con profundo cariño encendidos vivas a la Vieja Albión.

No hace falta que abundemos en lo que esta Alacena ha dicho ya de la mezquina actitud de Carlos IV y de su hijo. Del padre ya dijo el abuelo, el genial Carlos III: “pero qué tonto eres, hijo mío”. Así que esta España nuestra que en su ADN tiene tatuada la fidelidad, clamaba por Fernando, al que ya la historia le había dicho EL DESEADO. Pero el futuro Fernando VII había heredado la incapacidad intelectual de su padre y la ambición de la madre, curiosa mezcla que resultaría fatal para esta Nación. En cuanto el acobardado y servil Fernando vio que Napoleón estaba vencido, se creció, algo propio de los mediocres. Un mes antes, se postraba ante los pies del Emperador y lo colmaba de halagos. Pero acariciando la posibilidad de sentarse en el mismo trono de los Católicos, de Su Sagrada Majestad Imperial Carlos, de... (Ese trono le vino grande) se envalentonó.

La primera muestra de altivez y de soberbia que dio fue en su todavía prisión dorada de Bayona. Consistió en negarse a oír lo que el pueblo español debía decirle, teniendo en cuenta la Constitución aprobada en 1812, la Pepa. El Tratado de Valençay reconoció a Fernando VII como Rey, éste fue liberado, (debimos pedir los cuadros y dejárselo como aval) y el 7 de marzo de 1814, salió hacia la frontera española y fue recibido en Figueras por los generales. Fue en ese instante cuando acudió al paso fronterizo nada menos que El Empecinado. Aquello fue la profecía de lo que iba a ocurrir, la crónica de algo por venir. El vergonzoso desdén de Fernando VII a un héroe como aquel, lo contamos en su momento, pero no está de más recordarlo: http://laalacenadelasideas.blogspot.com.es/2012/10/el-empecinado.html

Y en efecto, lo que algunos sospechaban se cumplió. Un Real Decreto acababa con la soberanía del pueblo, golpeaba la primera constitución moderna del Mundo y esquilmaba la libertad de los españoles: “mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes [....] sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos”.

Acababa de empezar la represión y sólo sería el comienzo. Así, hasta que en 1820, las tropas que esperaban en Cádiz para embarcar rumbo a aquella América que se perdía, explotaron. Encabezó la revuelta el entonces Capitán Rafael de Riego, tras un brillante discurso: “La Constitución española, justa y liberal, ha sido elaborada en Cádiz, entre sangre y sufrimiento. Mas el Rey no la ha jurado y es necesario, para que España se salve, que el Rey jure y respete esa Constitución de 1812”. Media España secundó aquel llamamiento que desde el sevillano pueblo de Cabezas de San Juan hacía el jefe del 2ª Batallón asturiano y otro día 7 de marzo, 6 años después, el Palacio Real de Madrid era tomado por el pueblo. Entrada ya la noche, el Rey se decidió a firmar un decreto, en el que declaraba que, de acuerdo con «la voluntad general del pueblo», se había decidido a jurar la Constitución.



Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda constitucional.


El absolutismo, tras seis años de lucha, pierde la partida. Inmediatamente, España vitorea su queridísima Pepa. Abanicos, barajas, escarapelas y toda suerte de recordatorios empezaron a pulular por los bazares de media España. La gente exhibía con orgullo su constitucionalismo. Pero de todos los recuerdos artesanales que se fabricaron para conmemorar el triunfo del pueblo, destacaron unas curiosas cajas, como si se tratara de medallas conmemorativas, que recordaban a las cajas de metal precioso que usaron las mujeres para llevar maquillaje en su interior. Pero aquellas cajas decorativas, guardaban en su interior algo más importante, más histórico, más trascendental que el frívolo maquillaje: una impresión con los artículos fundamentales de  con la Constitución de 1812. Y el castizo pueblo nuestro, tan ingenioso, recordando que el uso antes fue para contener polvos femeninos, las llamó LAS POLVERAS DE LA PEPA

Y fue tanta la alegría que desde 1820 a 1823 se vivió, que hasta el símbolo del pueblo iba siempre con aquellos españoles que pelearon y dieron la vida por su Rey, el mismo que después los vendió en el Salón de un Trono. Hasta que otro 7, pero esta vez de abril y de 1823, los españoles dijeron adiós a lo largo de 10 años, a su voluntad, su libertad y su palabra.


Hoy, tal día como hoy, se cumplen 200 años de la liberación de Fernando VII, 200 años de la Victoria Española sobre Francia y 194 años del regreso de LA LIBERTAD. Bendito 7 de marzo. 

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