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miércoles, 5 de marzo de 2014

El entierro de la sardina

Combate entre Carnal y Cuaresma. Pieter Brueguel el Viejo, 1559.

Don Carnal ha muerto y da paso al rigor severo de doña Cuaresma. Bajo un gesto popular y festivo, se esconde nada menos que seiscientos años de tradición y una anécdota que explica el por qué de aquel entierro carnavalesco tan antiguo como el Mundo mismo. Puede que en algunos pueblos de España se quemen figuras simbólicas que representan los vicios y los excesos. El arraigado y sabio acervo de nuestro pueblo, invitaba con la quema de estos muñecos a la reflexión. Se había acabado el tiempo de fiesta y desenfreno y era hora de quemar el pasado. Francia lo llamó el Mardi Gras (Martes de Carnaval) y en España, la España de Dios y de María, la “reserva espiritual”, se enterró de siempre la sardina.

"Carnaval en la Lonja de Sevilla". Joaquín Domínguez Bécquer, 1841.

En esta Alacena hemos demostrado infinidad de veces que todo tiene su por qué, que cualquier tradición, hecho, gesto y expresión se hunde en un origen a veces, de lo más sorprendente, otras, de lo más genuino. Y en el caso de ese fin de Carnaval (por cierto que carnaval significa adiós a la carne, en recuerdo de la inminente llegada de la Cuaresma y la preparación espiritual a la que invita) a la española, el origen de “el entierro de la sardina” fue de lo más fortuito e imprevisto.

"Entrada de Carlos III en Madrid". Lorenzo Quirós, 1760.

Debería correr 1767, justo al año después de que se produjera el Motín de Esquilache. El Rey Carlos III había realizado demasiados cambios en un pueblo que no entendió todo lo que pretendía uno de los mejores monarcas que hemos tenido. Precisamente en 1766 Madrid protagonizó un fuerte levantamiento que se trasladó a lo largo y ancho del país con encendidas quejas hacia el gobierno y las autoridades. Así que no sería de extrañar que una vez se apaciguaron los ánimos, el Rey buscara cualquier motivo y excusa para congraciarse con ese pueblo que “era como un niño que lloraba cuando se le intentaba lavar los pies”.

"Batalla entre Carnaval y Cuaresma". Jan Miensen Molenaer, 1633.

En la víspera del Miércoles de Ceniza, el Rey Carlos III  quiso celebrar el final del Carnaval con el pueblo y participar de su regocijo. La gente llana se reunía para acabar con la carne, con los alimentos que iban a dejar de comerse a lo largo de toda la Cuaresma y corría el alborozo, la fiesta y la alegría. A fin de cuentas, el pueblo se despedía del exceso y saludaba al recato, al ayuno y la abstinencia. Para participar de esta tradición carnavalesca y congraciarse con Madrid, Carlos III mandó traer toda suerte de alimentos que se repartirían entre los asistentes al jolgorio de la Villa y Corte y uno de los platos estrella era el pescado, tan difícil de conseguir en ciudades del interior y a precios prohibitivos.

"Escena de Carnaval". Giovanni Domenico Tiepolo, 1754.

Aquel día de la víspera de Miércoles de Ceniza se presentó inusualmente caluroso. Un tiempo atípico y más propio del verano que del invierno fue corrompiendo el género, traído desde los puertos del norte, cántabros y vascos. Cajas y cajas de suculentas sardinas se estropeaban al instante y el olor empezaba a ser notorio. Así que el Rey mandó detener la fiesta por unos instantes y que todos colaboraran en enterrar el pescado putrefacto en la Casa de Campo. Por azar y sin preverlo, acababa de vivirse el primer entierro de la sardina de la historia, quedando en la memoria colectiva de Madrid como un hecho atípico que ha terminado en tradición y costumbre.

"Juerguistas de Carnaval". Frans Hals. 

Aparte de lo que ocurriera hace casi dos siglos y medio, hay detrás de todo esto una explicación simbólica. Ya que la Cuaresma abunda en la prohibición de comer carne, el pescado se convierte en plato esencial de la gastronomía cuaresmal. El pueblo entendió además con ese gesto que tiempo habría para hartarse de pescado y hasta que oficialmente no fuera Miércoles de Ceniza, no era necesario ingerir lo que después sería costumbre. Así que hay mucho de simbología en enterrar la sardina.


"El entierro de la sardina". Francisco de Goya, 1810.

Y así fue como una parte del menú de la fiesta del último día de Carnaval, se convirtió en una procesión cargada de espectáculo que desde el Viejo Rastro y hasta la dehesa de la Arganzuela, fue uno de los mayores espectáculos públicos de aquel Madrid ya en la memoria. Hoy día continúa, saliendo desde la Ermita de San Antonio de la Florida, donde descansa eternamente Francisco de Goya y termina precisamente en la Casa de Campo, donde el Rey que se pretendió congraciar con un pueblo demasiado reacio a cambios, tuvo que enterrar las sardinas de un menú de fiesta, de hace 250 años. 

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