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miércoles, 19 de febrero de 2014

Una calle de París

Entre 1853 y 1870, el Barón Haussmann, prefecto de la ciudad de París, pone en marcha la reordenación y nuevo urbanismo para la capital de la luz. La modernidad regurcitó el París medieval, angosto y embarrado. Amplias calles., trazados rectos, perfectas vías de comunicación, espacios monumentales, estética cuidada en los nuevos edificios, plan de embellecimiento y ornato a lo barroco y en menos de 20 años, París se convierte en el modelo a seguir, mil veces copiado por todo el Mundo, desde Estados Unidos a Asia, dejando en Europa copias por docenas del que ha sido el modelo urbanístico más excelente y prolífico de la historia. Viena, Madrid o Londres, se dejan seducir por la impoluta arquitectura historicista, inserta entre calles anchas, espaciosas, pensadas para el tráfico, para el paseo del ciudadano y copiosas en vegetación. Bulevares y joyas de la arquitectura, configuran la ciudad perfecta del siglo XIX, del siglo XX y que más veces se ha imitado. Es, el París de Hausmann, la capital del gusto y el refinamiento, la seductora capital francesa que realmente, nació en 1853.

Todo lo moderno venía de allí. Hasta las cigüeñas y su natalicia carga. Pero eso no quiere decir que todo lo que funcionara en otros sitios, fuera correcto para cualquier lugar. Granada no va a ser menos y propone una calle parisina, una amplia y ancha vía que siguiendo el modelo urbanístico y constructivo del remoto París, facilitara el tráfico a la industria del azúcar. Pero de manera subrepticia, otra de las excusas para hacer “una calle de París”, consistirá en que la alta burguesía local disponga de los edificios mejor dotados y más nuevos, en una de las zonas más céntricas y visuales, en el instante en que las autoridades consientan en abrir esta nueva vía. Así, entre 1900 y 1930, una cicatriz un costurón en la historia se abrirá sobre la carne de Granada creyendo (costumbre muy nuestra) que todo lo que funciona en otros sitios puede ser pragmático en nuestra tierra. Acababa de nacer, LA GRAN VÍA.

El precio que tuvieron que pagar los parisinos para que Haussmann dotara a la ciudad francesa del aspecto actual, fue altísimo. Es cierto que transitar por su enorme y extenso casco histórico es hacerlo rodeado de monumentales propuestas, aunque todas de un falso histórico, del más embaucador de los estilos, de la más mentirosa estética. Al 90 % del turista le da igual, por desconocimiento. Igual viene a ocurrir en aquella Granada que se topa con el siglo XX y los codiciosos planes de una burguesía que, conchabada con la autoridad municipal, viola la historia, el urbanismo y el patrimonio local con el objetivo evidente de disponer de un nuevo espacio céntrico de uso residencial. y no sólo de hacer una gran calle que facilite el tráfico. La Gran Vía, desde el instante primero de su concepción, será el codiciado lugar al que vayan a residir las clases altas de la Granada de principios del siglo XX, en inmuebles que son de superlativa hechura.

La calle se traga inexorablemente construcciones nazaríes, renacentistas y barrocas. Es una cicatriz inmensa en la vieja medina que reordena la estética de Granada y pone fin a una trama urbana singular que dio origen al encanto paisajístico y a los valores que exaltan los viajeros románticos. Denunciada de manera furibunda por autoridades tan importantes como Leopoldo Torres Balbás, posiblemente el responsable de que la Alhambra siga hoy en pie y en su estado original, hablan de la pérdida de identidad a favor del adocenamiento. Sin embargo el granadino,  un siglo después, se ha acostumbrado al paisanaje arquitectónico impostado, que echó por tierra la personalidad constructiva de los edificios del Antiguo Régimen granadino, que olvidó los perfiles, materiales y formas tradicionales a favor de París.

Cuando la Gran Vía se inserta en el proceso de ensanchamiento interno de Granada, se van a movilizar nada menos que 44.000 metros cuadrados de espacio. Una calle de casi 900 metros de longitud y 20 de anchura que como un costurón sobre la piel histórica, derriba la Casa de la Inquisición, el Palacio de los Infantes, la Casa de Diego de Siloe, el Colegio Eclesiástico, el de San Fernando, el Convento del Santo Ángel o el Palacio del Marqués de Falces. Así, 239 edificios dejan paso a 125 solares que desde 1902 a 1927 configuran, rindiendo ´homenaje al grupo pop español Duncan Dhu, UNA CALLE DE PARÍS. Pero en el corazón de la capital del reino granadino.

