Visitas

lunes, 24 de marzo de 2014

Descanse en paz

Tumba de Carlos I en El Escorial. Pompeyo Leoni, 1598. 

A la edad de 28 años, el hombre llamado a cambiar la historia de Europa y a suceder a Alejandro Magno, a Carlomagno y a Julio César en el Olimpo de los grandes héroes de la humanidad, padecía una gota severa, irresistible y tormentosa. El paso de los años no hizo más que agravar la enfermedad, los consejos médicos que insistían en el cambio de dieta, eran desoídos y al final de su reinado, el Monarca a duras penas conseguía sostener siquiera la pluma con la que redactar los consejos ulteriores que habrían de serle tan útiles a su hijo y sucesor.

Tapiz flamenco conmemorativo de la Batalla de Pavía

Metz, en el norte de Francia y frontera con el Sacro Imperio Romano Germánico era una ciudad libre que fue anexionada por el rey francés. Carlos I pretendió entonces su conquista; las tropas imperiales se disponían a tomar la villa cuando un ataque gotoso ulcerante e insoportable retrasó la toma. Las tropas esperaron que el Emperador estuviera en condiciones de ponerse al frente de los ejércitos pero el invierno se alió con Francia e hizo desistir del empeño de la conquista a las filas imperiales. Aquello fue el último y definitivo mazazo mora que el Soberano de España pudo resistir y precipitó su retirada, su reclusión y lejanía del poder.

Carlos I recibe en Yuste la visita de San Francisco de Borja (Joaquín María Herrer y Rodríguez, 1864)

En 1556, cuatro años después, Carlos I  se retiraba al Monasterio de Yuste, confiaba la Corona de España en Felipe II y dejaba el cetro hispano e imperial.  Era el retrato de un anciano, envejecido por las responsabilidades de conducir el Imperio más glorioso que vieron los tiempos, en la sociedad europea más convulsa hasta la II Guerra Mundial y aquejado de un dolor que lo ponía al borde del desmayo. Sin poder apenas caminar o utilizar sus manos, allí conocería a su hijo (habido fuera del matrimonio canónico) don Juan de Austria y allí viviría, como si San Juan de la Cruz hubiera predicho tal cosa con su poema, “apartado del mundanal ruido”.

Frontal de exequias de la Catedral de Granada

Dos años después, el más grande Rey y Emperador que haya visto Europa, fallecía a sus 58 años de edad. Justo antes de entender que su muerte estaba próxima, Carlos quiso dejar perfectamente solventados todos los aspectos de su entierro y 22 días antes del luctuoso momento, ensayó en el Monasterio Jerónimo extremeño el cortejo fúnebre y el velatorio de su cuerpo.  Ayudas de cámara, servidores y monjes escenificaron ante el Monarca el entierro. En el centro de la Capilla reposaba el catafalco regio, el mismo que se usaría en menos de un mes. El Emperador dio el visto bueno a la manera de ser enterrado y se convirtió, tal vez, en la primera persona que “ensayaba su entierro”. 

"Finis gloriae Mundi". Juan de Valdés Leal, 1672

Después, redactó su última disposición testamentaria, cambiando su deseo de reposar junto a su esposa Isabel Granada, para hacerlo en la Iglesia del Monasterio de Yuste, bajo el altar, con el féretro introducido sólo hasta la mitad “de forma que la mitad de mi cuerpo, hasta los pechos, esté debajo de dicho altar y la otra mitad, de los pechos a la cabeza, fuera de él, de manera que cualquier sacerdote que dijere Misa ponga los pies sobre mis pechos y cabeza”.

Panteón de Reyes de El Escorial

Pero Felipe II quería que el Panteón de los Reyes de España estuviera cerca de su nuevo complejo capitalino, con Madrid como Corte, El Escorial como residencia e incumpliendo las voluntades de los Reyes Católicos o de su padre el Emperador Carlos que vieron en Granada la ciudad donde había de testimoniarse los triunfos de la Monarquía, CATÓLICA E HISPÁNICA, como lugar de descanso de los reales cuerpos. En 1574 llevaba los restos de sus padres al Panteón Real del Escorial, convirtiéndose así, Carlos e Isabel, en sus primeros ocupantes.

Prim, Serrano y Topete, subastan la Corona. Caricatura de 1869. 

Avanzamos en el tiempo hasta el convulso siglo XIX español. Las malas praxis de Fernando VII condujeron a las guerras carlistas y las dificultades con las que Isabel II tuvo que vérselas. En septiembre de 1868, un grupo de militares encabeza la revolución que habría de deponer a los Borbones del trono español y sentar en el mismo a la dinastía Saboya, que no encontraría predicamento alguno en España. De aquella aventura nacería con el tiempo, la fugaz, escueta y casi burlesca I República, de la que se conoció menos de un año de vida y al cabo del tiempo, el regreso y Restauración del trono y de la Casa de Borbón en la figura de Alfonso XII.

Dibujo hecho de la profanación de los restos mortales del Emperador Carlos

Pero aquella revolución que con los tiempos se bautizó como La Gloriosa, tuvo oscuros momentos y poco de heroica y honrosa, al punto que parte de aquellos revolucionarios, profanaron la regia tumba del Emperador que se hallaba momificado gracias al ambiente de Yuste que en los más de 15 años de enterramiento monástico extremeño, logró la deshidratación del cadáver convirtiéndolo de forma natural en una momia. Los profanadores arrancaron el dedo meñique de la mano derecha del gran Carlos I y el VII Marqués de Villaverde, consiguió a base de dinero hacerse con una falange, que devolvió a Alfonso XII para que lo restituyera al cadáver imperial. La misma falange que dentro de una urna de cristal, a manera de relicario, se conserva en la Sacristía de El Escorial.

La momia profanada del Emperador Carlos

Pero el eterno descanso del Emperador volvería a ser perturbado, una vez más, por manos republicanas y bajo la bandera de la revolución. En 1936, un miliciano se fotografiaba con la momia de don Carlos, como si de un trofeo se tratara, publicándose tan macabro e irrespetuoso acto en un diario francés. El resto de la historia, cómo el especialista español Julián Zulueta, hijo del que fuera Embajador español ante la Santa Sede, por ejemplo, consiguió analizar aquella falange de meñique ante la negativa de nuestro actual Rey don Juan Carlos I a que se volviera a perturbar la paz del Emperador, que fue revelador.

Relicarios escurialenses 

Los resultados de los análisis desvelaron que la tormentosa gota que en vida tanto afectó al más grande gobernante de España, no fue la causa de su muerte, sino el paludismo, del que ya fue prevenido cuando dispuso su retiro a Yuste, al parecer una zona afectada por la enfermedad. Pero fuere como fuere, lo cierto es que todo esto nos hace pensar en varias cosas. De un lado, que hasta los más infames han considerado siempre mítica la figura del Emperador, que las revoluciones nacidas del odio, la violencia y la ira no salen cambios a mejor y que la fama ulterior de la Majestad Sagrada del Emperador Carlos no conocerá fin.


El Emperador Carlos dominando el furor. León Leoni, 1549

Y como última reflexión, que tal vez, si como ya hizo en su juventud, se hubiera marchado a Granada, hubiera vivido más y mejor. ¡Lo que la ciencia está dispuesta a demostrar!

No hay comentarios: