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miércoles, 19 de marzo de 2014

La Arquitectura del Mal

Una de las personas más contradictorias que hayan visto nuestros días fue el hipócrita y falaz Albert Speer, uno de los hombres más poderosos del Tercer Reich que tras 20 años en prisión se dedicó lo que le restaba de vida a intentar que su imagen quedara limpia y sin conexión alguna con la “solución final” y los planes de exterminio y ejecución de la terrorífica planificación nazi. Albert era un arquitecto que se ganó la confianza de Hitler al punto de situarse en ese maléfico Olimpo en donde Gooebles, Goering, el tirando Hitler y él mismo, compusieron el gobierno más miserable y detestable que conoció la Humanidad.

Hitler quería que Berlín fuera la imagen de su nuevo régimen, el espejo de un gobierno del terror que comulgara con los proyectos megalómanos nazis y no sólo la capital de la Gran Alemania. De alguna manera, el austriaco confiaba que un día, Berlín fuera la Capital del Mundo, Y para ello, la ciudad más neoclásica de Europa necesitaba un nuevo urbanismo, un cambio radical y los edificios oportunos que ejemplificaran el sueño nazi, la utopía de cualquier gobernante. Así entró en contacto con el poder el arquitecto Albert Speer, nacido tal día como hoy de hace 109 años y que entraba en el Partido Nazi en 1931.

Catorce años de fiel militancia en los planes de Hitler y doce años al frente de su locura descomunal, su impecable formación lo convirtió en una figura capital dentro del partido hasta el punto de entrar en el círculo privado y cercano del Führer. Suyos son los edificios más visibles del Tercer Reich, como la Cancillería o el Campo Zeppelín de Núremberg, sede de los multitudinarios congresos del partido. Pero la ambición de Hitler que Albert Speer compartió y alentó, fue la creación de un nuevo Berlín que estaría dominado por enormes edificios, amplias avenidas y un sistema de transportes reorganizado. Ministro de Armamento y Guerra de Adolf Hitler desde febrero de 1942, Speer fue capaz de mantener durante el conflicto una elevada producción de material militar a pesar de los masivos y devastadores bombardeos aliados sobre Alemania.

Su arquitectura comulgaba a la perfección con la idea de grandeza de los nazis y con la locura megalómana de Hitler. Así que le presentó al dictador y tirano una maqueta descomunal en la que le presentaba su obra cumbre: GERMANIA, la nueva Berlín de casi 2.000 kilómetros cuadrados trazada en torno a las ideas espeluznantes de los nazis y que más que esa pretendida CAPITAL del mundo, podría haber sido la “ciudad del horror”.

Los proyectos arquitectónicos estaban determinados por la grandeza, las dimensiones colosales y la espectacularidad; parecía que a toda costa, había de sorprender, empequeñecer al ciudadano y al visitante. Así las cosas, habría un gran Arco del Triunfo de 117 metros de altura, una calle para desfiles militares de 5 km de largo y 120 m de ancho, un gran edificio llamado Sala del pueblo que tendría una gigantesca cúpula de acero de más de 200 metros de alto y 280 metros de diámetro con capacidad para 180,000 personas, todo diseñado y planeado para acoger los discursos del Fuhrer y por supuesto, un museo nacional con todas las obras de arte incautadas, que fuera justo, el doble de grande que el Louvre. Y a Hitler, le comunicó que todo estaría acabado antes de 1950, por lo que el asesino gobernante se frotó las manos: la victoria en la II Guerra Mundial y su gran GERMANIA, todo a una.

El proyecto empezó a ejecutarse en 1939 y necesitó el derribo de grandes espacios urbanos. De la noche a la mañana, quedaban desalojadas, expropiadas a la fuerza y sin hogar, 52.000 personas. Curiosamente, el hombre que se pasó sus últimos 14 años de vida asegurando que desconocía cualquier plan de exterminio, acoso y ruindad racial nazi, actuó para que de esos 52.000 damnificados por su proyecto, prácticamente todos fueran judíos. Una curiosidad que sirve para que tú, lector, empieces a entender por qué procelosas aguas se movió el arquitecto más singular y loco de la historia de este arte.

El primer gran proyecto logrado será el Estadio Olímpico para los Juegos de 1936, previsto para albergar 400.000 espectadores, pero el colosal diseño no iba a estar a punto para la fecha y se abandonó su ejecución cuando se habían excavado los cimientos de esa empresa impresionante. Después, llegó la nueva Cancillería; cuando en 1918 Alemania tiene que firmar el Tratado de Versalles, tras ser derrotada en la Primera Guerra Mundial, se le exigen unas cantidades imposibles de pago en concepto de castigo, además de otras medidas humillantes para el pueblo alemán. Estas “condiciones de la rendición” se firman en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, así que desde esa fecha, será una especie de lugar maldito para todo buen patriota alemán. De modo que en la nueva Germania, triunfadora y renaciente, la Cancillería por ejemplo, tendría un “salón de los espejos” el doble de grande que el versallesco.

La gran Avenida de la Victoria, distribuía, seccionaba, ordenaba y presidía ese nuevo Berlín de nombre Germania. Arrancaba en la Puerta de Brandeburgo dirección al Aeropuerto y en sus 5 kilómetros y 120 metros de ancho, el tráfico corría bajo el suelo, mediante una autopista subterránea de manera que la superficie se destinara a los fastos militares del Tercer Reich. Tan singular avenida acababa en una grandísima plaza, a manera de un viejo foro romano, que bajo el nombre de Großer Platz contaría con una superficie de 350.000 m². La Plaza era una exaltación del nazismo, rodeada por el Palacio del Führer, el Parlamento, la Cancillería y el Edificio del Alto Mando del Ejército

Y al fin, para que el pueblo se sintiera en casa, relacionara su ejército, su líder, su partido y su pensamiento único con la Alemania triunfadora, Albert Speer planeó  el Volkshalle  o Palacio de los foros populares, una casa del pueblo que se hubiera convertido en el mayor edificio del Mundo, el mayor espacio cerrado jamás construido y aún hoy conservaría esos records. Empezando por sus dimensiones, mareantes y de fábula, todo da idea de la megalomanía, del disparate nazi hasta en la arquitectura: una cúpula 16 veces más grande que la de San Pedro Vaticano, que alcanzaría 200 metros de altura y 250 metros de diámetro.


Por último y relacionando a Hitler con los antiguos emperadores romanos, o con los grandes genios  y estrategas militares de la Antigüedad, y al Ejército alemán con el triunfo, un soberbio e imponente arco recordaría al de París, solo que las inmensas medidas previstas para el arco berlinés permitiría por ejemplo que Arco de Triunfo de París cupiera entero dentro de su apertura. Las locuras de Speer alentadas y aguijoneadas por Hitler, se basaban en:



-Arquitectura sobredimensionada y colosal.

-Un estilo neoclásico severo, sencillo y sin adorno.

-Reproducción de grandes proyectos arquitectónicos de la historia como San Pedro Vaticano o la arquitectura parisina.

-Rechazo a la arquitectura y las artes contemporáneas y apuestas por materiales modernos pero revestidos de aspecto de mármol, oro y bronce.

-Y dimensiones nunca vistas que reflejaran el poder del Tercer Reich y de la nueva Alemania.



Un error burocrático lo libró de morir condenado. Fue otro tirano más, otro de los que odió al pueblo judío, miró para otro lado si hizo falta y firmó la muerte de inocentes sin problema. Es el arquitecto más contradictorio, el más atrevido y el que como nunca antes, puso su arte y conocimiento, AL SERVICIO DEL MAL. 

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