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sábado, 15 de febrero de 2014

Más se perdió en Cuba

Nueve y media de la noche del 15 de febrero de 1898. Reina la tranquilidad en el puerto de La Habana, que a duras penas se puede todavía llamar español. Poco le queda a Cuba de sus más de cuatro siglos hispanos por expreso deseo de sus ciudadanos, o de buena parte de ellos, pero porque un gigante que en ese momento está dando el estirón, le interesa controlar islas, tierras y naciones a su alrededor. En La Habana, como en la Cuba caribeña, la tranquilidad es una máxima que no ha de romperse.

Diez minutos más tarde, vulnerando el sagrado acuerdo de no romper una paz escrita en el ADN del Caribe, justo a las 21:40 horas de hace hoy 116 años, el crucero norteamericano Maine salta en pedazos por una explosión en su proa. El buque de guerra estadounidense arde, convulsiona, produce atronadores estallidos y acaba causando la muerte de 264 marineros y 2 oficiales. Casi tres centenares de muertos hacen correr la noticia por toda la isla, por los Estados Unidos y por la propia España, que ajena a todo esto, se verá inmersa en  una de las mayores calumnias que sobre nuestra nación se ha vertido y que supondrá funestas consecuencias.

La explosión se había producido en la proa, donde la marinería tenía su dormitorio; bastaron segundos para que el fuego consumiera el USS Maine y a media noche el barco se ladeó hundiéndose por la popa dejando el horroroso espectáculo de 266 cadáveres flotando a su alrededor y cobrándose la vida de 2 marinos españoles que acudieron al rescate y socorro del barco accidentado. El Crucero de Guerra español Alfonso XII que se hallaba fondeado junto al Maine recibió daños, pero sorprendentemente, el capitán del Maine y la casi totalidad de sus oficiales no estaban a bordo cuando estalló el buque.

Con celeridad que desde siempre le ha sido propia a la Marina americana, se abre una comisión de investigación; la mayoría de oficiales destinados a investigar el caso considerarán la explosión como consecuencia de una combustión espontánea de polvo de carbón en el interior del barco. El mismísimo Capitán del Maine, Charles Sigsbee exhorta a la opinión pública  y asegura que se “debía suspender todo juicio hasta conocer los detalles de lo ocurrido”. Pero de repente, la prensa sensacionalista y los tabloides más incendiarios de Estados Unidos, sin esperar a una confirmación rotunda y desoyendo lo que sus propios oficiales de la Marina está diciendo, comienzan una campaña orquestada señalando a España como responsable del hundimiento del barco y la atroz muerte de sus soldados.

El Presidente estadounidense William McKinley

El presidente estadounidense McKinley no oye ni siquiera a la voz más autorizada en esta ocasión, nada menos que el Capitán del Maine. Y al poco, inicia los preparativos bélicos que será a la postre, la denominada Guerra de Cuba, o la GUERRA HISPANO ESTADOUNIDENSE QUE entre Estados Unidos y España, con los rebeldes cubanos y los sublevados filipinos y puertorriqueños de por medio, finiquitan a España. Está a punto de comenzar la primera fechoría bélica de Norteamérica, experta en tretas del estilo y justificaciones banales para expandir su poder con el uso de la fuerza.

La campaña periodística que se desata es de una beligerancia desconocida. Con una difamación sin precedentes como arma escandalosa y agresiva, el  pueblo norteamericano se manifiesta para que su Gobierno declare la guerra a España. Detrás de los artículos, titulares y especiales periodísticos se escondían intereses privados y el minúsculo pretexto que necesitaba el naciente imperio para iniciar su carrera de intervenciones militares internacionales que tan bien conoce el Mundo.

