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lunes, 17 de febrero de 2014

Un ilustre en el olvido

Antonio Ramos Espejo es una de las figuras más olvidadas y que necesitan de mayor reivindicación y dignificación histórica por derecho. Es uno de esos granadinos, nacido en Alhama de Granada en 1875 que mayor proyección y éxito internacional ha tenido y al que como suele ocurrir por aquello de hacer bueno el refrán, “nadie es profeta en su tierra”, es reverenciado fuera más que en casa, donde a duras penas es conocido.

Su familia lo perdió todo en aquel funesto terremoto de 1884 que se cobró cientos de vidas entre las provincias de Granada y Málaga y salvo la capital de la Alhambra, sembró de escombros y mortandad nuestras tierras. Vio salidas en el ejército y se alistó en 1896, por lo que tuvo que vivir en primera persona la última guerra internacional española, aquella en la que perdimos Filipinas o Cuba. A él lo destinaron a Filipinas, a donde recabó con una pertenencia personal muy querida: la cámara de cine Lumière que había comprado ese mismo año. Era uno de los pocos que tenía un aparato así, habida cuenta que la fecha fundacional del cine en el Bulevar de los Capuchinos de París, fue el 28 de diciembre de ese año y que el invento de los Lumière fue mal recibido hasta por ellos mismos, negándose a venderlo desde aquel año. ¿Sería nuestro hombre tal vez el único, aparte de los franceses, que tenía un cinematógrafo?

Aquella Filipinas de 1897 era un remanso de tranquilidad (sería en marzo de 1898 cuando estallara la Guerra) que le permitió probar con detenimiento el capricho francés. Tuvo como principales aliados a los frailes agustinos recoletos enviados como misioneros a Filipinas, que le pidieron usara el aparato con fines didácticos. Allí, grabó “Fiesta en Quiapo” y “Panorama de Manila”. Luego, llegó la guerra, se convirtió en uno de los pocos supervivientes, fue recibido en España como el héroe que era dentro de “Los últimos” y licenciado, sin obligaciones ni ataduras familiares, quiso probar suerte en el otro lado del Mundo. Era el año 1903.

Fotograma de "Vida y Pasión de Jesucristo" de Georges Hatot y Louis Lumière (1898)

En Filipinas había labrado una gran amistad con el prior agustino Gaudencio Castrillo, junto al que había exhibido “La Pasión de Cristo”, de los hermanos Lumiére. Estrechó lazos con los misioneros Agustinos y con ellos se lanzó a recorrer los poblados indígenas; acababa de crecer en él el gusanillo de la industria del cine y puso rumbo a la ciudad más europea y cosmopolita de Asia,  Shanghái. Allí llegó con el equipo del empresario cinematográfico español Galen Bocca. Antonio Ramos no lo sabía, pero acababa de desembarcar para convertirse en el auténtico pionero de la exhibición cinematográfica china.

Sus primeras proyecciones fueron en un burdel clandestino, oculto bajo el aspecto de Salón de Té que alquiló como cine doméstico; el negocio no tardó en ser un éxito, no ya por el apego que los chinos sintieron al invento del cinematógrafo, sino porque nuestro paisano se las ingenió para confeccionar un programa en donde no faltaban bandas de música y danzarinas del vientre.  Había ganado una sugerente cantidad y su siguiente objetivo era conquistar a las clases altas de Shanghái, por lo que instaló su sala de proyecciones en el lujoso Pabellón del Loto Verde. A la vuelta de cinco años, el negocio fílmico había triunfado.

En 1909 iba a nacer el primer cine comercial de la China continental dedicado exclusivamente a la proyección de películas y con un aforo de 250 personas. El Victoria fue el primero, al que le siguieron, en 1914, el Olympic, sólo dedicado a las películas estadounidenses, el Carter, el China (con 700 asientos), el National, el Embassy y el Olimpic. En 10 años, Antonio Ramos Espejo, un granadino de Alhama, era dueño de siete cines, había creado su propia compañía dedicada a rodar cine mudo con subtítulos en chino mandarín y como estímulo para el pueblo chino, que no terminaba de hacerse con el lenguaje artístico occidental, se convierte en director de sus propias películas, de las que destacarían el drama “Veneful tide” y la comedia “The Foolish Policeman”.


Inauguración del Cine Rialto de Madrid

En Shanghái el granadino se casó, se hizo rico y dejó huella granadina, al levantar como vivienda propia un palacete inspirado en la arquitectura hispano-musulmana. Pero la llegada del comunismo a China desarma el sueño del padre del cine chino. Fue en 1925, cuando supo que debía regresar a su patria, trayendo consigo una imponente fortuna y estableciéndose en Madrid, donde levanta e inaugura en 1930, el afamado e histórico Cine Rialto. Con el negocio en marcha una vez más, y ahora con la seguridad de tenerlo en España, vende sus cines de Shanghái, no se olvida de ser generoso con los Agustinos que habían gestionado durante su ausencia las salas y regresa a Madrid, de donde no saldrá jamás.


Moría en 1944, con 69 años. A base de sagacidad, trabajo, empeño y visión comercial, se había convertido en el iniciador del cine en Filipinas, fundador de los primeros cinemas en China, primer empresario del cine en toda Asia, productor, director, distribuidor y propietario de las mejores salas de Shanghái y verdadero responsable de la introducción del séptimo arte en dos Continentes, ahí es nada. 

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