De entre todos los edificios que con más o menos acierto estético se izan en estos años, nos interesa el que está cumpliendo ahora, un siglo. Se trata de una de las propuestas más interesantes del historicismo en el sur de España, una construcción imponente que sin embargo, no es más que una vulgar copia de otro edificio situado a cientos de kilómetros de nuestra tierra, que causó admiración del propietario del solar y que quiso emular sin una falta de detalle. Porque desgraciadamente, la Gran Vía es la colección de edificios que podemos encontrar en cualquier ciudad europea, pero que se tragó la personalidad de la nuestra.

Hablamos de la sede actual de Caja Rural,  que fue desde sus inicios el Banco Central. El solar fue adquirido en la primera fase de creación de la Gran Vía por un destacado granadino dedicado a las antigüedades. Se trataba de Enrique Linares García. En el ejercicio de su profesión, viajaba con frecuencia a París. Allí, en el mítico Bulevar de los Italianos, cerca de la Ópera Garnier, vio un imponente edificio que llamó su atención; había sido premiado en el concurso anual que la prefectura parisina convocaba para destacar las fachadas de mejor ornato. En 1899 había terminado sus obras, ganado el premio y dedicado a la Compañía de Aguas Nueva York, que antes y bajo la protección de Napoleón III, había sido la  Compagnie Générale des Eaux, que desde 1861 a 1911 obtuvo la concesión del suministro público parisino durante 50 años.

Cuando Enrique Linares lo contempla, decide que éste será el modelo a seguir para el espacio que sorprendentemente no ha sido aún edificado en la Gran Vía, y para colmo en un lugar eminente, haciendo esquina con Reyes Católicos. Es curioso que en 1905 Juan Montserrat y Vergés ya había hecho el Edificio Colón (hoy conocido por Cortefiel), en el número 3 y 4 de la calle, junto al solar pretendido, Modesto Cendoya había levantado dos edificios y por delante de la Catedral, a pocos metros del lugar que hablamos, Francisco Giménez Arévalo, Juan Jordana Montserrat o Ángel Casas, habían ejecutado la construcción de 9 edificios más, desde 1902 a 1905. Pero inexplicablemente vacío, el hoy Caja Rural, aguardaba sus días.

Enrique Linares se trae fotos y detalles. Y tiene en mente al autor de campanillas, el que hasta la II República, será el más prolífico, destacado, acertado y estético de los arquitectos activos en Granada: Ángel Casas Vílchez. Podemos decir que este autor es el responsable de la estética cuidada y ornada de la Granada del primer tercio del siglo XX. De su mano salieron obras singulares como el Banco Hispano Americano,  el Palacio de los Müller, (Subdelegación del Gobierno), el Hotel Inglaterra, la Farmacia Gálvez el Carmen de la Media Luna, la Sala de Bailes del Casino (Biblioteca del Salón) o la Plaza de Toros, una de las más grandes del Mundo y modelo para las Ventas de Madrid.

Pues bien, la que había sido Compañía de Aguas, luego adquirida como Aguas Nueva York, era en ese instante, el paradigma a imitar. Se dieron la mano, el gusto sensible de Enrique Linares, el prestigio más que consolidado como arquitecto de Ángel Casas y el acierto en el manejo de maderas y metales del escultor y decorador José Torres Rada. Entre 1914 y 1917, toda una pléyade de artistas y artesanos tuvieron a punto el Banco Central, hoy Caja Rural, uno de los edificios contemporáneos más imponentes y desde luego, el más ornamentado de toda Granada.

Pero ojo, a costa de adocenarse, de plagiar, de reproducir de manera vulgar edificos de otras ciudades para insertarlos lehos de su lugar primitivo y que causen la impresión que para muchos produce este colosal inmueble de fábrica historicista, que por sugestivo que sea, no deja de encontrarse en Barcelona, Oviedo, Praga, Viena y por supuesto, su París natal.

Digamos, a manera de resumen, que la construcción de la Gran Vía trajo como consecuencia el desmantelamiento de la sociedad que hasta entonces había dado carácter a Granada, segregando a los ciudadanos en barrios, según su renta, posibilidades económicas y estatus. El  Albaicín, fue refugio de las clases más modestas al tiempo que el centro se llenaba de profesionales liberales con estudios superiores. Una Granada de ricos y otra de trabajadores acababa de nacer, de la demolición de edificios de indudable valor, y su sustitución por nuevos tipos inmobiliarios y si acaso, la pérdida de un granadinismo latente.


El mítico Banco Central cumple 100 años, pero no sé si felicitarlo por una efeméride tan redonda que privó de tanto a Granada. 

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