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miércoles, 5 de febrero de 2014

Club de fans

Kuroi. Las primeras esculturas griegas divinizaron a héroes locales. 

Corren tiempos en los que la admiración casi irracional hacia un personaje público, no siempre un artista o un verdadero modelo a seguir e imitar, se ha apoderado de la sociedad. Tan antiguo como el Mundo mismo, la población actual continúa divinizando ciertos iconos de la cultura, aun cuando esta no sea sinónimo de cultural. Los faraones egipcios iniciaron la detestable tradición de obligar al pueblo a rendir pleitesía por un mortal elevado a la categoría de dios. La cultura greco-latina ensalzó a los héroes populares, a los guerreros y estrategas militares y fue la primera en bendecir a los deportistas, como ciudadanos que sobresalían del común de los mortales. Con el andar de los siglos, sin tanta heroicidad, valores ni proezas que destaquen sobre los demás, personas y personajes son verdaderos fenómenos de aquello que ha venido a ser denominado “cultura de masas”. Es, en términos populares y populosos, el mundo de los fans.

Muchos creen que el club de fan, el colectivo de seguidores de un artista o personaje nació asociado a los Estados Unidos y al mítico “rey” Elvis Presley. Lo que sí es cierto es que fue el primer icono del que se hicieron carteles para que colgaran en los dormitorios de sus seguidores, la primera figura internacional capaz de provocar desmayos y el cantante que lideró el “marketing”, una industrialización de la figura del artista más allá de sus dotes y méritos. De esta naciente fiebre por venerar a cuantos alcanzaban la fama, se aprovecharía Andy Warhol para patentar el pop-art. El sistema de estrellas hollywoodiense se sumaba a esta nueva corriente y la televisión arrojaba al Mundo cientos de nuevos “héroes” que imitar.

La cultura de masas llegaba a su apogeo. De un deportista a un cantante, de un actor a un execrable personaje televisivo (este fenómeno, muy propagado en la España de Telecinco), el pueblo anduvo y anda ávido de adorar a celebridades por las que siente un apego incontrolable. Y de la admiración al deseo de imitar al personaje idolatrado en cuestión, sólo hay un frágil paso. Así que en esto de la cultura de las masas que divinizan a alguien, la historia nos recuerda que ni de lejos el fenómeno es moderno. Pero ni tan siquiera nació en el pueblo que más ha hecho por la cultura de la imagen, en los Estados Unidos. De hecho, esta entrada no es más que un recordatorio de hechos históricos, que la memoria de una efemérides que está cumpliendo hoy, 112 años: LA FUNDACIÓN DEL PRIMER CLUB DE FANS DE LA HISTORIA.

El 5 de febrero de 1902, un grupo de aficionados irredentos al teatro constituían el primer colectivo oficial de admiradores y seguidores de un icono, de un artista o personalidad relevante; fue en Londres y en concreto, el personaje que seguían y al que admiraban era el afamado actor y guionista William Waller Lewis, reconocido en el mundo teatral como Lewis Waller y toda una celebridad de la dramaturgia inglesa entre 1880 y 1915, año de su defunción. Poseía una impresionante voz y ponía una pasión desmedida a sus interpretaciones, lo que unido, daba como resultado una reputación intachable. Era capaz de llenar él solo los teatros de Londres y destacó en papeles shakesperianos, siendo recordadas sus actuaciones de Bruto en “Julio César”, como protagonista de “Enrique V” o Faulkenbridge en “El rey Juan”. Incluso grabó diálogos de las obras de Shakespeare.


 Pero lo más curioso es que este primer ídolo de fans, hijo de un ingeniero, nació en España. Su padre, trabajaba para una compañía industrial establecida en el País Vasco y en Bilbao nació. Así que el primer protagonista del universo fan, fue, nada menos, que un vasco. Lo que uno de Bilbao no haga...  

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