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domingo, 9 de marzo de 2014

Los tres mosqueteros

Durante 45 años, la política de Francia fue dirigida con gran habilidad por dos cardenales, dos estrategas y gobernantes que elevaron su país y le plantaron cara a aquella España que entonces dominaba el Mundo. Era el declive de una y el auge de otra. Cuando muere el famosísimo Cardenal Richelieu, le sucedió por expreso deseo del Rey, Julio Mazarino, otro Príncipe de la Iglesia. La reina era Ana de Austria, una española hija de Felipe III que después de 23 años de matrimonio, daba a luz al ansiado heredero al trono francés. Quédense con el dato de esta excesiva tardanza en el parto.

Durante el gobierno del Cardenal Richelieu, Ana de Austria mantuvo con el purpurado sonoros enfrentamientos, basados en el recelo del Cardenal a que “la española”, fuese partidaria de su patria y del reinado primero de su padre y después de su hermano, los Felipe III y IV respectivamente. La mejor manera de desacreditar a la Reina, era apuntar sus deslices e infidelidades, algo que no sólo no se pudo demostrar sino que nacieron de una estrategia del Cardenal por conservar el poder y la influencia sobre el Rey. De hecho, Ana de Austria fue demasiado leal a su país de adopción, velando por ella aunque eso le acarreara más de una acalorada discusión con los embajadores de su padre y de su hermano.

Pero si podemos estar agradecidos a la pelea antagónica e irreconciliable entre la Reina consorte y el Cardenal, es que gracias a ella nació una de las novelas más famosas e inmortales: “Los Tres Mosqueteros”. El texto cuenta las hazañas de cuatro mosqueteros franceses que tienen como misión ocultar  el continuo adulterio de la Reina, mientras que Richelieu intenta hacerlos salir a la luz. Cuando Alejandro Dumas terminó la obra, quedó claro que siglos después de la muerte de la española, el pueblo francés guardaba grato recuerdo de ella y no tan memorable de Richelieu, luego no sirvió su esfuerzo por condenar a la hija de Felipe III.

Pero tras la muerte del poderoso Cardenal, Ana de Austria se va a entender de mil amores con Julio Mazarino y es aquí donde pido que recuerden las cuentas que apunté arriba, acerca de los 23 años que tardó la reina en tener un hijo. ¿Podía Luis XIII consumar el matrimonio? Porque tal vez, entre Mazarino y Ana de Austria hubo algo más que un buen entendimiento... a lo mejor incluso un amor. Y no es descabellado pensar que Luis XIV, a pesar de ser el Rey Sol, no fue hijo del Rey y sí un bastardo, tan engañado como el que lo hizo poderoso.

El futuro rey, entonces Delfín de los franceses, tratará a Mazarino como si éste fuera su padre, y éste le corresponderá cuidando de él como si fuese su hijo. Incluso en su lecho de muerte, Mazarino aconsejará a Luis XIV para que no nombrara ningún primer ministro”. Él sabe bien cómo los primeros ministros pueden roer el poder de los monarcas.

Así que entre ambos fueron los reyes de Francia, durante la vida de Luis XIII y a su muerte, durante toda la minoría de edad del futuro Rey Sol. Y si no deja de sorprender la historia, este dato reconcilia a Mazarino con España, de todo lo que pudo ordenar en contra de los nuestros. A la Paz de los Pirineos y la alianza hispano-francesa se une su pasión por la cultura española, su afición por coleccionar arte español y la amistad que mantuvo con su homónimo español, aunque irremediablemente rival, el también primer ministro pero de España, don Luis de Haro, tanta amistad que hasta le dejó en su testamento, un Tiziano nada menos.


Cuando muere tal día como hoy de hace 363 años, ha perdido el favor del Rey, que se ha visto hasta entonces en manos de su primer ministro. No le guarda especial cariño y el presunto bastardo quiere ya vivir su reinado sin nadie que lo controle. A Palacio llega un cortesano para avisar a Luis XIV que el Cardenal había muerto. Y se lo dice en la expresión más protocolaria y habitual de la época: “Su eminencia Giulio Mazarino, ha entregado su alma a Dios”. Y Luis XIV le contestó jocosamente al que se lo había dicho: “¿Y estás seguro que Dios se la aceptado?

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