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viernes, 10 de enero de 2014

Supersticiones

Desde la Antigüedad la herradura se convirtió en un símbolo al que se le atribuyó las propiedades de atraer la buena suerte y propiciar fortuna. En la región de la Lazio, hace más de 2.500, ya aparecía colgada sobre los quicios de las puertas y en la Roma clásica se le vino a considerar como el objeto que simbolizaba la fuerza del caballo y su enorme utilidad, de manera que era enormemente útil tanto en tiempos de paz, para las labores del campo, como en la guerra. Tal vez esta sea la explicación más coherente y sencilla del por qué de la herradura como elemento esotérico y de superstición, pero de nuevo una mezcolanza, un matrimonio perfecto entre la herencia grecolatina y el cristianismo, está detrás de tanta carga positiva y tanto sinónimo de suerte que encarna la herradura, una simple pieza metálica: y es que si la volvemos sobre su lado derecho,  forma una C perfecta, inicial de Cristo. Así fue como el cristianismo, hizo suyas las tradiciones romanas y las envolvió en el aura de la nueva fe.

Pero si la herradura terminaría por convertirse en uno de los símbolos de prosperidad más internacionales habidos y por haber, es gracias a un monje, abad y arzobispo inglés de hace más de mil años, quizás el santo que más fama tuvo hasta no hace tanto en Inglaterra y una de las figuras católicas míticas de las Islas Británicas. Se llamaba Dunstán, nació en el año 909 y destacó por su capacidad para el dibujo, su templanza en las decisiones sacerdotales y episcopales que tomó y en la manera firme y recta con la que modificó y transformó la corrompida Iglesia inglesa de hace mil años. Dunstán, a pesar de ser ya una de las principales figuras eclesiásticas, continuó trabajando como artesano, fabricó campanas y órganos, corrigió libros, copió y tradujo textos antiguos para la biblioteca de la catedral de Canterbury y se resolvió como un gran docente. Es además el responsable de la apertura de Inglaterra a Europa durante su tiempo y a pesar de todo esto, si por algo destacó fue por un pasaje legendario de su vida:  

Cierto día llegó hasta la Abadía de Canterbury un extraño personaje; sabedor de la capacidad creativa del Arzobispo Dunstán, le pidió que le hiciera unas herraduras, pues tenía una deformidad en sus pies que los convertían en algo parecido a las pezuñas de un caballo. La santidad del monje y su sagacidad le hicieron pensar que estaba realmente ante el demonio, que pretendía tentarlo y provocarlo. Así que le dijo que para poder hacerle las herraduras a la vez que con ellas lo herraba, debía atarlo a la pared y, a continuación, comenzó a clavarle las herraduras de una forma tan dolorosa que el diablo le suplicó que parara y le soltara. Como condición para liberarlo, Dunstán hizo prometer al demonio que jamás entraría en una casa en la que hubiese colocada una herradura encima de la puerta.


Lo cierto es que Dunstán existió y es el patrón de los orfebres ingleses. Pero fue tal su fama una vez muerto, incluso pasados los siglos, que su hagiografía se llenó de hechos y proezas sobrehumanas y milagrosas que deformaron la realidad de una vida tan interesante como la de este arzobispo del siglo X. De todas formas, valga recordar que para los griegos, la herradura fue mágica por su forma parecida a la luna, que para ellos siempre fue diosa de la fecundidad y de la fortuna. Pero la leyenda de San Dunstán se hizo tan popular, que cuando el almirante Nelson salía al mando de la flota de 27 naves que lucharían contra nuestros barcos en la Batalla de Trafalgar, aquella primavera de 1805 hizo que clavaran en el mástil de la vela mayor de su buque, el Victory, una herradura. 

Y para desgracia española, aquello le trajo suerte al almirante británico. 

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