El New York Journal, en su primera página, se atrevía a 50.000 dólares por los culpables. Uno de sus colaboradores gráficos había hecho un dibujo de cómo había sido accionada desde tierra la mina que supuestamente hundió la nave. El informe sin embargo que recibía el Gobierno estadounidense del Presidente McKinley recibía como información de sus militares que una obstrucción y un fallo propio en el interior del buque dio como resultado el fatídico accidente. Un informe del que nunca supo el reportero del Diario The World en La Habana, de nombre Silvestre Scovell. Esa misma mañana del 16 de febrero, ya estaba enviando por cable telegráfico a su diario en Estados Unidos este titular: “Un individuo desde un bote arrojó una bomba sobre el acorazado Maine que produjo la explosión…”. Horas más tarde, el editor del periódico le respondía en estos términos: “Scovell, ¿tiene pruebas? Nos consta que lo que dice es falso”. Pero el periodista no titubeó en responder: “Sí, pero es sensacional”.

Hay un premio prestigioso que desean ganar los periodistas. Lleva el nombre del que entonces era dueño del Diario New York World. Premia la efectividad, la transparencia y fueron creados por ese director, el húngaro Joseph Pulitzer que los dotó en su testamento  con el objetivo de estimular la excelencia. Ese premio, rinde homenaje al padre de la prensa amarillista y rival de Randolph Hearst, creadores ambos de los periódicos más amarillistas posibles. Si hubo un verdadero triunfador de todo esto, fueron Pulitzer y Hearst, que se lanzaron a la creación de un nauseabundo producto consistente en buscar una historia cada vez más amarilla, escandalosa y falta de veracidad, con el objeto de atraer más público. La guerra hispano-estadounidense es recordada como el producto de muchas fuentes fraudulentas y carentes de hechos concretos, y la ambición y egoísmo de dos hombres que crearon una guerra con el solo objetivo de vender periódicos. Pero consiguieron su objetivo: de 15.000 ejemplares vendidos diariamente, en el fragor de la Guerra, cada uno, el New York World y el New York Sun vendían por encima de los 700.000 ejemplares en todo el territorio estadounidense.

En aquella guerra de audiencias, el New York Journal de William Randolph Hearst quiso llevar la iniciativa de las mentiras. Esperó poco para la calumnia y el mismo viernes 17 de febrero, salía  a la calle con una portada incendiaria que terminaría por caldear los ambientes: “El barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo”. Pero si hacía falta algo más, el colaborador gráfico habitual dibujó con éxito la pantomima de noticia colocando debajo del acorazado, una mina que estaba siendo manipulada por españoles. La portada hizo su trabajo a las mil maravillas, porque Hearst vio cómo ese día, su diario vendía la impresionante cifra de un millón de ejemplares.

Lo que queda todavía por resolver es qué hacía el poderoso magnate Hearst en Cuba, días antes de que el Maine fondeara en La Habana. Llegó a puerto al mando de su lujosa embarcación Bucanero sin la autorización correspondiente de las autoridades portuarias, por lo que fue multado y obligado a salir de las aguas jurisdiccionales españolas.

El almirante Rickover, aclaró 77 años después que España no tuvo nada que ver

Como colofón a esta rocambolesca historia, en 1975, el Almirante de los Estados Unidos  Hyman G. Rickover al frente de un equipo de investigadores reunió todos los documentos e informes de las comisiones encargadas de la investigación en 1898, y la de 1912, cuando se extrajeron los restos del buque. Después de  un exhaustivo análisis de todo el material  dictaminó, sin lugar a dudas "que una fuente interna fue la causa de la explosión del Maine”.  Pero España tuvo que entrar en una guerra que aniquiló toda su Armada, costó la vida de millares de soldados y supuso la pérdida de las últimas colonias y el catastrofismo moral de toda un sociedad que tardó décadas en reponerse.


No quiero ni pensarlo...

Por eso, cada vez que una “teoría de la conspiración” apunta a los propios estadounidenses como actores de sus desgracias para justificar una guerra, uno, cuando menos, duda de si no es cierto. Y no sería yo capaz de señalar el 11-S pero... 

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