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viernes, 14 de febrero de 2014

El Emperador de Estados Unidos

Esta es la historia de un personaje sin igual que nació justo hoy, hace 195 años. Esta es la historia de un inmigrante inglés que llegó a los Estados Unidos en 1849 con una pequeña herencia y que los golpes de suerte lo convirtieron en un próspero hombre de negocios, pero carente del olfato innato de los triunfadores. Cuando el comercio con China se resintió, ahí que se lanzó a un intento por monopolizar el arroz de todo el país, lo que le originó deudas, pleitos, la confiscación de su patrimonio y una huída forzosa. Pero la marca que aquel intento fallido por ser el dueño y señor de San Francisco le dejaría, fue una demencia nada transitoria que terminaría arrastrando toda su vida. Eso sí, gracias a aquel revés comercial, hoy podemos hablar del que se autoproclamó en nada menos que Emperador. Es la historia de Joshua Norton, Norton I.

Regresó a San Francisco tras un exilio forzoso. Había abandonado la ciudad tras declararse en bancarrota y presuntamente, dejando cuentas pendientes. Y como quiera que sus delitos fiscales no habían prescrito, aquel calvario del que quiso librarse poniendo tierra de por medio no hizo más que regresar el mismo día que el fracasado comerciante se volvió a dejar ver por aquella urbe. Acosado por la ley, tal vez en un intento de que lo dejaran en paz, decidió ni corto ni perezoso enviar a los diarios proclamas, órdenes y leyes dictadas por él mismo que seguro, acabarían por forjarle la imagen de un loco. ¡Buena estrategia si lo que pensaba era eludir la justicia por problemas mentales!

Así fue como, en 1859, a la edad de 21 años, hacía público este comunicado que desde luego, no tiene desperdicio: “A petición, y por deseo, perentorio de una gran mayoría de los ciudadanos de estos Estados Unidos, yo, Joshua Norton, me declaro y proclamo emperador de estos Estados Unidos; y en virtud de la autoridad de tal modo investida en mí, por este medio dirijo y ordeno a los representantes de los diferentes Estados de la Unión [...]”.En un edificio de habitaciones de alquiler, el Emperador Norton I estableció “su corte”. Era un apartamento vulgar con con retratos de Napoleón y la Reina Victoria que compartía con dos perros que lo seguían en su habitual trabajo, consistente en revisar el estado de las alcantarillas, comprobar la regularidad del transporte público y acudir cada semana a una Iglesia de distinto culto para agradar a “todos sus súbditos”.

De alguna extraña manera embaucó a algunos pobres dementes, tanto como él, que corrían con sus gastos, por cierto nada morigerados. Frecuentaba los restaurantes más caros y asistía a los espectáculos teatrales desde el palco, adquiriendo tres entradas: la suya y la de sus dos perros. Los ciudadanos de San Francisco acabaron por aceptar al estrafalario emperador y más por mofa que por otra cosa, cumplían un protocolo a la europea: en cierta ocasión, toda la Ópera se puso en pie en cuanto Norton entró en la sala, como si de veras estuvieran ante una autoridad. Lejos de entender que era objeto de mofas, el pretendido emperador se sentía realmente, el soberano de los Estados Unidos.

Sus leyes fueron disparatadas, aunque tuvo ciertas luces y desde luego, una ración de visionario que no se le puede negar. Una vez decidió abolir a una compañía de tren por no ser invitado a comer gratis en el vagón restaurante, lo que provocó una interesante respuesta por parte de la compañía, que le regaló un pase vitalicio, completamente gratis. Lo que más sorna podía provocar serían las frecuentes cartas que enviaba a la Reina Victoria de Inglaterra, al tiempo que repetía ante el pueblo de San Francisco que estuvo a punto de casarse con ella. Lo cierto es que las cartas existieron, las suyas de puño y letra y las que recibía, firmadas por la Secretaría del Palacio de Buckingham. 

