Visitas

jueves, 13 de marzo de 2014

Bendito ajedrez

Vaya por delante que servidor no cree en supersticiones, pero la historia a veces se encarga de que nos la terminemos creyendo. Al menos eso pueden pensar los que leyendo esta entrada, sepan que el emir granadino Yusuf III, fue uno de los más desdichados monarcas y tal vez, porque se convirtió en el rey número trece de los que tuvo Granada. Casualidades o no, encarnó a la perfección la figura del sultán comedido aunque nunca tuvo motivos para ello. Pero la historia de su vida sirve para que contemos también, por qué el Islam perdió su más ambicionado y querido reino a manos cristianas.

El padre era el sultán Yusuf II, que nada menos, sube al trono con la inmensa responsabilidad de suceder a su padre, el recordado, mil veces anhelado y glorioso Muhammad V, con toda probabilidad el mejor monarca que ha habido a lo largo de la Edad Media en toda la Península Ibérica. Con tamaño ejercicio del deber y una obligación que asustaría a cualquiera, Yusuf II procurará desde el primer momento en que sienta en el solio granadino, que la jamuga del trono no le quede grande y el pueblo no note al sucesor de tan importante figura. Pero pronto saldrán  los primeros enemigos, que para colmo, llevarán su propia sangre.

Era Yusuf II un monarca pacífico, que imitó a su padre y se convirtió en protector de artistas y científicos, tal vez porque se crió viendo el amor a la cultura en los palacios de la Alhambra. Corría el año 1391 y a los pocos días de subir al trono, los cortesanos le informan de una insurrección en la propia capital. Para su asombro y dolor, el que encabeza la revuelta nada menos que es su hijo pequeño. Hizo falta la ayuda de los norteafricanos que se aliaron con Yusuf y pusieron fin a la sublevación, pero no habría de pasar un año cuando el rey aparece muerto en las alcobas privadas del Palacio de los Leones. Todo indica que alguien lo ha envenenado y los dedos apuntan hacia su hijo menor, el ambicioso Muhammad.

No tardó el pueblo de Granada en darse cuenta de su acierto. El sucesor legítimo era Yusuf, al ser el hijo mayor. Pero su hermano había comprado las voluntades de los nobles y reunido un ejército capaz de plantar cara a la guardia palatina, de manera que tras un amplio derramamiento de sangre, apresa a Yusuf y lo manda cautivo a Salobreña. Ese mismo día subirá al trono como el duodécimo emir de los granadinos con el nombre de Muhammad VII y en el trono de la Alhambra permanecerá durante 16 años, los mismos que sufrirá prisión el heredero legítimo y monarca legal de Granada.

Corría el año 1408 y al intrigante y codicioso rey le preocupaba que su hermano pudiera vivir más que él y reclamar entonces el trono que le era propio, de manera que no le sucedería su hijo. Fue así como trama la iniquidad más horrenda: matar a Yusuf para dejarle libre y expedito el camino a su heredero. Y así es como tras llevar 16 años de prisión, el alcaide de la fortaleza de Salobreña recibe la orden y le comunica al presidiario real que su suerte está echada y ha sido condenado a muerte por el rey su hermano. El emisario que lleva la nota tiene un último encargo, el más importante: traer de vuelta a Granada la cabeza decapitada de Yusuf.

El condenado a muerte no perdió la calma. Tal vez viera en esa sentencia un buen final para una vida horrenda condenado a la privación de libertad. Añoraba mucho Granada y los reales sitios de la Alhambra y para mantener la cordura, se había dedicado a la poesía. En esos 16 largos años de prisión, a la edad de 32 años, sus poemas destilaban amargura. Las elegías que había creado y dedicado a la memoria de su padre asesinado se cargaban de tristeza. Los versos no olvidaban al culpable de todo: su hermano el rey usurpador. Pidió como última voluntad despedirse de su esposa, pero ni eso se le concedió. Así que le imploró al alcaide que al menos, jugara con él una partida de ajedrez.

Debía ser tarde, quizá incluso de noche. El regreso a Granada del emisario que había de llevarse la cabeza de Yusuf como prueba de su muerte podía hacer noche en la alcazaba de Salobreña y partir al día siguiente, por lo que el alcaide convino que esta última voluntad podía concedérsela y sobre todo, ayudaría a que las horas pasaran más rápido hasta el amanecer, en el que ya no podría dilatar más la sentencia. Ambos eran buenos jugadores y la partida se prolongó casi toda la noche. El resultad final estaba cerca y la mañana también. Juego y vida, acabarían uno detrás de otro.

Y cuando Yusuf estaba a punto de vencer, pero de perder la vida, hubo revuelo y jaleo, de manera descomunal. Hasta la explanada de armas de la Alcazaba, un buen número de soldados exigían entrar. El Alcaide se apresuró a detener aquel estruendo de cascos de caballos y voces de guerreros y se encontró con una tremenda sorpresa: habían estado cabalgando toda la noche para llegar lo más pronto posible a Salobreña y comunicar la noticia que ya recorría medio Reino: Muhammad VII, el sultán usurpador, el emir asesino y codicioso, acababa de morir y Granada que se sentía al fin libre, clamaba por su verdadero rey, Yusuf.

Así fue y así fue conducido hasta a Alhambra. Murió en 1417, tras 8 años de reinado. Tenía 40 años y lo más seguro es que el largo cautiverio en condiciones deplorables le dejaran irreversibles secuelas y quebraran  su salud. Había pasado casi la mitad de sus días en una cárcel. Pero jamás olvidaría ni él, ni Granada, ni la historia, que una partida de ajedrez le salvó la vida. De no haberla disputado, los soldados hubieran llegado tarde y su cabeza viajaría de manera distinta a como lo hizo aquella mañana. Sobre los hombros y ungida como Emir de Granada.


Así que ya ven que no es sólo un juego culto y reflexivo, sino el que ha servido, incluso, para salvar vidas. Las de un rey de Granada nada menos

No hay comentarios: