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lunes, 13 de enero de 2014

Platero y yo

Juan Ramón bebía los vientos por dos damas: la poesía descerrajada y tan suya, en la grafía dialectal que patentó y su querida y fiel Zenobia, la “americanita”, una joven que en 1913 tenía 26 años y que tras su paso como maestra rural en La Rábida, conoció al Juan Ramón de 32 años que estaba destinado a convertirla en la compañera inseparable, en la más fiel y decisiva musa y en el apoyo literario y vital. Se conocieron en 1913 y el flechazo fue de ida y vuelta; incluso la colaboración, compartir proyectos literarios y bucear juntos en nuevos retos fue, desde el principio la tónica que por espacio de más de 40 años vincularía sus vidas.

Pero ni los poetas ni los genios están libres de los males de amores y Juan Ramón y Zenobia tuvieron en 1914 una de esas riñas de enamorados tan habituales y tan normales, una de esas peleas que en cualquier pareja normal se resuelve sin más trascendencia y que para el mundo y la cultura, la suya fue una pelea providencial, extraordinaria y perfecta. Todo empezó cuando Zenobia, retrasó una traducción de Tagore que él había prometido entregar a un editor y para la que tenía que contar con ella. Le había fallado y el enfado del poeta de Moguer fue bravo. A Juan Ramón no le quedaba otra salida que improvisar algo para el editor, que lo único que quería era una contribución del onubense, fuera lo que fuera. Así que truncada la idea de traducir a Tagore, con un enfado bobalicón de novios que beben los vientos el uno por el otro y en aquel Madrid de 1914 convertido en la casa de la futura pareja en aquellos momentos, Juan Ramón se encerró en su habitación y en un ritmo frenético, se dispuso a cumplir su palabra y darle algo al ávido editor.

No recibía la visita de las musas ni sabía de qué quería escribir. Lo único que le quedaba como apoyo en esos días, todavía sin reconciliarse con la “americanita”, era pasear Castellana arriba, Castellana abajo, en aquel Madrid de trolebuses. En esos paseos que pretendía fuesen inspiradores, se encontró con un conocido, director de una biblioteca y empeñado en llevar a los niños la pasión por la lectura. Le comentaba al distraído Juan Ramón sus sueños y éste de repente, tuvo la visión clara y rotunda de lo que quería contar.

Se encerró de nuevo en su habitación y tras un casi demoniaco ritmo productivo, a las semanas estaba frente al editor, explicándole que lo que debía ser una traducción de Tagore y que luego quiso convertir en un elegía de su puño y letra, era en realidad una poesía escrita en prosa, una elegía andaluza compuesta mediante un retablo de imágenes poéticas, moralejas y toda una caterva de maravillas rítmicas que empezaban así:

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Acababa de nacer una de las joyas de la literatura, el libro más traducido después de la Biblia y El Quijote, de lectura obligada en las escuelas de primaria en Latinoamérica, y el que más inspiró y gustó al gran Francisco Giner de los Ríos, que siempre lo tuvo en su mesita de noche y que hasta su muerte, fue el único libro que leía, una y mil veces, a diario. A Giner de los Ríos aquel libro de un burrito andaluz le pareció el compendio perfecto, la explicación más acertada y el resultado más glorioso de lo que había pretendido al fundar la Institución Libre de Enseñanza; aquel libro transmitía el amor por los animales, la naturaleza, la sencillez, la vida en el campo, los valores más humanos y por ello, los más universales.

Pero además de todo eso, Platero era Moguer. Era la tierra presente siempre en el poeta y sin la que jamás podría haber sido lo que fue. Platero estaba hecho de acero y plata de luna, o lo que es lo mismo, era una fábula de la vida de Moguer, era el pueblo natal de aquel niño que todavía no era poeta; era las calles y eran las gentes de su pueblo. El mejor compendio de metáforas en prosa, con la luna, el amor, la muerte y los ojos vivos de azabache de un asnito que es ya un poco de todos.

Platero cumple ahora 100 años. Nació de un disgusto, de una pelea tonta de enamorados y sin pretenderlo, se convirtió (paradojas) en la obra más rica del que al tiempo, ganaría nada menos que le Nobel de Literatura. El poeta de Moguer, el que escribía como hablaba y nos contagió a más de uno, yo me incluyo, cuando en aquellas remotas clases de la E.G.B. leíamos con nuestros maestros “Platero y yo”. ¡Qué delicia y qué nostalgia!

Felicidades por el Centenario; y aprovechando la efemérides, vayan a las bibliotecas de casa o a las públicas, porque el mejor homenaje para este I Centenario, es volver a leer, al burrito de Moguer. 

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