Pero la desgracia se cebó con el Emperador, que asistía impotente al atropello de uno de sus perros en 1863; el culpable, un coche de bomberos. Fueron decenas de ciudadanos los que acompañaron a Norton en el sepelio y cuando dos años después moría el otro de sus perros, el mismísimo Mark Twain le dedicaba un epitafio: “Murió  Bummer con muchísimos años y muchísimo honor, enfermedades y pulgas". La ironía, al parecer, no la captó el glorioso monarca.

Formaba parte de ese paisanaje espacial que tienen todas las ciudades, ese loco amable y entrañable de cada pueblo en cualquier rincón. En 1870, el responsable del censo anotó la profesión de Joshua Norton: emperador. Un año después, el Ayuntamiento de San Francisco le canjeaba los billetes que él mismo imprimía por dólares y cuando estalló la Guerra Civil, convocó al Presidente Abraham Lincoln y a Jefferson Davis, el rival y Presidente de la Confederación. Pasaban los días sin noticias de ninguno de ellos y cuando se colmó su paciencia, empezó a hacer circular una “orden imperial” en la que ordenaba el alto el fuego hasta que hubiera conseguido “tomar su imperial decisión”.

Algo más cómico fueron los impuestos que creó: cobraba unos 25 centavos semanales a los comercios y 3 dólares a los bancos. Sí, es cierto que casi no recaudaba nada, pero para sorpresa del lector, algunos sí que le pagaron el impuesto imperial, imaginamos que más que nada, como ejercicio de la caridad. Y es que en 1867, la policía arrestó a Norton por vagabundo. Para sorpresa del Jefe de Policía de San Francisco, cientos de ciudadanos se presentaron en las oficinas centrales exigiendo la liberación inmediata de Norton que a los pocos días, era visitado por varios concejales del Ayuntamiento, en un orquestado plan no para ridiculizarlo, sino para sosegarlo. El Ayuntamiento se había dado cuenta que ese loco inofensivo tenía mucho poder de convicción.

Nadie puede discutir que no tenía gancho, que no tenía cierto poder de seducción. Llegó a contener a una manifestación, más bien turba, que se dirigía al barrio chino dispuesto a saquearlo por la competencia desleal del pueblo asiático en el comercio local. El discurso de Norton fue efectivo, paró los ánimos, contuvo a los más alterados y deshizo aquella particular masa que no olvidaría jamás el poder de convicción de “su emperador”. Tal vez por ese gesto, el Ayuntamiento hizo algo por el pobre Joshua. Acababa de escribir una nota en la que transmitía su malestar: “Sabed que yo, Norton I, tengo varias quejas contra mis vasallos, considerando que mi imperial guardarropa constituye una desgracia nacional”.

Y es que Norton se paseaba con un uniforme que tuvo la suerte de confeccionarse en 1859 y por el que habían pasado casi 15 años de uso, diario además. Así que de forma inmediata, San Francisco le confeccionó varios uniformes a la altura de su emperador, el mismo que en 1860 había ordenado la construcción de un puente que uniese Oakland y San Francisco sin interrumpir la navegación en la bahía, es decir, el mismo que comenzó a construirse en 1933 y es símbolo de la ciudad, el Golden Gate. ¿Estaba tan loco? Sí, porque este mismo visionario que entendió la necesidad de construir un puente colgante, fue el que “ordenaría” la disolución de los partidos Republicano y Demócrata y que decía: “Dada la incapacidad de los mexicanos de regir sus propios asuntos, yo, Norton I, asumo el papel de Protector de México”.



Fallecía en 1880 y en su entierro, se congregaron 30.000 personas, hasta formar un cortejo fúnebre de tres kilómetros de largo que pasó a formar parte de la historia local. Cuando en 1980 se cumplía el centenario de su muerte, San Francisco organizó una fiesta que recordaba tan particular personaje. Antes, mediante una suscripción popular, trasladaron su tumba a un lugar prominente del cementerio con una lápida de la que sin duda, habría estado orgulloso: “Emperador de los Estados Unidos y Protector de México”. Mark Twain basó en su vida uno de los personajes de su celebérrima novela “Las aventuras de Huckleberry Finn”.


Todo pueblo ha tenido su particular loco; San Francisco, la corte imperial de los Estados Unidos, la primera República del Mundo con un emperador. ¡Al menos murió pobre, luego fue un monarca honrado!

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