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lunes, 31 de marzo de 2014

Horario de verano

Ayer mismo sufrimos el adelanto de la hora de forma que a las dos de la madrugada, de sopetón, perdíamos 60 minutos de vida, los mismos que ganamos el último domingo de octubre, para adaptarnos al horario de verano. La polémica medida viene siendo muy discutida en estas fechas por cuantos opinan que España necesita modificar sus hábitos y comportamientos y abandonar el huso horario que no le corresponde, adoptado por el franquismo hace algo más de 70 años y que es responsable de la poca practicidad de nuestros días, del exiguo aprovechamiento de la jornada laboral y escolar y en definitiva, de un modelo que ha de cambiarse. Pero esta hora aumentada hace que en breve, anochezca en el cielo español a casi las 22 horas del día, que el turismo internacional busque los cientos y cientos de horas de sol que sin interrupción van a brillar sobre el suelo patrio y que el clima mil veces bendecido y aplaudido de España, tenga una identidad propia. Estamos en el llamado horario de verano, que, aunque parezca extraño, tiene casi un siglo a sus espaldas.

Relieve del dios Sol del Altar de Pérgamo. 

El sol ha regido la vida de la humanidad, ha sido adorado como Dios, ha marcado el trascurso de la historia y ha constituido la más segura fuente de vida junto al agua. Por eso nadie crea que es algo nuevo el ajuste de horas, ya que egipcios y romanos adelantaban o restaban horas de su calendario para el mayor aprovechamiento de la luz natural. Roma  dividía el tiempo de luz en doce horas de igual duración (horas temporarias), de manera que en la estación veraniega, las horas de luz eran más largas que en el invierno, todo ello dependiendo de la latitud. Por ejemplo, la tercera hora tras el amanecer, (hora tertia) empezaba a las 09:02 y duraba 44 minutos en invierno, pero en verano empezaba a las 06:58 y duraba 75 minutos.

Galileo enseñándole al Dux de Venecia el uso del telescopio. Guiseppe Bertini, 1858. 

A un estudioso como Hiparco de Nicea debemos hace 2.200 años una división perfecta del día en 24 horas de igual duración, pero que nunca entró en vigor. De hecho, hasta los primeros relojes mecánicos más o menos fiables, en la Centroeuropa del siglo XIV, no se puede precisar con garantías los 1.440 minutos exactos de una jornada completa. Más aún, no será hasta los trabajos de Galileo Galilei en 1582 que se empeña en estudiar la cinemática del péndulo, cuando podamos hablar de un reloj preciso y fiable. Así que la Antigüedad formuló la duración de los días, sí, pero sin una base fidedigna.

Benjamin Franklin

Todo esto nos lleva a la figura capital de Benjamin Franklin que en 1784 publicaba una carta durante su estancia en París con una clara vocación de servicio público: lo que hacía era reprender a los parisinos e instarlos a que ahorraran en velas y en cera  levantándose más temprano, con la finalidad de aprovechar mejor la luz del sol. Esa mítica carta del Diario Journal de París, bajo el sugerente título de ECONOMÍA, es sin duda el primer intento del hombre de ajustar desde la perspectiva del ahorro y aprovechamiento energético nuestro día. En su ensayo, Benjamin Franklin pedía un impuesto especial para los que tuvieran contraventanas y de esa forma, fueran más propicios a holgazanear en la cama. Además, apuntaba que los campanarios parisinos debían ser los que se empeñaran en despertar temprano a la población y pedía racionar la venta de velas, insistiendo así en el ahorro. Es cierto, Franklin no propuso el cambio de hora, pero preconizó éste, así que es casi el padre del horario de verano.

El Mundo estaba cambiando. El transporte público era una realidad, las grandes ciudades lucían orgullosas su tren, era necesario fijar unos horarios de salida y llegada para la mejor organización de los pasajeros y desde 1814, cuando Richard Trevithick condujo la primera locomotora, hacía falta un control de horas. Los ciudadanos europeos cada vez en mayor número tenían relojes personales y a finales del siglo XIX, se desató en Inglaterra la moda entre las mujeres de llevar relojes de pulsera que luego popularizó entre los hombres la I Guerra Mundial.

Así las cosas, nos detenemos en el año 1905 y en otro visionario, el constructor inglés William Willett que se había convertido en un maniático del golf. Tal era su afición por este deporte que madrugaba especialmente en días festivos para practicarlo, de manera que de regreso del campo pensó en la cantidad de paisanos que dormían en verano siendo ya de día y en 1907 se convierte en el primero que hace pública la idea de aprovechar mejor las horas de luz adelantando o retrasando el horario. Está claro que nadie es profeta en su tierra, porque los británicos hicieron oídos sordos a su propuesta, pero no así los alemanes que se convierten en los primeros ciudadanos del Mundo en emplear el horario de verano. Era un 30 de abril de 1916 y como quiera que medio mundo se batía en la Gran Guerra, no tardaron los países en copiar a los alemanes. Así, antes de que acabara aquella Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos se hacían eco de la propuesta y en 1918 incluían el horario de verano.

La Cámara de los Comunes del Parlamento Británico

Cuando William Willett hizo pública su propuesta de instaurar un horario de verano, fue secundada al instante por el rey Eduardo VII o el futuro Primer Ministro, Winston Churchill, además del Director del Banco Nacional, pero tuvo en contra al entonces Primer Ministro, al Astrónomo Real o al Director de la Oficina Meteorológica. Se llevó al Parlamento Británico y la propuesta fue rechazada por estrecho margen, aunque aquellos que la secundaban, siguieron empecinados en lograr el horario de verano y la propusieron 1911, 1913 y 1914; Parece que el pueblo anglosajón no fue muy dado a aceptar dicha medida, que si fue controvertida en Inglaterra, en Estados Unidos llegó a tintes de drama nacional. Propuesta por un congresista del Estado de Massachusetts en 1909, el rechazo de la Cámara estadounidense fue rotundo.

El Presidente estadounidense Woodrow Wilson, que tumbó la propuesta varias veces

Y aunque les parezca grotesco, si algo bueno tuvo la Primera Guerra Mundial fue que se convirtió en responsable del cambio de mentalidad: el horario de verano supuso un ahorro de carbón, mitigó los apagones nocturnos para dificultar los bombardeos y la rápida aceptación de los alemanes, fue secundada casi de inmediato por el Reino Unido, que apenas un  mes después, el 21 de mayo de 1916, adoptaba el horario veraniego.


"Los agricultores". Vincent van Gogh, 1885

Así, en 1918, todo el Mundo Occidental comulgaba con el adelanto y atraso de la hora para el aprovechamiento de la luz del sol. Sólo un colectivo fue reacio durante décadas: los agricultores. 

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