Visitas

sábado, 15 de marzo de 2014

Julio César

"Julio César". Nicolas Coustou, 1696

Asesinar a alguien en el propio Senado era un sacrilegio, un desaire a los dioses y algo prohibido desde la perspectiva casi sagrada del edificio y lo que representaba y sin embargo, una inmensa mayoría de senadores participó en el complot y asesinato de César. Hoy como ayer, los mandatarios estuvieron más preocupados por sí mismos que por el pueblo. Hasta unos años antes, el Senado estaba formado por 300 miembros, una cifra inalterada durante siglos; pero con Pompeyo y con Sila, que pagaron los favores de manera muy generosa, se había alcanzado la mareante cifra de 900 senadores. Esta acción de triplicar el número de cargos a costa de las arcas públicas fue lo primero que pensó cambiar y cortar Julio César, por lo que decenas y decenas de familias principales estarían muy satisfechas con la desaparición del gran héroe.

El Senado de Roma

El 15 de marzo se reunía el Senado y algunos de sus miembros llevaban meses conspirando para que Julio no lograra su objetivo político. No era bien recibido el que por la fuerza, conquistó el cargo, aunque le hubiera dado esplendor y grandeza a Roma. Longino, fue el artífice de la trama, ayudado por Bruto que no pensaba asistir al Senado el día 15, sino que abogaba por la protesta pasiva (la abstención); estaba en juego que la República se convirtiera en un régimen dirigido por César.

"Cicerón denuncia a ...". Cesare Maccari, 1889

Marco Junio Bruto era descendiente de aquel otro Bruto que consiguió casi 500 años atrás expulsar al último de los cuatro reyes de la historia de Roma, toda una familia de “custodios de la República, al precio que fuera”. Bruto y Longino fueron haciéndose con adeptos y recabando su apoyo. Sorprendentemente, uno de ellos fue Bruto Albino, un familiar de César, que para colmo tenía toda su confianza. Un total de sesenta miembros del Senado estaban de acuerdo en el asesinato. Y todos convinieron en matarlo en el Senado, ya que así el pueblo no lo vería como una violación de la democracia sino un acto de salvación de la patria. Pero lo que no comunicaron es que además de matarlo, pretendían arrastrar su cadáver hasta el Tíber y confiscar sus bienes.

"La muerte de César". Vicenzo Camuccini, 1804.

El grupo estaba formado por auténticos salvadores de la República, meros rencorosos y envidiosos y otros que no querían perder su envidiable posición si Julio reformaba el Senado. Otros, eran partidarios de Marco Pompeyo, el enemigo vencido por César y conocidos como los pompeyanos, pero después de que les perdonara la vida y no les confiscara los bienes, no tuvieron reparos en formar parte de la conspiración.

"Asesinato de César". Karl Theodor von Piloty.

Eran los idus de marzo del año 44 antes de Cristo. El Senado citaba a Julio para que éste accediera a devolverle el poder efectivo que había quedado en manos del poderoso César. Marco Antonio, fiel a Julio, había tenido noticias del complot y corrió hacia el Foro; justo en las escaleras de acceso, consiguió detener a César antes de que entrara al Senado, pero los conspiradores se adueñaron de él y lo condujeron al interior, donde le entregaron la petición. Estaba leyendo cuando uno de ellos le tiró de la túnica para sorpresa de César, que al ser Pontifex Maximus, era jurídicamente intocable. En ese momento, Casca, le asestó un corte en el cuello, al que respondió César llamándole villano, pero fue tarde: todos se lanzaron sobre Julio, que intentaba salir del edificio malherido. La pérdida de sangre le hizo tropezar y caer, momento en el que los cobardes aprovecharon para, en un número de 60, asestarle 23 puñaladas.

"La muerte de César". Jean Léon Gérôme, hacia 1860.

Tras el asesinato, los conspiradores huyeron, dejando el cadáver de César a los pies de una estatua de Pompeyo. Los conspiradores debieron quedarse atónitos al ver cómo el pueblo lo lloró, su decimotercera legión, tan unida a César, lo honraba y dispensaba honores y el pueblo participó en su ceremonia fúnebre e incineración. A tal punto, que César acabó siendo un título más que un nombre. Desde su muerte, los emperadores lo ostentaron, aunque no fueran dela familia y tanto prestigio alcanzó que el cognomen César derivó en el káiser alemán  y el zar ruso.

Muchas de sus iniciativas quedaron en suspenso a su muerte: la campaña contra los dacios que se acercaban al Imperio o la de Armenia. La construcción del mayor templo a Marte del Mundo, la ejecución del teatro gigantesco de Tarpeya, la reforma del código civil, supresión de las leyes que estaban desfasadas, la actualización del Derecho Romano, las nuevas bibliotecas públicas griegas y latinas que ya habían sido proyectadas y una serie de obras de ingeniería sorprendentes, como secar las lagunas Pontinas, abrir salida a las aguas del lago Fucino, construir un camino desde el mar Adriático hasta el Tíber, a través de los Apeninos y abrir el istmo de Corinto.


Después de la muerte de César, lo que aquellos cobardes senadores querían evitar, se produjo: Roma se convertía en Reino y en lugar de enterramiento de César, en un espacio de peregrinación. El pueblo, ya lo llamaba Divus Iulius. El Divino Julio, sigue hoy día recordado, aunque hayan pasado 2.058 años de su asesinato. Y para colmo, investigadores españoles, hace poco, han dado con el lugar exacto de su asesinato. 

Con razón eras un dios en la tierra, Julio. 

No hay comentarios: