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viernes, 21 de marzo de 2014

Capital de España

Palacio de Carlos V en Granada. Pedro de Machuca, 1527 y siguientes

La capital de la Corona Española o lo que es lo mismo, el centro neurálgico de aquel Imperio imponente consecuencia de la españolidad y la herencia de los Habsburgo, fue siempre objeto de codicia por parte de los ciudadanos, un prestigio y un privilegio insondable y la causa de las disputas que a lo largo del siglo XVI se fueron sucediendo. No hay que pasar por alto que la primera capital imperial en territorio español, fue Granada, aunque no hay que olvidar ni de lejos, que la primera ciudad del Imperio durante todo el siglo XVI, por no pecar de atrevido, fue Sevilla. Quizás la ciudad de la Giralda, entendió desde un primer momento que su condición de Puerto de Indias valía más que tener a toda una Corte Imperial en sus reales aposentos, de manera que una vez que casó a don Carlos I con Isabel de Portugal, dejó que Granada se quedase con esa capitalidad momentánea y se dedicó a cultivar su puerto, causa sin equívocos de la grandeza espantosa de esa urbe que tanto admiramos los amantes de la historia y del arte.

Pero después de que Granada se alzara con el distinguido honor de acoger a todo el Imperio entre los muros alhambreños y fuera testigo de las empresas imperiales traducidas en Palacios, la Catedral renacentista por excelencia y la consagración como panteón real hispano, al Emperador Carlos le urgió ir “de la ceca a la Meca” y se acabó aquello de tener instalada de forma permanente la corte en una ciudad concreta. A su muerte en Yuste, el nuevo Soberano, Felipe II, decide que la vieja ciudad de los visigodos es el lugar propicio para recuperar una Corte estable y la instala en Toledo. La ciudad del Tajo vivirá felices momentos de la mano del Rey Prudente.

Isabel de Valois, fue la tercera esposa de Felipe II. A nadie se le escapa, que la la más querida por el Rey y que se distinguió por ejercer esa realeza consorte de manera admirable; pero también hizo bueno el castizo dicho de “tiran más dos...”. Ya saben como sigue. El caso es que la hija del Rey de Francia no tenía mucho aprecio por Toledo, quejándose de manera insistente de la tristeza de su ambiente, del rigor de su clima y de la grisácea estampa que (no lo vamos a negar) envuelve melancólicamente a la ciudad manchega. En cambio, le encantó desde un principio Madrid, la abundancia de agua, su salubridad, su paisanaje... Acababa de gestarse sin pudor, el cambio de capital del Imperio y la mudanza a la que persiste hoy como diría Machado, siendo el “rompeolas de las Españas”.

Hay una frase atribuida al Emperador Carlos que de manera legendaria, formaría parte de los consejos que le hizo llegar a su heredero e hijo Felipe II, de la que desde luego no podemos más que pensar, tal vez fue dicha por Felipe II a Felipe III. Es la que sigue: “Si quieres conservar tus Reinos deja la capital en Toledo, si quieres aumentarlos, llévala a Lisboa, y si quieres perderlos, trasládala a Madrid”. Teniendo en cuenta que Portugal será española a partir de 1580, que el grandioso Carlos muere en 1558 y que por tanto, no podía aconsejarle a su hijo que Lisboa fuera capital de nada, estamos en disposición de asegurar que se trata de una frase pronunciada por Felipe II y que deja claro dos cosas: por un lado, que Madrid nunca terminó de convencer a la realeza, al menos hasta que el tren no hizo de la Villa y Corte una ciudad bien comunicada y rompió ese aislamiento secular y por otro lado, que Toledo fue un día capital por su historia, ya que al contrario de otras ciudades que sí tuvieron instituciones y administraciones de peso mundial como Sevilla, Granada y Valladolid, la del Tajo fue siempre una apacible ciudad sin más dotaciones y cuidados.

Imagen de Madrid en 1561. El Alcázar y las murallas.

Pero, ¿por qué se escoge Madrid como capital entonces? Tal vez por ocupar justo el centro de la Península, de España y al cabo, del viejo Reino de Castilla. Porque era rica en agua, tenía un clima benigno, estaba rodeada de abundantes bosques y libre hasta ese momento de la codicia de los poderes nobiliarios y eclesiásticos. Los hay que dicen que al no haber Obispado en Madrid (y no ha sido diócesis independiente hasta hace muy poco), la Corona era menos dependiente que en aquel Toledo que siempre controló un Cardenal y que puso y quitó reyes, como podríamos señalar en el caso mismo de Isabel I, la Católica. Además, Madrid contaba con un excepcional y la extensa Casa de Campo que en aquel entonces, ya había sido confiscada a los comuneros sublevados, convirtiéndose en propiedad real inmediata al mismo Alcázar. Todo sonreía a la ciudad del oso y del madroño.

Así las cosas, Felipe II traslada la corte en 1561 a Madrid. Desde el siglo XIV, había una ley atroz para cualquier ciudad que recibía el honor y privilegio de convertirse en Capital, la llamada Regalía de Aposento, un impuesto de origen medieval que consistía en la obligación de ceder la mitad de la propia vivienda para alojar temporalmente a los funcionarios reales. Aquel año de 1561, los madrileños ya no sabrán si celebrar con alegría la designación como corte o no. Eso sí, hay que decir que fueron las propias autoridades locales madrileñas las que acordaron felizmente esta carga, a sabiendas que ser Capital suponía muchas más ventajas que inconvenientes, como a la larga se ha demostrado. Lo que no tuvieron en cuenta fue la opinión del ciudadano de a pie, que no entendió igual que sus gobernantes, esta vieja ley usurera.

Si algo hemos dicho una y mil veces en esta Alacena, es que el madrileño ha sido desde siempre uno de los pueblos más sagaces, ingeniosos y simpáticos de toda España. Autor de letrillas inmortales, padre de expresiones únicas y forjador de costumbres, Madrid es una de esas ciudades que, hasta su conversión en la inmensa urbe que es hoy, ha tenido una personalidad tan fuerte y tan propia que ya la hubieron querido para sí las ciudades que responden al tópico de “graciosas” y se alojan en el sur. Y así fue como nació, fruto de la increíble sagacidad e imaginación del “gato de toda la vida”, la manera más brillante y más sorprendente de burlar esa ley medieval que a la fuerza, usurpaba y requisaba como poco la mitad de una vivienda para que los funcionarios reales dispusieran de ella a su antojo.

Y nacieron las casas a la malicia. El mayor ingenio para ocultar a la Corte y a los interesados, la vivienda que podía ser objeto de “usurpación”. ¿Y cómo? Pues para evitar el cumplimiento de la obligación de darle alojo a un funcionario, empezó a construirse en una sola planta, se hicieron casas excesivamente compartimentadas y el mejor y más sagaz de los ingenios para burlar la orden fue el de ocultar a la calle las habitaciones más altas, de forma que el viandante no pudiera sospechar que había pisos altos. Acababa de nacer la primera de las muchas PICARESCAS URBANAS de España, mediante la colocación de ventanas a distintas alturas, tejados abuhardillados que simulaban los plantas, entreplantas abiertas al interior de los patios, ocultos a la visión del viandante y toda una serie de tretas que todavía en el siglo XIX, trajeron de cabeza a los munícipes de Madrid.  

Desde 1561, más de 1.000 viviendas a la malicia se fueron construyendo con el objeto de burlar una ley nada justa. Y esta historia, viene a reflejar a la perfección que los desmanes urbanísticos españoles, los llevamos en el ADN.  

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